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La Z libanesa de Zaglul

Enfoque

Pero el panorama descrito por Moscoso tenía otras aristas, incluyendo el feo rostro del prejuicio.

José del Castillo Pichardo

A mi regreso al país en 1971 empecé a tratar a Rafael Kasse Acta, entonces rector de la UASD a cuya plantilla profesoral me incorporé en marzo de ese año, hace más de medio siglo. Citado a su despacho –al igual que otros noveles docentes de la FCES egresados de universidades extranjeras- tuvimos un animado intercambio, acogidos amablemente. Esta relación escaló a mayor al coincidir los domingos con Rafael y su esposa Flor en el Hotel Villas del Mar, regenteado por mi cuñado Ramón Hungría. Similar con Rafael Molina Ureña y su esposa Flor. Y en liga aparte con Neit Nivar, Salomón Sanz y Virgilio Troncoso. Todos atraídos por la placidez tropical del recinto, con superbas langostas, en ambiente bañado por fresca brizna marina, cobijado bajo espléndidos cocoteros.

Luego vendrían las peñas parlanchinas cotidianas de los Helados Capri, el Bar América, la Farmacia Carmina, La Cafetera, la peatonal del Conde con 19 de Marzo, Los Imperiales y La Esquizofrenia. Pero fue en el encuentro dominical que celebraba a casa abierta en su hogar del Ensanche Julieta, que me espetó desde su mansa mecedora: «José, has leído a Moscoso Puello? Si no lo has hecho, debes leerlo, iniciando por Cartas a Evelina.» Acto seguido, sin esperar respuesta, se levantó y regresó a la galería con su ejemplar. «Como sociólogo, estás en la obligación de reflexionar sobre los tópicos que plantea este médico y pensador eminente acerca de la sociedad dominicana y la idiosincrasia del dominicano.»

Debo confesar que acepté el reto gustoso sin mayor expectativa, quizás engreído por la pretendida sapiencia universal que prima entre profesionales de las ciencias sociales. Lectura aparte de la obra en formato epistolar de un crítico social feroz con ojo escrutador nacido en 1885 en el céntrico Navarijo capitalino, fogueado en el Macorís del Mar dominado por la impronta cosmopolita y el humeante silbato de las locomotoras azucareras –donde fue colono de caña y ejerció la dirección médica del Hospital San Antonio del legendario Carl T. Georg. En las tertulias de uno de mis memorables grupos las tesis de Moscoso revoloteaban siempre en la conversa.

Oriundos de San Pedro de Macorís –con evocaciones de la Danza de los Millones-, las caracterizaciones del médico/escritor/crítico social, frecuentaban el habla del genial narrador que fuera Freddy Prestol Castillo. Contaminaban las ocurrencias urticantes de mi primo Felo Haza del Castillo en su eterna brega cariñosa con Rojas Abreu. Aguzaban el intelecto del poeta Pedro Mir, un académico ejemplar, laborioso como abeja. Animaban el anecdotario dialéctico del profesor Dato Pagán en sus fabulosas vivencias de trotamundos. En cuanto a Kasse Acta, ni hablar, tenía a Moscoso a flor de labios. Y Toñito Zaglul –quien le conociera mozuelo en Macorís y asimilara sus lecciones en el Hospital Padre Billini-, lo aludía constante entre sorbos de una fría en la barra del Vizcaya. Con esa sonrisa cariñosa estampada en su rostro sabio de buen hombre.

Tanto sonaba este Moscoso Puello en los 70, con sus «tesis pesimistas», que el erudito ensayista Federico Henríquez Gratereaux impartió un excelente cursillo sobre el «Pesimismo Dominicano» en la BNPHU. Al cual acudí puntual junto a la grata compañía de Gustavo Tavares Espaillat y su familia. Desfile de enfoques sobre el dominicano, nuestra sociedad y el Estado, de López, Lugo, Peña Batlle, Balaguer, Pérez Cabral. Con Moscoso bateando por los 411. En 1975 la UCMM editó textos de J.R. López, El Gran Pesimismo Dominicano.

Los Bibliófilos, que acunara la tertulia de Enrique Apolinar Henríquez en el afable patio de la Logia Cuna de América –habitué Max Henríquez Ureña, Franklin Mieses Burgos, Frank Logroño, Chichí Alburquerque, Henríquez Gratereaux y su padre, Gustavo Amigó, Frank Moya Pons, Gustavo Tavares- reeditarían de Moscoso en 1981 la novela Cañas y bueyes (1935) y en 2001 su formidable Navarijo (1956). Dos obras que leería con fruición, siendo la última, junto a La Sangre de Cestero, verdaderas cumbres de la literatura dominicana moderna.

En Cartas a Evelina Moscoso Puello descarga su artillería pesada desgranando un perfil inclemente de la sociedad dominicana, sus grupos económicos, sociales y políticos, así como facetas de la cultura criolla. Resaltando la preeminencia de extranjeros en la economía, descrita con crudeza. En su décima misiva afinca el bisturí afilado de cirujano experimentado para evidenciar sus verdades, valiéndose de un supuesto encuentro con un extranjero que desfoga sobre el país, desatándose las «iras moscosianas».

«¡Las cosas que ha dicho ese hombre! Que somos unos insignificantes, sin preparación ni capacidad para nada. Que nuestra ineptitud es asombrosa. Que no sabemos trabajar. Que somos unos pendencieros… Que todo el comercio está en poder de los españoles, alemanes, árabes y chinos. ¡No sé cómo he podido oír esto, señora! Que Macorís tiene sus negocios en manos de los americanos y de dos o tres españoles como únicos importadores; que las tiendas de provisiones y los restaurantes pertenecen a los chinos y las de mercancías son de los árabes. En fin, que todo el comercio y las industrias están controlados en este país por los extranjeros.»

