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Los búcaros capitaleños

Los búcaros capitaleños
Bernardo Vega

Una muy sofisticada pareja norteamericana pasó dos meses en nuestra capital a principios de 1872 y escribieron interesantes reminiscencias. Se trata del médico y filántropo de Boston Samuel G. Howe, quien el año anterior había sido miembro de la comisión de investigación relacionada con el proyecto de anexión a Estados Unidos nombrada por el presidente Ulysses Grant. Se había hecho célebre por su defensa de la educación de los  ciegos, pero más célebre era su esposa Julia Ward, autora del Himno de batalla de la República, (“Mis ojos han visto la gloria de la venida del Señor… ¡gloria! ¡Gloria! ¡Aleluya!”) que devino en el canto de las tropas del norte durante la guerra civil norteamericana y que aún se entona, por ejemplo, durante el reciente funeral del senador John McCain.

Ante la no aprobación del acuerdo de anexión  por parte del senado en Washington, el presidente dominicano Buenaventura Baez optó por arrendar a Samaná a una compañía privada que encabezó Howe. Fueron hospedados en el palacio nacional, hoy Museo de las Casas Reales donde sufrieron porque “las pulgas al principio nos atormentaron terriblemente ya que en el primer piso había caballos muy ruidosos”, pero el asunto se resolvió “lavando los pisos y usando unas plantas nativas”.

La rutina diaria de Howe era leer en español al Don Quijote entre las cinco y media y seis y media de la mañana y después de desayunar pasar a caballo por la Puerta del Conde (“cuyo puente levadizo nunca sube y cuyas fosas nunca tienen una gota de agua”) para darse un baño de mar y beber agua de coco. Las mujeres, por su lado, que incluían hijas de la pareja, acompañadas por el ministro de guerra de apellido Curiel, montaban también a caballo y cruzaban el Ozama en una barcaza para “visitar el pequeño pueblo de Pajarito”, hoy Villa Duarte.

Los Howe organizaron un baile en el palacio nacional donde participaron grupos del recién creado “Club de la Juventud”. Con lámparas de kerosene, mecedoras y música proveniente de un violín, un violoncelo, una tambora y un clarinete, se bailó hasta las 2:00 a.m., siendo la “danza” muy popular, pero los americanos lograron que la orquesta tocara un Virgina reel, “cuya coreografía asombró mucho a los nativos”. A Santo Domingo la definieron como una “ciudad de tenderos”, pues todas las principales familias se dedicaban al comercio y las muchachas cuando llegaban a la edad para entrar en sociedad debutaban detrás del mostrador de su padre o tío. Citaron a los búcaros (ahora en peligro de extinción), quienes advertían a los dueños de las casas sobre la llegada de un extraño, daban la hora sintonizando con el reloj municipal y se comían todos los insectos, aunque olían mal. En aquella época los del interior denominaban despectivamente a los capitaleños: “búcaros”, por privar en encopetados.

Sobre la composición racial reportaron: “La población está muy mezclada y no pude notar que los negros fuesen mal vistos por los blancos, la gran mayoría de los cuales evidencian alguna mezcla con sangre africana”. En el baile “los huéspedes eran de varias tonalidades en cuanto a su color, aunque la mayoría hubiese pasado como gente blanca en cualquier lugar. Muchos lucen como nuestros mulatos del norte… el pelo muy negro a veces sugiere una mezcla con sangre de los indios”. Comentaron cómo los mulatos y negros no poseían un sentido artificial de inferioridad.

Localizaron una pequeña congregación religiosa protestante de gente negra y pobre, todos americanos por nacimiento o descendencia, presumiblemente vinculados a los que llegaron cuando Boyer. En la iglesia de madera y piso de tierra la congregación se sabía los cánticos de memoria, pues pocos podían leer. Los servicios tenían lugar de noche porque la pobreza de sus ropas les hacía pasar vergüenza si tenían lugar de día. Participaron en una sociedad secreta protestante que actuaba con mucha discreción y en un club de jóvenes intelectuales se citó al filósofo Jaime Balmés.

El principal amigo de Howe resultó ser el canciller Manuel M. Gautier “una persona seria, con mayor cultura que la mayoría de los dominicanos”. Luego la pareja se trasladó a Samaná, pero esa es una historia que narraremos próximamente.

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