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La UASD en su laberinto

La UASD en su laberinto
Tony Perez

Un comentarista con cara de atronado e ínfulas de muy culto y crítico, evacuó hace unos días el juicio: “La UASD es como el río Ozama”. ¡Vaya poesía! Infiero cloaca, dado el alto nivel de contaminación que sufre el torrente icono de la capital y la provincia Santo Domingo porque empresas y familias lo usan como retrete de sus desechos tóxicos.

Simulando preocupación por el futuro de la primera academia de estudios superiores de América (1538) y una falaz pretensión de arrojar luz sobre debilidades institucionales harto diagnosticadas, ha sido recurrente en vomitar desaguisados de tal jaez, los cuales no son de su factura aunque lo desconozca, sino de un sector neoliberal insaciable de la sociedad que sueña con privatización porque ve dinero en todo: hasta en la desgracia de los empobrecidos.

Ha cuestionado con acidez a todo el conglomerado universitario: desde las autoridades y todo el personal docente y administrativo, hasta los estudiantes cuya calidad –ha puntualizado–  no sirve. Estigma que corrobora a que éstos, por ser resultado de lo público, sean marginados del mercado  aunque tengan menos fallas que egresados y egresadas de las privadas.

Tiene derecho a pensar y expresar lo que quiera. Pero veamos con cuánta razón.

Su juicio tendría en parte validez si él, quien se enorgullece de ser egresado de una privada (derecho que yo, como millones, tenía negado cuando llegué a la capital desde Pedernales, en la frontera dominico-haitiana), no escribiera cantinfladas con faltas ortográficas en las redes sociales. Si no basara su “intelectualidad” y “su genialidad” en su pose de “científico” que inculcan los estereotipos, y en tips de avances tecnológicos publicitados por la Internet, como si los demás fueran tan “tarúpidos” que estuvieran incapacitados para detectar sus mañas cibernáuticas mal articuladas…

Si por lo menos hubiera probado alguna vez el sabor de alfabetizar a un solo ser humano, uno solo, sin pago digno ni un seguro médico decoroso, ni el mínimo reconocimiento social. Si cada uno de la plaga de críticos de su especie alfabetizara a un dominicano o dominicana, nuestra vergüenza hoy sería menor.

Aceptaría su bocanada de lodo cloacal si para devengar 50 mil pesos al mes (1,300 dólares), él hubiera soportado el tedio, aunque sea por un día, de un aula infernal, sin silla ni escritorio, atestada con 80 estudiantes pobres llegados de escuelas públicas y colegios privados, la mayoría imposibilitada para pensar, semi-analfabeta y, como si fuera poco, desesperanzada al ver que aquí la mejor profesión, la que enriquece, además del narcotráfico, el contrabando y la evasión de impuestos, es engancharse a político malo o ser allantoso o gritar fruslerías e insultos en los medios de difusión masiva. Nunca ser profesor sin un sobrante económico para actualización ni la seguridad de recibir una pensión o jubilación decente en el ocaso de sus días cuando cualquier enfermedad catastrófica producto del estrés lo aprisione. No lo haría porque es un hombre muy caro y sobrado en talento como para dedicar tiempo a tan poca cosa.

Tendría razón si por lo menos en sueño soportara 40 horas- trabajo por semana cuando debería trabajar diez, y cobrara  menos de cinco dólares por hora cuando debería cobrar 30, y al final ver que, en general, será blanco de odio y de campañas de descrédito de vagos, ignaros, frustrados y resentidos, a las cuales se suman  algunos estudiantes y egresados que se dejan persuadir desconociendo q ue, en el fondo, va en su contra…

Y tendría alguna razón al hablar tan duro en contra de una institución estatal que lleva la carga del 50 por ciento de la matrícula universitaria del país, si no mintiera al callar que ésta (con casi 200 mil estudiantes en la sede y su recua de centros regionales) sintetiza la realidad nacional. Y que si está podrida en la magnitud que alega, como el Ozama, es porque el país lo está, con todo y sistema político y económico al cual él “le sirve” a cambio de pagos onerosos.

Y tendría razón si se pusiera en contexto y abarcara al sistema educativo nacional, incluyendo al promontorio de universidades privadas a las cuales hace de agüisote durante charlas gratuitas que apenas conquistan aplausos plásticos de algunos riquitos inconscientes; solo algunos, porque los pensantes se ríen de sus poses. Y si supiera que la caterva de analfabetos funcionales y privados de pensar, pulula  con igual intensidad  en los centros públicos como en  los privados.

Son similares a la de la UASD las debilidades en casi el ciento por ciento de las privadas (incluidos los salarios a los docentes), como en muchas internacionales, sobre todo europeas, que aquí reciben loas a granel por el dañino “complejo de Guacanagarix” que nos hace amar la dependencia y menospreciar lo criollo. Pero no son objetos de críticos mediáticos delirantes. La diferencia está en que las tensiones internas mal llevadas en la academia estatal son las mejores aliadas de las amenazas externas.

Su animadversión no me obnubila, sin embargo.

La UASD se ha metido –o la han metido– en un laberinto que no sería tan pernicioso si ella diera señales claras de cómo salir de él. Pero vive presa de la rutina, viendo pasar las horas, con iguales fallas estructurales que el país porque es la muestra más representativa de él. Y ello la mantiene en un alto nivel de indefensión pública.

Nunca he entendido el absurdo de utilizar los espacios de la institución como trinchera partidaria en contra del Gobierno si éste es el empleador, el proveedor de todo. Ni de las destructivas campañas montadas en contra de gestiones universitarias, en todos los niveles del organigrama, como parte de objetivos políticos. Allí medra gente especializada en hacer naufragar iniciativas valiosas para la academia y la sociedad, sin importar costo, a cambio de que “cuando llegues, me das lo mío”.

 

La UASD está preñada de contradicciones e irracionalidades irresueltas, y eso la manda a repensarse sin mañana, como ente público que vive del dinero del erario (autoridades, profesores, estudiantes, empleados). Está al tris de un estado entrópico maligno, progresivo e irreversible por ausencia de autocrítica. Hasta decirlo tiene allá un costo muy caro en términos de reputación y hasta de integridad física.

¡Tremendo berenjenal!

Pero las oportunistas críticas que formula el comentarista de marras, no apuestan ni por asomo a la solución realde los males que sufre esta mega-universidad nacional, aunque lo aparente. Ocultándose en el ardid de presentar en ocasiones a los estudiantes como víctimas, pretende fidelizar en los públicos la satanización promovida por resentidos sociales y negociantes de la educación privada con el aval de ciertos actores miopes del  Gobierno y de la misma institución.

Y lo hace obviando de manera irresponsable que aquí hay un problema grave con el sistema de educación formal y que la UASD  es solo una estructura de ese complejo engranaje que él esconde por conveniencia.

Así que las soluciones tienen que ser sistémicas y holísticas, como sistémicas y holísticas deberían ser las críticas, si hubiera buenas intenciones. Solo quienes gustan de la bulla farandulera y odian lo público, lo ven de otra manera.

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