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Leonel Fernández y la destrucción de Roma

Leonel Fernández y la destrucción de Roma
Rosario Espinal

El presidente Leonel Fernández tomó la correcta decisión de no embarcarse en un proyecto reeleccionista. No tiene los votos necesarios en el Congreso para modificar la Constitución, en parte por la división de la bancada peledeísta; por lo tanto, la aventura hubiese acarreado un alto costo financiero e institucional.

Organizar un referendo para captar la opinión real del electorado sobre la repostulación, no una recogida de firmas, y luego proceder en el Congreso a modificar la Constitución, hubiese sido también una aventura riesgosa para el Presidente, independientemente del apoyo con que cuenta.

Por estas razones, y no por otras, es válida la comparación con Aníbal y su decisión de no proceder con la toma y destrucción de Roma.

La correcta decisión no exime, sin embargo, al Presidente de los tropezones institucionales que precedieron el anuncio de la no repostulación, ni de las confusiones constitucionales que tiró al aire en su discurso.

Primero, la Constitución Dominicana de 2010 es clara en que no hay posibilidad reeleccionista para el 2012, también lo es la Constitución anterior. Por eso el presidente Fernández no debió sugerir en el discurso del viernes pasado que de haber querido repostularse, hubiese podido hacerlo bajo el marco constitucional existente. La mayoría de los constitucionalistas dominicanos han rechazado este argumento en los últimos meses.

Segundo, haber permitido que tantos legisladores actuaran de bufones entregando carta de apoyo y recogiendo firmas, ha establecido un nefasto precedente para un Congreso que gobernará por seis años. Si el Presidente Fernández impidió, según dijo en su discurso, que síndicos y regidores continuaran con las muestras de adhesión, nunca debió permitir que los legisladores peledeístas se involucraran en tal tipo de activismo político. La estatura del Congreso ha quedado disminuida.

Una cosa es que los llamados “ingenieros constitucionalistas” promovieran la reelección, y otra muy distinta es que decenas de legisladores recogieran firmas de apoyo para una acción que prohíbe la propia Constitución. Particularmente desafortunado fue el papel protagónico del Presidente de la Cámara de Diputados.

También es desconcertante la referencia que hizo el presidente Fernández  en su discurso a que Joaquín Balaguer trató de persuadirlo para que se repostulara en el 2000, porque, y cito:  “el país estaba en riesgo de caer en manos demagógicas e irresponsables que lo conducirían al caos”. Si la opinión de Balaguer era esa, ¿por qué no apoyó a Danilo Medina en segunda vuelta? En alianza, Medina quizás hubiese derrotado el PRD; sin embargo, Balaguer concedió el triunfo a Hipólito Mejía con menos de 50% de los votos en primera vuelta. ¿Es que el caos no le preocupaba realmente a Balaguer?

Finalmente, el discurso de Fernández deja un mal sabor por el esfuerzo desmedido que hizo para sobredimensionarse, y, a partir de la cima discursiva, renunciar a la repostulación. Enaltecer su labor gubernamental le corresponde a la ciudadanía.

Fernández tiene importantes logros que exhibir en sus gestiones, pero también grandes fracasos. Entre sus logros está la capacidad de mantener una relativa estabilidad macroeconómica. Entre sus fracasos, la imposibilidad de desprenderse del personalismo, y el nivel de tolerancia de la corrupción.

Lo positivo que Fernández logró el viernes al emular a Aníbal y no destruir a Roma forzando su repostulación por encima de la Constitución, lo desbarató el domingo al permitir la inclusión de su esposa como pre-candidata del PLD. Independientemente de los méritos de Margarita Cedeño, su inclusión invalida a Fernández para ser árbitro en las primarias. Esto augura gran inestabilidad en el PLD en los próximos meses. La política incestuosa para mantener el poder es muy peligrosa.

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