Continuaba descargando el imaginario interlocutor. «Nosotros somos los verdaderos dueños del país. Así es en la misma capital, Santiago, Puerto Plata. Son árabes, alemanes, o españoles, o chinos, o italianos, los dueños de todo. El hijo del país no es nadie. Y no lo gobernamos, porque es lo único que se nos impide; sin embargo lo gobernamos indirectamente, pues hacemos los gobiernos, favoreciendo al grupo que nos convenga. Esa es la República, por más que se diga y se escriba. En todos los caseríos, el que vende provisiones y compra los frutos del país, o es árabe, o es chino, o es español. En todas las ciudades los personajes más importantes, con excepción de los políticos, tienen nombres extranjeros. Los personajes destacados son el chino Yen Yen, Mr. Christian, o Nayif Calabaf.»

Pero el panorama descrito por Moscoso tenía otras aristas, incluyendo el feo rostro del prejuicio.

Antonio Zaglul Elmudesi –segunda generación de la inmigración libanesa que puso pie en Santo Domingo para cifrar su sueño de libertad y progreso- nació en San Pedro de Macorís junto a una prole abundante de 10 hermanos, en 1920. Hijo del comerciante José Miguel Zaglul Helú, oriundo del Líbano y Clara Elmudesi Latouf, nacida en Cuba de padres libaneses, quien ingresó al país en 1898 a los 9 años junto a su familia.

Antonio Elmudesi, su tío materno y modelo vocacional, destacaría como prominente médico cirujano, con estudios de postgrado en París, Barcelona y New York y afamada clínica en Santo Domingo. Presidió la Asociación Médica y fue decano de Medicina en la USD. Mientras los Elmudesi se emplazaron en la capital, los Zaglul arraigaron en el comercio en San Pedro hasta nuestros días.

En artículo «Mi tierra y mi raza» (Andrés Blanco Díaz, editor, Antonio Zaglul Obras Selectas, 2011), el agudo y querido psiquiatra que fuera Toñito Zaglul aborda efectos colaterales autobiográficos de la presencia libanesa en el país.

«En mis años de infancia sufría lo indecible cuando se me llamaba turco come yerbas, come cebollas y cientos de términos injuriosos, por mi raza. Me sentía ser dominicano y continuamente me recordaban que no lo era. Mi padre me aconsejaba no hacerles caso, me decía que yo era tan dominicano como cualquiera, aunque él fuese un libanés. Cuando comencé a estudiar geografía, la admiración por mi padre y los libaneses creció al punto máximo. ¿Qué hacía mover ese grupo étnico fuera de su tierra, a aventurar en forma masiva a tierras tan lejanas como Santo Domingo? Siempre le preguntaba el «porqué». Su respuesta era: temor al Imperio Otomano, temor al Mahometano.

«Un núcleo humano tiranizado durante toda su historia por asirios, persas, griegos, romanos y turcos: El Líbano, la antigua Fenicia, los grandes precursores de la navegación, que llegaron a Gibraltar y fundaron ciudades en España, se replegaron a las montañas, aislándose de sus vecinos. Son cristianos coptos. San Marón los vuelve a llevar a Roma para así diferenciarse del resto de los cristianos del Cercano Oriente.

«Los libaneses maronitas van a ser una clase perseguida. Son el blanco del turco poderoso y arrogante, de los grupos cristianos coptos y del resto del mundo islámico que los rodea. Viven en las montañas del Líbano, con sus cerdos, ovejas y su miseria. A mediados del siglo XIX, comienza la gran emigración; más de un millón se desplaza por todas partes del mundo. Bajan de las montañas y el ancestro fenicio revive. El temor a perder su religión, su libertad y para huir de la vida miserable, los hace marchar a ciudades y campos del globo. Razones parecidas para sirios, palestinos, jordanos y armenios.

«Los cuentos infantiles que me hacía mi padre eran sus aventuras y penurias desde su salida del Líbano. A los 13 años fue a vivir a Port Said: el canal de Suez estaba en construcción; allí vendió baratijas y en ocasiones trabajó como obrero en la obra. Con la terminación del canal, marcha a Serbia y Montenegro con los trabajadores yugoeslavos que vuelven a su tierra. Después, Marsella, París, Barcelona, Islas Canarias, Nueva York, Puerto Rico y, por último, San Pedro de Macorís, donde va a vivir durante más de 50 años hasta su muerte.

«Con idioma extraño, costumbres totalmente diferentes, ese grupo de inmigrantes encontró fuerte oposición del medio. El despectivo: confundirlos con su peor enemigo, el turco. Les cierran puertas en casi todos los sitios, el medio a cada paso se hace más hostil; la alta sociedad en algunos pueblos les niega la entrada a sus centros. La reacción fue buscar sus mujeres en su tierra.

«¿Hizo el libanés casado con libanesa un coto cerrado de su hogar? ¿Hizo de su hijo un anti-dominicano? Antes al contrario: le enseñó a amar a su tierra adoptiva y a respetar sus leyes. El hijo y el nieto de libanés se perdieron en su dominicanidad; solo de libanés conserva el apellido y el respeto por la tierra del padre y el abuelo.»

Grande Toñito. Dominicano ejemplar.

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