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La invasión de los embajadores

Narciso Isa Conde.

En un país recolonizado y una isla militarmente intervenida, los embajadores de las grandes potencias capitalistas, encabezados por el de EE.UU. y la Unión Europea, invadieron sorpresivamente el Palacio Nacional para supuestamente expresarle al gobernador de colonia que allí pernota su preocupación por los “brotes de violencia y las pérdidas de vidas humanas” en la campaña electoral.

Digo “supuestamente” con toda la mala leche, porque es difícil de creer que los masacradores de los pueblos afganos, iraquí, palestino, servio, argentino (Malvinas), colombiano, hondureños…puedan tener real aprecio por la vida humana.

Pero solo por eso.

Que yo recuerde, nunca se había producido tal “invasión” diplomática al Palacio Nacional días previo a unas elecciones presidenciales, incluso durante campañas mucho más violentas.

Esa invasión, por tanto, tiene “cocoricamo”.

Presión imperial preventiva por temor a la desestabilización.

Algo grave, detectado por los servicios de inteligencia de los imperialismos occidentales, está llevando a sus representantes a pensar en la gestación de ciertos riegos para la seguridad, estabilidad y gobernabilidad de su falsa “democracia”.

Algo relacionado con la polarización electoral forzada, los preparativos de trampas (compras de cédulas, fraudes electrónicos, dislocación de votantes…) y los zafarranchos de combate de parte y parte.

Soy de opinión que al oficialismo pele-leonelista no les alcanzan los votos (a pesar de su superioridad clientelista y de su enorme despliegue de recursos de Estado y poder)  para contrarrestar la limitada supremacía electoral de la avalancha que lo repudia (independientemente de lo que resta a ese torrente el peso negativo de Hipólito Mejía y el caos perredeísta en su seno).

Por eso la instrumentalización por el PLD de la JCE, la compra del resentimiento de Miguel Vargas como aparato institucional perredeísta contrario a la candidatura de Hipólito, el plan de compra masiva de cédulas de potenciales opositores, el programa de soborno a delegados/as de mesas y centros de votaciones pertenecientes al PRD y aliados, y el rol de los mandos militares regulares (previamente sobornados) en funciones políticas compulsivas y amenazantes.

Por eso, como contrapeso, la adquisición e instalación por el PRD-Hipólito de un modernísimo y potente centro informático (recurso antifraude y eventual mecanismo contaminante de redes) y la organización por su Comando de Campaña de una fuerza para-militar (con fuerte presencia de altos oficiales retirados de los FF.AA. y la PN) destinada a reprimir los planes de compra de cédula y delegados, y a bloquear eventuales iniciativas o cercos militares del litoral Miguel- Danilo-Leonel.

Todo esto genera un clima político tenso y enrarecido, que al parecer los embajadores procuran contener y minimizar antes de que las confrontaciones entre las partes enfrentadas provoquen daños irreparables a la gobernabilidad del sistema y al modelo bipartidista; concientes todos ellos de que la mayor fuente de disturbios proviene del afán de continuidad forzada de la cúpula del PLD y su gobierno.

Y por eso comenzaron por invadir el Palacio Nacional y presionar a Leonel.

En defensa se su sistema, no de un aliado en particular.

A mi entender esa grosera reacción intervencionista no implica necesariamente un preferencia tajante por uno u otro partido, pero si una cierta conciencia de que un trauma electoral fuerte, provocado por un desmedido empeño continuista del PLD -sumado a los recortes, impuestos, paquetazos y paquetitos que el FMI y la clase dominante-gobernante tienen pensado imponer después de los comicios- bien podría dislocar la gobernabilidad a su servicio y crear nuevas oportunidades para las emergencia de fuerzas populares alternativas.

Al parecer están procediendo preventivamente, aunque ciertamente no se sabe todavía con que grado de eficacia y posibilidades podrán contener desbordamientos dentro de ese “pleito de perros” que escenifican sus aliados locales.

Hay quienes piensan – y no sin alguna razón- que el empeño imperial de no jugar al bloqueo traumático del reemplazo del PLD por PRD-Hipólito, también persigue salvar al PRD en su condición de uno de los dos polos del cada vez más desacreditado sistema de partidos, darle a Leonel la posibilidad de rehabilitarse rápidamente haciéndole oposición a un presidente altamente vulnerable como Hipólito y de paso distender temporalmente con esa alternancia controlada el denso clima político-social imperante; más con un PRSC en extinción, un PLD seriamente cuestionado por romper todos los record de corrupción e impunidad y una crisis capitalista en expansión.

Es previsible que si el PRD no accede ahora al gobierno central podría verse envuelto en pugnas internas mucho más desgarradoras y peligrosas para su estabilidad mediano plazo, con riesgos de entrar en fase franca dispersión.

Mas allá de los resultados de las votaciones y sus traumas.

En todo caso, más allá de que se declare a Danilo o a Hipólito ganador de las votaciones, lo fundamental para el súper gobierno mundial es que no se le desencuaderne el ordenamiento institucional-neoliberal y el control partidocrático bajo su tutela en este país, seriamente amenazado por el nivel de la crisis, las recetas pendientes de aplicar y la indignación popular que ellas son capaces de generar.

El interés principal de esas potencias imperialistas -pensando en el Gran Caribe como sub-región de gran importancia geopolítica y en todo el Continente como región rebelde- es que este país no entre en un nivel de ingobernabilidad difícil de manejar. De ahí la invasión de sus representantes al despacho presidencial.

Para los auténticos revolucionarios antiimperialistas, las perspectivas de ingobernabilidad, más que preocuparnos, debe alegrarnos. Incluso nuestro accionar debe estimular su concreción.

La perspectiva de una ingobernabilidad que afecte los verdugos del pueblo y a su sistema político, en lugar de causarnos angustias, debe ser motivo de reflexión para las izquierdas y razón para esforzarnos en superar limitaciones, encontrar rutas que nos permitan avanzar, construir contra-poder, conformar las fuerzas transformadoras hasta producir la ruptura del sistema de dominación actual (en medio de mayores dificultades de los detentadores de poder), y refundar las instituciones estatales a través de un proceso constituyente.

En ese orden debemos hacer conciencia de que las actuales dificultades de nuestros adversarios van más allá de un eventual impasse en las votaciones y de una cierta tendencia al inicio de una inestabilidad política derivada del mismo: es previsible una crisis más aguda que habrá de desplegarse en mayor escala tan pronto el nuevo presidente, cual que sea, inicie su gestión y el FMI y el gran capital impongan sus ajustes y recortes con el sello de clase que les caracteriza.

No es difícil prever que los tramposos quedarán entrampados por la propia crisis del sistema y que esto nos ofrece una gran oportunidad para crear nuevas fuerzas alternativas.

Vale, entonces, redoblar los esfuerzos por avanzar en la unidad, organización y calificación de las fuerzas del cambio hacia una sociedad post-neoliberal y una democracia participativa.

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