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Lecciones de Irma

Luego del paso de un fenómeno meteorológico, y muy especialmente esta vez por tratarse de Irma, el más devastador registrado en la región, siempre es provechoso detenerse a pasar balance y extraer experiencias para un provechoso aprovechamiento en eventos futuros.

Afortunadamente, a pesar de la cantidad de desplazados, de las inundaciones y de las viviendas destruidas, en términos generales puede decirse con toda propiedad que como nación y como pueblo nos salvamos esta vez de una gran catástrofe, de la que hubiéramos requerido probablemente mucho más de un año y cuantiosos recursos para recuperarnos.

Quien lo dude sobre tiene que pasar un vistazo a las imágenes del panorama desolador que Irma dejó en las islas Barbuda, San Martín y otros territorios insulares del Caribe. En el caso de Barbuda, donde poco más del 90 por ciento de las casas quedó totalmente destruido, la situación es tan grave que las autoridades han declarado a la isla no apta para la vida humana.

Aquí, en cambio y pese a los daños, un día después del paso del huracán se ha producido un rápido proceso de vuelta a la normalidad en muchos puntos de la geografía nacional.

Además del factor suerte, hay que reconocer la labor de prevención desplegada por los organismos de socorro y también la receptividad de los residentes de zonas vulnerables, que salvo casos aislados facilitaron las labores preventivas de evacuación.

Es obvio, en consecuencia, que hemos avanzado con un grado de conciencia y colaboración, sin el cual el Gobierno y las autoridades de diferentes estamentos oficiales no podrían aplicar con efectividad ningún programa de prevención ante la amenaza de ciclones, ya que el uso de la fuerza no es suficiente y en muchos casos totalmente contraproducente.

En ese sentido, la palabra prevención, no sujeta únicamente a una verbalización, sino traducida en acciones y una actitud proactiva y dinámica, será siempre la fórmula efectiva y funcional para proteger vidas y propiedades cuando se presentan fenómenos naturales.

Hay que saludar el comportamiento mostrado, ya que en muchas ocasiones la resistencia a los programas de evacuación representó en el pasado uno de los principales obstáculos con que tropezaban los planes de prevención, aunque resulta paradójico que la resistencia proviniera precisamente de las personas a las que se trata de ofrecer protección.

Tomando como base la experiencia tras el paso de Irma y también analizando las acciones realizadas, siempre sujetas a perfeccionamiento, quizás no debería descartarse que en los programas escolares pudiera incorporarse alguna materia para que los estudiantes estén preparados para protegerse y colaborar cuando algún meteoro pueda amenazar nuevamente el territorio nacional.

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