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Miércoles 23 de septiembre, 2020
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Listo para dudar

Siempre me he acogido a la duda como materia fundamental para el ejercicio del periodismo, en los campos informativo y de opinión, porque sin este elemento se corre el riesgo de errar, distorsionar los hechos, acumular sesgos, ser injusto en los enfoques e irrespetar al auditorio.

El valor de la duda estriba en que lleva al equilibrio, vehiculiza el contraste y permite una visión más completa de los hechos, aspecto inherente a la comunicación responsable, una práctica que –por cierto- ya escasea, debido a la invasión de los chacales con antifaz de líderes de opinión.

Esta campaña política –una de las más vacías de los últimos tiempos conceptualmente hablando- va tomando el perfil de un accidentado y sensacional escenario de diatribas, imputaciones, mentiras, retorcimientos, manipulación y tremendismo.

Se empieza a respirar el aire macondiano de lo absurdo, mientras se urden incursiones descabelladas para –aprovechando la ingenuidad de algunos y la malevolencia a sueldo de otros- crear falsos estados de opinión, que no escatimarán airear aspectos de la vida personal del contrincante.

Como siempre, no habrá debates, pero tampoco propuestas profundas ni muy elaboradas. Bastará con pan y circo. En ese contexto, asumo la duda como credo y pongo todo en tela de juicio. Claro, no descarto divertirme –cocaleca en manos- con las actuaciones circenses de algunos políticos que ni con carburo maduran, pero tampoco arrancan.

Me reiré de los “opinólogos” despistados y también de los matones remunerados de reputación, expertos en elaborar agendas difamatorias, en repartir insultos y orquestar campañas sucias echados a los pies de don dinero.

En fin, estamos en campaña y es la hora de la confusión, de la pérdida de frontera de las cosas, en momento en que hasta el aire se politiza. Es, pues, ocasión especial para ejercer la duda. Es lo más sensato.

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