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Los 40 documentales de la Revolución mexicana, vistos a través de un libro

Los 40 documentales de la Revolución mexicana, vistos a través de un libro
Los 40 documentales de la Revolución mexicana, vistos a través de un libro

La Luz y La Guerra

MEXICO, D.F.,- El cine fue uno más de los campos de batalla donde se dictó el destino de la Revolución mexicana y de sus héroes, a través de más de 40 documentales que han sido examinados ahora con lupa en el libro “La luz y la guerra”.

Ni el mismísimo Pancho Villa, “El Centauro del Norte”, quedó libre del hechizo de la cámara -la tecnología le fascinaba-, ya que vendió los derechos para filmar sus batallas a la estadounidense Mutual Film Corporation por 25.000 dólares.

“En las salas se convencía a otro tipo de seguidores, para que apoyasen con dinero o con armas. La Revolución sin el cinematógrafo no existe tal y como la conocemos”, explicó a Efe el experto Fernando Sánchez, autor del libro junto a Gerardo García Muñoz, que publica en México el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta).

La Revolución, que se luchó de 1910 a 1917, escenificó la lucha entre el dictador Porfirio Díaz y el naciente constitucionalismo, así como las numerosas luchas intestinas que sufrió éste.

Pero, sobre todo, ha quedado inscrita en la Historia mundial por el levantamiento armado de los campesinos sin tierra -en manos de la oligarquía criolla y de magnates estadounidenses-, acaudillados por los legendarios Villa y Emiliano Zapata.

“Villa coincide con una de las fascinaciones estadounidenses, el vaquero. Una parte de la sociedad sentía cierta compatibilidad por las ideas de Villa”, relató Sánchez.

Todas las facciones usaron al cine para dar cuenta de su poderío y proyectaban al exterior una imagen idealizada de sí mismos: el presidente Álvaro Obregón, por ejemplo, recogió sus ocho mil kilómetros de campaña en un documental de ocho horas.

Otro de los mandatarios, Gustavo A. Madero -que sucedió al tirano afecto de ser filmado inaugurando cualquier cosa, Porfirio Díaz-, fue capturado en celuloide en el levantamiento de la fronteriza Ciudad Juárez y en su viaje hasta la capital, el Distrito Federal.

“Vemos un pueblo ilusionado por un cambio, saliendo a recibir al caudillo, al apóstol de la democracia que ha derrotado al régimen porfirista”, agregó el autor del libro.

La censura no está ausente, ya que las imágenes de algunos acontecimientos fueron eliminadas parcialmente por intereses del poder, como las relativas a la “decena trágica”, diez días de sangre en las calles del Distrito Federal.

Después de que se estabilizaran las aguas, lo que no ocurrió hasta entrados los veinte, la ficción comenzó a idealizar los años revolucionarios y a apuntalar una mitología con los rostros de Pedro Armendáriz, María Félix, Dolores del Río y Pedro Infante, entre otros.

“La Revolución está hecha por una misma familia de hermanos, que se pelean entre ellos pero que en realidad luchan por lo mismo”, definió Sánchez sobre la visión heroica y folclórica que dominó entre los años 30 y 70.

Hollywood puso también su granito de arena -“no toca las preocupaciones de la Revolución, sino que legitima en forma de ‘western’ el expansionismo de EE.UU.- con obras como “¡Viva Zapata!” de Elia Kazan, protagonizada por Marlon Brando.

Por lo común, la visión extranjera más respetada de este turbulento periodo es la que dio el mítico director ruso Sergei Eisenstein en “¡Qué viva México!”, en 1932.

La épica campesina de la Revolución mexicana, según Sánchez, fue empleada durante el siglo XX en algunas dictaduras socialistas para ensalzar ciertos valores.

La unidad narrativa cae en los setenta, cuando el régimen político se desentiende, y da luz a nuevas visiones, liberadas del discurso oficial. Así, los grandes héroes comienzan a mostrar más aristas que aquellas con las que se les promocionaban antes, y cada director juega libremente con ellos según sus criterios.

Uno de los ejemplos más notables de ello -vapuleado por crítica y poco apoyado por el público -fue el Zapata de Alfonso Arau (“Como agua para chocolate”), y no sólo por que estuviera encarnado por el cantante Alejandro Fernández, sino por su visión chamánica del “Caudillo del sur”.

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