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La mediación del Vaticano

La mediación del Vaticano
Mario Rivadulla

El Vaticano acaba de anunciar una nueva mediación a fin de tratar de buscar una salida negociada a la grave crisis por la que atraviesa Venezuela, tanto en el orden político como económico y social. Es un intento que hay que saludar y un noble gesto de preocupación del Papa Francisco por el destino del pueblo hijo de Bolívar.

Pero siendo realistas no podemos abrigar excesivas ilusiones. Este es un esfuerzo casi desesperado con el calendario de una posible salida en cuenta regresiva. Seguramente tampoco se las hacen los propios venezolanos que hasta ahora han visto fallidos todos los esfuerzos por lograr una solución incruenta a la tensa situación prevaleciente en el país, dentro del mecanismo legal que provee la propia Constitución, a través de la figura del referendo revocatorio.

Es un estado generalizado de duda y pesimismo que ha reflejado en sus declaraciones el connotado dirigente opositor Hernán Capriles, al poner en duda la posibilidad de lograr una mediación exitosa con un gobierno que, por el contrario, a través de sus actuaciones ha dado señales continuas de pretender aferrarse al poder al precio de cometer todo género de ilegalidades.

Con un 80 por ciento de la población reclamando un cambio de gobierno, Nicolás Maduro, con mucho el presidente más inepto que ha pasado por el Palacio de Miraflores, vistiendo un traje que en todo momento le ha quedado demasiado grande, ha estado llevando a cabo todas las más turbias maquinaciones que se puede imaginar para burlar la voluntad popular que reclama la realización de esa consulta en las urnas.

Los cada vez más escasos defensores de Maduro, incluyendo dentro de las propias filas de la dirigencia chavista, hablan con ánimo y fines torcidos, de que la oposición al insistir en el revocatorio pretende dar un golpe de estado. Nada más falso. Por el contrario, es Maduro el que de hecho lo está ejecutando, pisoteando la Constitución y las demás normas legales con la complicidad del Tribunal Supremo y el Consejo

Electoral, dominado por elementos afines nombrados de manera irregular. Hay que insistir en que el revocatorio una figura establecida en la propia Constitución del país que garantiza el derecho del pueblo a poner fin, antes de llegar a su término, al gobierno de turno, cuando la gestión de este ha fracasado.

Tal el caso de Maduro que ha hundido un país rico como Venezuela en la más absoluta miseria que alcanza por igual a los pocos sobrevivientes que quedan y no han emigrado de la clase pudiente, la cada vez más reducida clase media y la creciente clase pobre.

Algunas cifras dan evidencia de la desastrosa condición en que se halla la economía venezolana. La deuda del país asciende a nada menos que 215 mil millones de dólares; la de la estatizada y desde entonces cada vez más ineficiente PDVSA, a 78 mil 506 millones. La producción de esta se ha reducido en un 33 por ciento, buena parte de la cual está comprometida con China para amortizar el monto de los elevados préstamos recibidos de Pekín. Fruto de la crisis, el acoso al sector privado y las intervenciones han desaparecido casi 6 mil 800 industrias, aumentando el desempleo. La inversión extranjera es igual a cero.

No es de extrañar, por tanto, que la economía está proyectada para el próximo año con un crecimiento negativo de menos 8 por ciento, mientras la inflación, la más alta del mundo, pudiera fácilmente trepar hasta niveles impensables elevando cada vez más el costo de la vida.

Si a eso se agregan la crítica situación de abastecimiento de productos esenciales, alimentos, medicinas y artículos de aseo y consumo diario; un incremento de la delincuencia que ha aumentado 258 veces en relación al año 1998, en tanto el número de homicidios se ha multiplicado 30 veces desde la misma fecha alcanzando la aterradora tasa de 275 por cada 100 mil habitantes, convirtiendo a Venezuela y a Caracas, en el país y la ciudad más inseguras del mundo, tendremos una idea todavía pálida de la tragedia que vive el pueblo venezolano.

En adición, el régimen madurista, cada vez más desacreditado en el plano doméstico e internacional, pero empeñado en mantener el poder a toda costa y al más elevado costo para el pueblo venezolano, comete todo tipo de atropellos; viola la Constitución y las leyes; desconoce el Poder Legislativo; persigue y encarcela a los opositores políticos; amordaza y persigue a la prensa y los periodistas que no se someten a sus dictados, está minado por la corrupción y el narcotráfico y va camino inexorable a tratar de establecer un régimen dictatorial.

Este es el cuadro general con el que tendrá que lidiar el mediador papal, ahora agravado por la decisión del Congreso de iniciar juicio político contra Maduro en respuesta a la suspensión del proceso de recogida de firmas para sustentar el revocatorio.

¿Podrá la intervención de la experimentada y persuasiva diplomacia vaticana conseguir la tan anhelada salida pacífica que necesariamente tendrá que estar enmarcada en el cumplimiento estricto de la Constitución, el imperio de las leyes y el reconocimiento del derecho soberano del pueblo venezolano a decidir su destino? ¿Estarán Maduro y sus compinches en disposición de aceptarlo?

Ojalá Dios meta su mano porque para conseguirlo parece que hará falta casi un verdadero milagro.

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