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La visión masculina de los conflictos‏

La visión masculina de los conflictos‏
La visión masculina de los conflictos‏

No pasa nada. Está todo bien. Te estás pasando. ¡Ya, basta! no empieces con tus cosas de nuevo… Uf… sí, estas suelen ser las típicas frases que algunos hombres repiten cuando su pareja le propone hablar de un tema que es conflictivo.

Y es que abrirse a la posibilidad de un conflicto es algo que eriza la piel de cualquier persona que no está dispuesta a aceptar un error ni menos asumir sus responsabilidades en una relación.

Por esta causa en TENDENCIAS queremos mostrarte algunos lineamientos para que aprendas a sobrellevar los conflictos que podían presentarse en tu relación a causa de una visión diferente a la que tienes pensado.
Actuar de este modo, a juicio del psicólogo Andrés Vitta, sería un problema que surge por la educación que los hombres han recibido por cientos de años.
“Nuestra formación se basó en recibir y acatar órdenes. No aprendimos a conectarnos con nuestra emocionalidad y por eso, en cada situación donde debemos hacerlo, no sabemos cómo hacerlo y el enfrentar un conflicto implica mirarse y sentir lo que realmente está pasando”, explica.
Un asunto de género, que impediría la comunicación entre dos personas que han optado por vivir juntos y sobre todo cuando solo la palabra conflicto ya causa discordia.
Pero, ¿qué se entiende por conflicto?

Desde la visión sistémica, es una oportunidad, una luz de alerta que atender, pero si se niega y se ve como una amenaza, se evitará hasta que el sistema colapse por completo.
En pareja se da una situación similar, ya que estadísticamente los hombres tenderían a evitar sus problemas en relación a las mujeres que siempre están hablando sobre lo que les sucede y lo que sienten, aún cuando el otro escuche pero sin mayor atención.
“Para los hombres un conflicto es una lucha de poderes que no quieren perder. Su autoestima está en juego, se sienten humillados en su Narciso interno y por eso los evitan. Por ejemplo, en los casos de eyaculación precoz, la mayoría de las veces, van a un especialista cuando ha pasado mucho tiempo y la situación es insostenible”, argumenta Vitta.
La raíz de este comportamiento, sostiene el sicólogo, sería que existe un profundo miedo a conectarse con los sentimientos que causan dolor y que provocan comportamientos erráticos. Además, no siempre es fácil exponer la fragilidad de cada uno. Ni menos si los hombres insisten en creer que no lloran, a pesar de vivir en el siglo XXI. “Es machismo y una virilidad mal entendida”, aduce.
El problema estaría en la mirada
Para Carmen Shadai, orientadora familiar y terapeuta holística, el problema radicaría en que los hombres ven distinto a las mujeres.
“No es que ignoren el conflicto sino es que no lo ven… no se dan cuenta que existe, y por otra parte, la mujer no sabe hablar el lenguaje de un hombre, no es directa ni simple. Vamos encubriendo también el conflicto y haciéndolo todo como la superwoman y el hombre no hace absolutamente nada”, reflexiona.
Lo que plantea Shadai, es que existiría una falta de empatía en la pareja, una falta de ponerse en el lugar del otro o la otra. “El hombre es muy práctico tiene una visión lineal. En cambio la mujer, le da vuelta a las cosas, tiene más puntos de vista. Y es como ponerse en el lugar de otro, la mujer no para obedecerlo sino para llegar a un acuerdo, y el hombre mas multifacético para poder responder a lo que la mujer está mirando”.
Por otra parte, incidirían otros factores como el enfrentar el cotidiano familiar. “Estamos tan ocupados trabajando y con el piloto automático de llevar a los hijos al colegio, supermercado, trabajo, etc. que no nos damos cuenta que repetimos patrones familiares”, afirma.
Estas actitudes estarían relacionadas con estrategias de convivencia heredadas y que, en este presente, están ya obsoletas.

Para salir de este caos, Carmen Shadai propone, ponerse en el lugar del otro, y comenzar a recordar el pasado: qué hacían cuando pololeaban, por qué se casaron, qué anhelaban y qué encontraron en la pareja. Es decir, retomar esos propósitos y alimentarlos nuevamente y para ello, se requiere nada más que voluntad y aprender a reconocer cuando se necesita ayuda externa.

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