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Machismo versus mujerismo: ecuación de la violencia

Tony Pérez.

Dejo constancia de mi desacuerdo con cualquier acción aislada que se diluya a la velocidad del espanto morboso o humano provocado por una mujer tirada al suelo, asesinada por su pareja, sobre un baño de sangre, doblemente humillada, y un macho ruin suicidado debido a su conciencia congelada en el tiempo. Escenas muy tristes, repudiables y para colmo recurrentes que indican nuestra pequeñez mental.

Me disculpan porque no creo que la institución del machismo prohijado por los siglos de los siglos desde el Estado y los poderes fácticos, pudiera ser arrodillada siquiera con discursillos insultantes y descalificadores, ni coros ocasionales. Todo lo contrario: al confrontarla y espectacularizarla, la vuelven más violenta aunque no sea esa la intención.

Puedo entender la rabia del momento, pues aunque no escapo a arrebatos machistas (soy dominicano, soy latino, soy caribeño), bajo la cabeza, avergonzado, cada vez que un súper hombre me estrella en la cara el resultado mediatizado de su irracionalidad ilimitada. Soy incapaz hasta de vacunar a mi docena de perros y perras. Menos matar a una mujer y, de paso, a mis hijos e hijas, que ya con cuatro. Detesto el olor a ocre de la sangre.

No comprendo empero las pretensiones de anteponer una especie de mujerismo a las malas prácticas varoniles, enraizadas en el mismo tuétano de nuestra cultura.

La gente que, asida de todas las razones del mundo, ataca con fiereza al machismo y afirma que la violencia intrafamiliar se huele a través del discurso, reacciona en cambio de manera emotiva al airear un discurso virulento, rencoroso, descalificador y hasta burlón en contra del hombre. Es decir, está clara de que los insultos constituyen un indicador de primer orden para husmear temprano el devenir trágico de una relación tormentosa, si no adoptasen las previsiones correspondientes; pero resbala al intentar ponderar la otra cara de la moneda. Promueve un discurso violento de igual o mayor intensidad al del “contrario”, que para mi no sino complemento necesario.

Y lo que demanda el momento no es calentura, sino reflexión, evaluación. Creo que urge una auditoría para identificar los puntos reales de falla. Porque veo cómo ya es rutina atribuir la violencia solo al crecimiento profesional y económico de la mujer mientras, se cacarea, el hombre sufre de un grave apalancamiento. Esa no es la única ni la principal causa.

La mujer, en general, ha antepuesto a nuestro dañino machismo inoculado por el poder, un mujerismo igual de perverso: infidelidad al granel, vagancia, libertinaje, corrupción, promiscuidad, egoísmo, altanería, abandono de responsabilidades elementales de la vida en familia; bebentinas, amanecederas, orgías, rupturas con todos los rituales sociales y agresiones, a veces manifiestas y otras que llegarían hasta mandar a matar bajo el manto de la discreción, sin el ruido propio del macho. Ese es el símbolo, para muchas, de la libertad.

Una predominante Teoría de la Nada criolla ha borrado parte de lo bueno que nos ha legado la tradición: la vida en familia, la solidaridad, el compartir. Nada del pasado sirve, según esa perspectiva. Porque hasta sentarse a la mesa a degustar una comida sencilla pero bien presentada por una fémina, es sinónimo de esclavitud.

La mayoría de las jóvenes no ha pasado ni por la cocina de su casa y le importa un bledo la buena atención al compañero. No sabe lavar ni planchar; ni se preocupa por mantener su casa materna como un percal. Tampoco le atormenta la basura de la acera o del patio, ni cómo anda el baño… Porque –entiende–  ha llegado la “liberación”. “Liberación” que a menudo conlleva la gestión de un proveedor económico (si no, dos) que hace las veces de tonto útil frente a los múltiples novios.

Perdonen mi ignorancia pero apenas entiendo esto como una innecesaria reacción por despecho, paridora de resentimientos y pugnacidades imborrables entre dos personas con poderes desiguales, en lo que se averigua el caso.

En pocas palabras, solo diviso nubarrones en el horizonte. Más violencia sino hay cambios cualitativos.

Desde mis escasas posibilidades de conceptuación sobre tan espinoso problema, aprovecho mi condición de provinciano, nacido y criado en la fronteriza Pedernales, para sugerir que dejemos por un tiempo la promoción de la improductiva pugna hombre-mujer, pues con ella, hasta ahora, no hemos construido ciudadanía ni sociedad, sino odios; y entonces experimentemos un poco con las viejas prácticas, para ver qué sucede.

Mi madre, Zoraida, me enseñó temprano a cocinar, lavar, planchar, barrer, “suapear”, lavar el baño, barrer el patio y regarlo, ir al mercado, al supermercado… Prácticas que ejecuto a menudo y, según dicen familiares y amigos, muy bien. Yo, de comparón, siempre he pregonado que pocas mujeres cocinan como el autor de esta palabrería: con diversidad y calidad.

Creo que estas actividades me hacen crecer en tanto unifican. Jamás me hacen menos hombre, aunque nunca faltan los atrasados que atribuyan este quehacer solo a las mujeres y duden de mi virilidad. Sí me han hecho un ser más independiente pero también más orgulloso de no ser rutinario y feliz al hacer sentir bien a las demás personas. A menudo veo cómo se aglutina la gente a disfrutar las comidas que elaboro con paciencia “tonyana”.

¿Por qué las mujeres de ahora no inventan un poquito con estas enseñanzas familiares del pasado, en vez de asumirlas como prácticas esclavizantes? No pierden mucho con probar.

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