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Los efectos de la censura en la cultura

Los efectos de la censura en la cultura
Miguel Guerrero

Hace varios años, la Feria del Libro de Santo Domingo dedicada a Cuba puso de resalto el peligro que representa para la libertad individual y la libre creación la imposición de normas al trabajo artístico y literario. Los delegados oficiales del gobierno cubano a ese evento demostraron con sus actuaciones que las regulaciones en el campo de la cultura pueden degenerar en restricciones al ejercicio de la libertad de los individuos. Como se ha dicho, peor que el control de la economía lo es el control de la cultura.

 Las normas imperantes obligan a los intelectuales, poetas, escritores y artistas plásticos a ceñirse a las políticas oficiales, que son instrumentos de control social. Igual sucedía en la antigua Unión Soviética. Aún después de la muerte de Stalin y la denuncia de las purgas y los asesinatos de millones de rusos durante el reinado de terror del Zar bolchevique, hecha por Nikita Kruschev en el veinte congreso del Partido Comunista de la URSS, y la creación posterior de un clima de relativa tolerancia, lo artistas e intelectuales soviéticos continuaron ceñidos a las normas muy estrictas  del llamado Realismo Socialista, lo que los obligaba a supeditar su labor a las directrices oficiales de la clase dirigente y los intereses del partido.

Incluso durante los años posteriores de la  llamada era de la  “distensión y la emulación económica”, los artistas e intelectuales soviéticos estuvieron subordinados a los caprichos de la censura oficial que por un largo tiempo estuvo a cargo de un “verdugo de la cultura”, la famosa Ekaterina Furseva, quien luego fuera víctima del propio sistema al que había ayudado a fortalecer, cayendo en prisión acusada por sus propios mentores de cometer actos reñidos con la moral socialista, relacionados con sustracción y uso irregular de recursos públicos. Los intelectuales cubanos siguen sometidos a las mismas restricciones.

En  los tiempos difíciles de Leonid Brezhnev, las dificultades obligaron a muchos escritores soviéticos a emigrar,  como fue el caso del poeta Joseph Brodsky,  quien se radicó en Estados Unidos. En su monumental obra “La tumba de Lenin. Los últimos días del imperio soviético” (Premio Pulitzer 1994) David Remnick, describe detalles impresionantes del juicio que se le hiciera a ese brillante intelectual por apartarse de las normas establecidas por el Ministerio de Cultura soviético. “Es como si cada vida tuviera un archivo. En cuanto usted comienza a hacerse conocido, le crean un archivo”, le  explicó Brodsky, ya en el exilio, a Remnick. “El archivo comienza a llenarse con esto y lo otro; si usted escribe, el archivo crece a toda velocidad. Es una especie de forma de computarización al estilo Neandertal. Lentamente su archivo comienza a ocupar demasiado espacio en la repisa, entonces simplemente entra un tipo a la oficina y dice: este archivo es muy grande. Vamos por él”.

Esto fue lo que finalmente le ocurrió a Brodsky, sometido luego a juicio en Leningrado. El libro menciona el diálogo que en el tribunal el poeta sostuvo con el juez, su acusador,  que es una muestra fehaciente de la irracionalidad de la regulación en el campo de la creación artística y literaria: El juez le preguntó: ¿Profesión? Brodsky le respondió traductor y poeta. Y a continuación se produjo este insólito interrogatorio:

— ¿Quién lo reconoció a usted como poeta? ¿Quién lo ha clasificado en la categoría de poeta.

–Nadie. ¿Quién me clasificó en la categoría de ser humano?

–¿Estudió para ello?

— ¿Cómo?

— Para ser poeta. ¿No intentó usted tomar cursos en la universidad donde uno se prepara para la vida, donde uno aprende?

— No creí que fuera asunto de educación.

— ¿Cómo es eso?

— Pensé que era algo que venía de Dios.

En la carta que luego del juicio en su contra Brodsky envió a Brezhnev en protesta por su exilio, se quejaba ante el líder soviético: “Querido Leonid Ilych: Un idioma es algo mucho más antiguo e inevitable que un Estado. Yo pertenezco a la lengua rusa. En cuanto al Estado, desde mi punto de vista, el patriotismo de un escritor no se mide en los juramentos que pronuncia desde lo alto de un estrado, más en cómo escribe la lengua de la gente entre quienes vive…Aunque estoy perdiendo mi ciudadanía soviética, no dejo de ser un poeta ruso. Creo que regresaré. Los poetas siempre regresan en cuerpo, o en el papel”.

Si bien no creo que en el clima actual que vive nuestro país puedan progresar normas de controles al trabajo intelectual, siempre será necesario que la sociedad, los artistas, escritores y periodistas dominicanos, especialmente estos últimos, se mantengan vigilantes para hacer esa tarea imposible. Estamos obligados a permanecer atentos contra esa amenaza permanente, hija de la incansable vocación de la clase política, ya se sitúe en la izquierda, al centro o la derecha.

Por más que se le considere como un paso de avance en el campo cultural, los organismos estatales en ese sector, por lo general están basados en leyes estructuradas verticalmente, que crean órganos de conducción superior en esa área de la actividad humana. En poder de un gobierno con vocación autoritaria terminan convirtiéndose en instrumentos de control del pensamiento y la creación artística y literaria. Como dijera en Santo Domingo una de las representantes del régimen castrista en la mencionada Feria del Libro, en Cuba no se editan libros contrarios al gobierno, porque es el Estado el único autorizado a imprimirlos. El es quien decide qué obra tiene calidad y qué pueden y deben leer los cubanos.

Los artistas, intelectuales y funcionarios que aceptan esas reglas se convierten en seres despreciables.

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