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La historia contra el genocidio yazidí de Nadia Murad, Nobel de la Paz

La historia contra el genocidio yazidí de Nadia Murad, Nobel de la Paz
La historia contra el genocidio yazidí de Nadia Murad, Nobel de la Paz

REDACCIÓN INTERNACIONAL.- La abogada por los derechos humanos y mujer de George Clooney lucha en los organismos internacionales por la causa de Nadia Murad. Esta joven de 25 años, convertida en esclava sexual por el Estado Islámico, y la letrada comparten un objetivo:que la masacre yazidí a manos de los terroristas sea declarada genocidio.

Hay debilidades que se convierten en fortalezas. Frente al Estado Islámico, Nadia Murad tuvo que olvidar que era una joven campesina como tantas otras, discreta y reservada. Un día de agosto de 2014, las ‘pick up’ de los terroristas entraron en su pueblo del Kurdistán iraquí. Nadia es yazidí. Para los guerreros, este era un crimen que a los hombres les acarreaba la muerte y a las mujeres la esclavitud. Seis de sus hermanos, varios sobrinos y su madre fueron asesinados. Ella misma vivió tres meses en el infierno antes de huir. Para que la vergüenza cambie de lado, cuenta lo que otras prefieren ocultar: la política de la violación. En el libro ‘Para que yo sea la última’, apela a la comunidad internacional. Con la ayuda de la abogada Amal Clooney, experta en derechos humanos, proporciona las armas necesarias para que la masacre de yazidíes lleve al fin el nombre que le corresponde: genocidio.

En las fotos previas al Estado Islámico, Nadia era una mujer fuerte, con curvas. Cinco años más tarde, es un palillo. “Sé que debería cuidarme”, dice, “pero no tengo tiempo”. Su voz es suave, aunque sabe hacerla llegar lejos por su causa junto a la de su abogada. “No soñábamos con Europa, solo con acabar los estudios y tener una buena vida”, explica Nadia. Dice también que la convivencia con los vecinos kurdos y árabes siempre había sido buena. Por lo menos, hasta la primavera de 2014, cuando Mosul, a 130 kilómetros, cayó en manos del Estado Islámico y llegaron combatientes kurdos para proteger a la población. Eran los peshmergas, los mismos que después vetaron en los puestos de control a los yazidíes que intentaban escapar.

La noche del 2 al 3 de agosto de 2014 abandonaron el lugar. Una “retirada táctica”, dijeron. Pero antes del amanecer llegó el IS. Reunieron a todo el pueblo alrededor de la escuela. Ironías del destino, las mujeres -que pronto dejarían de tener derecho a aprender a leer y escribir- fueron encerradas dentro. A los hombres los agruparon detrás. A los niños se los llevaron a un campo de adiestramiento. A los adolescentes los juntaron con los adultos y a los ancianos los metieron en una zanja. Durante una hora las mujeres escucharon los disparos.

Después les tocó a ellas. También las clasificaron. Nadia, que entonces tenía 21 años, fue separada de su madre y se la llevaron a Mosul con otras jóvenes. El IS, explica, lo tenía todo previsto: “Cómo entrarían en nuestro pueblo […], qué combatientes se merecían una sabiya [esclavas sexuales legitimadas por el Islam]… Llevaban meses organizando su comercio de esclavas desde sus centros de control en Siria y sus células durmientes en Irak, definiendo qué era legal y qué no lo era a sus ojos en virtud de la ley islámica”.

Así es como fue a parar a una casa a la que los hombres acudían a “comerciar”. Se dio perfecta cuenta de que uno se fijaba en ella: “Era tan fuerte que hubiera podido aplastarme fácilmente con sus manos. Desprendía un olor horrible, una mezcla entre huevo podrido y colonia”. Entonces se lanzó a los pies de otro porque tenía los tobillos delicados, “casi femeninos”. Se llamaba Hajji Salman.

Fue él quien la llevó al tribunal islámico para registrar su conversión. Las jóvenes yazidíes debían renunciar a su religión si querían tener alguna posibilidad de sobrevivir. Le dieron un vestido corto negro y azul de finos tirantes, maquillaje y crema depilatoria. A continuación tuvo lugar la primera de las violaciones. Porque allí no hacían el amor, sino el odio. “Cada segundo fue aterrador”, escribe. Los golpes acompañaban los gritos de Hajji Salman, “como si quisiera que todo Mosul supiera que finalmente estaba violando a su sabiya”.

“Todo lo que me hacía era desmesurado, cruel, y estaba destinado a hacerme daño. Ningún hombre trata así a su mujer. Hajji Salman era grande como una casa, grande como la casa donde nos encontrábamos. Y yo, yo solo era una niña que llamaba a su madre llorando”, relata. No se resistió ni la primera vez ni las siguientes, para no avivar su cólera.

“Cerraba los ojos y esperaba que acabara”, recuerda. Después se sentía culpable por no haberle mordido, por no haberle pegado. Cada día, “en cuanto tenía un momento libre”, Hajji Salman la violaba. El resto del tiempo Nadia hacía las labores de casa y cocinaba.

supe. Morteja fue el primero en acercarse a la cama. Intenté frenarlo, pero era demasiado fuerte. Me dio un empujón y no pude hacer nada”, dice.

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