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Las cuentas de un collar de caracoles…

José Báez Guerrero.

En democracia cualquier ciudadano puede utilizar los medios para expresar sus ideas. A veces los opinantes son personas ajenas a la vida pública que incursionan en el debate sobre la política. Otras veces son consuetudinarios opinadores, articulistas profesionales o con hachas que afilar, fuñidores habituales u otra clase de animal político.

De entre la variada fauna opinante, a mi me llama la atención más que ninguna otra la que integran aquellos que han tenido sus cinco minutos de fama y lo exprimen tan expertamente que cualquiera con poco discernimiento les creería líderes apabullantes de alguna facción nacional. Pero no, son lo que son y nada más, por más que se sobre-estimen ellos mismos tan hiperbólicamente que muevan a compasión cuando no a risa o desolada vergüenza ajena.

Tal es el caso del distinguido ingeniero Hamlet Hermann, uno de cuyos títulos es “ex guerrillero”, por haber acompañado a Caamaño en su quijotesca aventura foquista del ’73 y fracasar rotundamente en todos sus propósitos, tanto políticos como tácticos, al punto de ni siquiera poder salvar a su jefe en el momento de la refriega final, una culpa que pesa tanto más cuanto se crea –como lo ha confesado él- que pudo haberlo salvado.

El más brillante análisis de ese rotundo fracaso político y militar lo escribió José Israel Cuello en un artículo en El Siglo hace muchos años, indicando cómo la terquedad de ese puñado de incapaces guerrilleros sirvió para destruir todos los planes y esfuerzos que venía realizando la izquierda dominicana al momento de su disparate.

Ese mismo ingeniero Hermann, por demás caballeroso en su trato personal y ciudadano de otros méritos reales, fue distinguido por el Presidente Fernández al encargarlo en su primer gobierno de la AMET, cuya función realmente nunca ha eclosionado pues sigue siendo la promesa de lo que pudiera ser.

Esta semana la prensa atribuye a don Hamlet decir que a su juicio “el Presidente Fernández podría salir huyendo del país como hizo el presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari, debido a la excesiva corrupción y al descrédito en que ha caído su gobierno”. Así como en las democracias cualquier ciudadano opina lo que quiera, cuando se ha servido a un Presidente debe guardarse un mínimo de respeto, más en este caso porque Leonel ha logrado tres veces legítimamente lo que Caamaño ni Hermann pudieron, por más tiros que tiraron.
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