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La lluvia invita a la nostalgia

Lilliam Fondeur.

Las lluvias intensas nos obligan a quedarnos en casa, a compartir con la familia, con los que quedan y los recuerdos de los que partieron.

La lluvia invita a la nostalgia, a recordar, a pensar que el pasado fue tiempo mejor, a añorar. La lluvia aflora los amores y desamores.

Puedo ver a mi padre en pantalones cortos y camiseta blanca:  “levántense, hay que entrar los perros, subir las matas que se cayeron, hay que trabajar”.  Por otro lado mami:  “Juan Isidro, que las niñas no se pueden mojar, les da gripe”.

De vez en cuando un accidente: una herida, un rasguño por cruzar una cerca alambrada, un clavo en el pie.  No se vale llorar, llorar implica entrar a la casa, dejar de jugar y escuchar los regaños de  mami.

Jugar bajo la lluvia, bañarnos en el caño de agua en el patio es reverenciar la vida.

Nada más importante que nos dejaran entrar a la casa  los cachorros de July, la perra. Secarlos, cuidarlos, besarlos, acurrucarlos; un ensayo de maternidad, una fuente de  amor.

El viento mueve las ventanas, todos miramos a mami,  como si su sola presencia significa que nada nos va a pasar.  Abriré un poco las ventanas del frente y las de atrás, para que circule la brisa, decía papi mientras el viento silbaba intensamente.   El ventanal frontal parecía bailar tango.   No le quitaba la mirada a mi madre, como si sus ojos me aseguraran la vida.

Cuando  pasaba la lluvia continuaba la diversión, a visitar tíos, tías y demás familiares, a confirmar que todos estuvieran bien; el contacto cara a cara es imprescindible.  Luego a dar una vuelta por la ciudad  y en el camino a escuchar las historias de  papi.

Nos contaba lo destrozada que quedó la ciudad por el paso del ciclón San Zenón en 1930 justo al subir Trujillo al poder.  El agua anunciaba la cruz que le esperaba al pueblo dominicano.

Nos narraba la historia para que pudiéramos verlas, olerlas, como si quisiera exorcizar su impotencia, su rabia, como si quisiera traspasárnosla; quizás así le pesaba menos: “el hedor de los cadáveres inundaba la ciudad de Santo Domingo, las carreteras y puentes quedaron destruidos.  A su paso fallecieron más de dos mil personas y miles de heridos. Después  murieron de hambre miles de dominicanos y dominicanas más“.

La lluvia intensa recuerda heridas que aún no terminan de cerrar.

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