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Mandela, un ícono de la dignidad

 “Los verdaderos líderes deben estar dispuestos a sacrificarlo todo por la libertad de su pueblo”, Nelson Mandela

Por Felipe Mora 

Un ícono de la dignidad a toda prueba, fiel representante de la democracia al más puro estilo de su país, poco a poco se apaga en su existencia física (al momento de enviar esta entrega, su situación era muy crítica, luego de ser hospitalizado el pasado 6 de junio).

Pero en medio de sus dificultades de salud, a sus casi 95 años, la figura de Nelson Mandela, afectado de una infección pulmonar, es como un faro de luz que, a nivel mundial, su trayectoria tiende a expandirse por todos los confines.

No hay un solo país en el mundo donde su estatura de hombre probo no haya sido reconocida. Sus ideas limpias, que apuestan al hombre nuevo, sin trabas de ninguna índole, y donde el perdón que concedió a sus verdugos, aún teniendo poder para enjuiciarlos, lo convirtió en un paradigma de nuestros tiempos.

Siendo muy joven, estudió Derecho y se metió en política para luchar contra las prácticas xenófobas del apartheid, o régimen de segregación racial que fue una tenebrosa mancha de luto y dolor, y que se mantuvo vigente en Sudáfrica hasta 1992.

Mandela, símbolo de la lucha contra el apartheid, es Premio Nobel de la Paz 1993, honor que le fue concedido por su lucha de 67 años contra el sistema segregacionista en su país.

Condenado a cadena perpetua, fue confinado a la Isla Robben, reclusorio frente a la costa sudafricana, utilizada como colonia de leprosos entre 1836 y 1931, pero que adquirió fama por haber sido durante parte siglo del XX una prisión donde estuvieron detenidos prisioneros políticos del régimen del apartheid, como los casos de Mandela, Walter Sisulu, Govan Mbeki, Robert Sobukwe y Kgalema Motlanthe.

Durante sus años en prisión, llegó a realizar trabajos forzados en una cantera de cal, y las condiciones de reclusión eran muy rigurosas. El régimen penitenciario del apartheid llegó al extreme de segregar a los prisioneros por raza, y los negros recibían menos raciones.

Con 72 años a cuesta cuando fue puesto en libertad el 11 de febrero de 1990, todo un señor abuelo, aquel hombre que pasó 27 largos años en prisión, por ser considerado un individuo sumamente peligroso para el ‘stablishment’ del régimen segregacionista, Mandela iniciaba el principio del fin de lo que constituyó el régimen del apartheid en Sudáfrica.

Cuando fue condenado a cadena perpetua en 1964, en tiempos que se le consideraba líder del proscrito Congreso Nacional Africano (ANC, por sus siglas en inglés) que luchaba contra el régimen racista en su país, contaba con 46 años.

Tres años antes, el 21 de marzo de 1961, cuando la matanza de negros en Sharpeville que mató a 69 personas, el Gobierno ordenó el estado de emergencia y declaró al ANC ilegal. Mandela entonces pasó a la clandestinidad, pues se convirtió en comandante en jefe del nuevo brazo armado del movimento. En realidad, nunca volvió a salir a la superficie. En 1962 lo detuvieron y encarcelaron con una sentencia de cinco años. Un segundo juicio, en 1964, le condenó a cadena perpetua. Son datos que aparecen en su biografía.

De él se escribió una vez en el diario El Mundo, de España, que “Había nacido negro en un país dominado por blancos que practicaban la exclusión racial. Y no estaba dispuesto a aceptarlo”.

Su lucha y su apuesta por la reconciliación nacional y una transición pacífica, logradas tras cuatro décadas de dominio racista blanco, le valieron a Mandela el reconocimiento y la admiración del mundo. De ahí que hasta su número de prisionero, el 466-64, adquiriera fama en el mundo.

De cuerpo entero se retrató Mandela cuando en 1961, ante un tribunal que lo juzgaba por alta traición, declaró lo siguiente: “Siempre he atesorado el ideal de una sociedad libre y democrática, en la que las personas puedan vivir juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y, si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”. Esas palabras llenas de sinceridad eran una afrenta para un régimen que negaba toda oportunidad a los negros. Cadena perpetua fue la única respuesta que recibió este hombre.

Mandela se va de este mundo en paz consigo mismo, con su pueblo, con sus propios verdugos que le mantuvieron encerrado en cárceles de máxima seguridad por espacio de 27 largos años.

Nunca doblegó sus principios, por ello fue el prisionero más famoso en todo el mundo, porque en ninguna ocasión claudicó.

La gallardía y dignidad con que defendió sus posiciones le llevaron a contrariarse  con quienes, desde potencias occidentales trataron de imponerle condicionantes durante el tiempo que fue presidente de su país, de 1993 a 1997.

El periodista inglés John Carlin, quien ejerció como corresponsal en Sudáfrica para el periódico The Guardian,  recuerda que le preguntó a Mandela, el mismo día que fue puesto en libertad, cuál era la fórmula para iniciar el proceso de negociaciones para el fin del apartheid. Su respuesta fue: Reconciliar las aspiraciones de los negros con los temores de los blancos’’.

Habían transcurrido tres años desde que Mandela salió de la cárcel cuando juró como presidente de Sudáfrica, cargo en el que se desempeñó justo el tiempo que establece la Constitución de ese país. ¡¡Cuánta grandeza en este hombre!!

Su recuerdo y su legado serán imperecederos, y seguirán vivos para siempre.

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