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Los narcos son más creíbles

Los narcos son más creíbles
Tony Perez

Aunque sea para mirar las cojeras, siempre serán positivos foros como el montado por el Gobierno el sábado 10 de septiembre en el recinto Santiago dela Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra para debatir sobre la violencia del crimen organizado.

Y de cojeras les hablo.

De los discursos percibí la fuerte inclinación, ya vieja, por la teoría del narcotráfico como causa única del mal. A resultas de ello, los planteamientos de soluciones, incluidos los del Presidente Fernández, giraron en torno a su eliminación.

Claro, el mandatario es el primero que descree en que el tráfico y consumo de drogas es causa única de la criminalidad. Como político habilidoso y administrador del Ejecutivo expresó las palabras que el público quería escuchar en ese momento. Dijo en síntesis que el Gobierno hace y hará lo que sea para matar al monstruo, y reaccionó así quizá con el fin de mantener viva la esperanza por una cotidianidad menos tormentosa.

Un dato aportado por el mismísimo Presidente es el principal mentís a la creencia general de atribuir la fiebre a la sábana o a una puntita de ella: 23,000 mil apresados en 26 mil intervenciones sobre drogas durante el último año.

Eso significa de entrada que esas cifras representan tal vez menos del 50 por ciento de la situación. Conocidos los famosos sub-registros propios de nuestro patio, habría que multiplicar tales números por tres o por cuatro o no se sabe por cuánto, si se pretende un acercamiento a la realidad.

El problema es muy grave y más complejo de lo que aparenta, y solución no tendrá mientras se ande de rama en rama, como los monos. Todo lo contrario: serán más comunes los baños de sangre.

Pese a que tráfico y consumo son motivos indiscutibles de violencia y de daños irreparables a la salud social, la gran mayoría de los pocos detenidos “con la mano en la masa” obtienen la libertad en horas por sus “enganches” con políticos, agentes,  guardias, jueces y fiscales corruptos, empresarios e influyentes de la sociedad civil, o porque tienen garantía full de oficinas de abogados para “casos difíciles” que previamente han apadrinado.

Es decir, no basta con agarrar narcos y mulas, en tanto en cuanto apenas constituyen la parte espectacular de la película más taquillera de estos tiempos: la de las drogas.

La doble moral y la falta de ética nos están matando a plazo.

En cada residencial o barrio de cualquier rincón del territorio los narcotraficantes y otros mafiosos no guardan las apariencias. Todos les conocen, igual que a sus gatilleros; como conocen a cada ladronzuelo y cada violador y se hacen de la vista gorda. Son tratados como héroes y como santos a la vez. Son resguardados por las mismas comunidades; reverenciados… Es que una buena partida de apartamentos, carros, fincas, hoteles, pent-house, empresas y yates exhibidos con orgullo por muchos sujetos considerados morales de nuestra sociedad, son regalitos de los “Don”.

Los narcotraficantes son el manjar más apetecido. Tanto que –se dice–  las carreras de Derecho de las universidades han crecido geométricamente no porque haya aspiración de construir más institucionalidad, ciudadanía y estado de derecho, sino porque, en general, parte importante de las matrículas aspira a toparse algún día de su ejercicio con “un caso grande sobre drogas”.

La solución del problema debe comenzar por sincerarse y admitir una complicidad que va desde la familia hasta lo más alto del poder. Y, sobre todo, reconocer que entre todos los actores involucrados en el film, los narcos son los más transparentes pues no ocultan su condición. Su lenguaje se sintetiza en la palabra empeñada, el dinero y las balas.

Una vez percibí a mi pueblo, Pedernales, en peligro. Un hombre sindicado por unos como traficante y por otros como lavador de activos huía a la justicia estadounidense, había llegado y lo habían instalado como jeque árabe.

Él lo compraba todo. Depredó manglares centenarios. Se burlaba de la población. Ultrajaba jovencitas y luego las acariciaba con arrullos y pesos. Mancillaba la dignidad de hombres de trabajos, ordenándoles tirarse a la piscina con todo y trajes luego de arrodillarse ante. Construyó hoteles, montó concursos internacionales, celebró fiestas suntuosas en honor a él mismo, pagaba costosas páginas en los diarios. Reconocía personalidades y se mofaba de legisladores a quienes patrocinaba… Como periodista sentí que debía cumplir con mi responsabilidad, y así lo hice….

Un periodista famoso, que apuesta por la moral y la transparencia, me llamó durante varios días para, a nombre del Don, ofrecerme un cheque sin monto para un servicio de maestría de ceremonias… “Él quiere que seas tú; ponle el monto y yo puedo hacer cualquier diligencia para que estés libre de compromisos en tus trabajos”, me susurró. No acepté.

Poco tiempo después, en Semana Santa, viajé a la zona para compartir con los míos. Cuando miré hacia atrás, estaba casi solo… El mecías terrenal había conquistado la mitad y casi la otra mitad del pueblo. Muchos allá lo extrañan y Pedernales no para de deteriorarse, abandonado por las autoridades.

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