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Mario y Hatuey

Mario y Hatuey
Mario Rivadulla

Mario-Rivadulla-3001A Hatuey de Camps le conocí hace más de cuarenta años. Me lo presentó el que luego sería mi concuñado, Mario García Alvarado. Este compartía con José Francisco Peña Gómez el apartamento de segunda planta del inmueble que en la Palo Hincado era propiedad de otro futuro concuñado, el “Chino” Yépez, quien estaba dedicado al negocio de los cines. En la tercera y última, residían Dulce María, la que en breve pasaría a ser mi esposa y su hermana Sonia Evelia, que más tarde se convertiría en la de Mario.

Mario era abogado y perredeista de corazón. Durante los doce años de Balaguer su ejercicio legal estuvo dedicado casi por entero a la defensa de los perseguidos y presos políticos. Por su labor en los tribunales, que no le costó pocos sinsabores y amenazas y su acendrada militancia, se le otorgó el singular privilegio de ser miembro vitalicio de la cúpula partidaria.

A la llegada de Antonio Guzmán al poder, a Mario lo nombraron Subsecretario de Trabajo. Se convirtió en la mano derecha de su titular, César Estrella Sadhalá y mediador en varios graves conflictos laborales. Desempeñó el cargo con la misma dedicación y honestidad que su carrera profesional. En el orden personal por empatía y el vínculo familiar a través de nuestras respectivas esposas, nos convertimos en eso que popularmente se conoce como “pana full”.

Con la misma pasión que ponía en todo, se convirtió en cruzado de la campaña para llevar a Salvador Jorge Blanco a la presidencia. No pudo ver culminado su propósito. El PRD al que había dedicado su vida, puso fin a ella. Los conflictos internos originados en su seno le provocaron un infarto masivo. Bernardo Defilló, que lo atendió, me dio veredicto categórico: “Fue fulminante. No se podía hacer nada por él”. Fue día de duelo para el PRD. Peña Gómez le despidió ante una enorme legión de dolientes que se congregaron en el campo santo. Lo hizo con su estilo fogoso y vehemente destacando los muchos méritos de Mario.

Andando el tiempo, con un grupo de colegas periodistas promovimos una solicitud al ayuntamiento del Distrito Nacional para que el nombre de Mario fuese recordado para la posteridad. El consistorio acogió la petición y decidió que un tramo de calle llevase su nombre. Era justo. En el acto inaugural no podía faltar la presencia de Hatuey. Fue el único dirigente del PRD que se hizo visible. No son solo los pueblos los que padecen de mala memoria.

Desde que Mario nos presentó mantuvimos una relación, si no frecuente, si permanente con Hatuey y dimos seguimiento a su carrera. Así lo vimos ascender en el seno del PRD por sus propios méritos, ajenos a todo padrinazgo. Cuando Salvador Jorge Blanco llegó al poder lo nombró Secretario de la Presidencia. En nuestro ordenamiento gubernamental, es equivalente al cargo de Primer Ministro.

En el desempeño de tan elevada posición, Hatuey demostró que era mucho más que el osado líder estudiantil que en la trinchera uasdiana puso en ascuas al gobierno más de una vez, ni el agresivo cruzado que al lado de Peña Gómez no daba un paso atrás en la defensa del PRD.

Accesible a todos, sin importar militancia ni condición social, no dejaba una llamada ni una nota sin responder de inmediato. Comunicarse con él por vía telefónica en el Palacio Nacional no requería de ningún largo y desesperante protocolo burocrático. Trabajador incansable, se

manejó con especial prudencia y flexibilidad pero también con la firmeza necesaria, sin que le temblara el pulso para rechazar cualquier demanda desmedida o de imposible cumplimiento.

Firme en sus convicciones, llegó un momento en que discrepó de Peña Gómez. El enfrentamiento cobró escenario público. No vaciló en defender sus criterios frente a aquel gigante de popularidad y liderazgo, en lo que algunos pudieran haber interpretado como un suicidio político. Por el contrario, ganó mayor respeto por parte del líder negro que era hombre de mente amplia y noble corazón.

Luego vino su salida del PRD cuando Hipólito Mejía, haciendo oído a los acólitos que querían seguir disfrutando de las mieles del poder, incurrió en el error, que admitiría posteriormente, de modificar la Constitución con la finalidad de poder reelegirse. Voz discrepante, la entonces Vicepresidenta Milagros Ortíz Bosch, advirtió con sano juicio “Ningún presidente ha podido reelegirse en medio de una crisis económica”. Tenía razón.

Pero Hatuey fue más lejos. Para él, la no reelección no era tema coyuntural de oportunismo político levantado como estandarte de lucha frente al continuismo balaguerista, sino un inviolable principio sagrado establecido en los Estatutos del PRD. Con la misma firmeza y vehemencia de siempre, defendió esa postura. No le importaron las consecuencias personales que conllevaría enfrentarse a Hipólito y quienes le hacían coro. Consumado el propósito reeleccionista, tomó el único camino que entendió digno. Con sus principios a cuestas, abandonó el partido al que había entregado los mejores años de su vida. No fue un acto de transfuguismo, sino un gesto de decoro. Puso tienda aparte y con escasez de recursos, un grupo de fieles y limitadas posibilidades electorales ha mantenido su partido, convertido al igual que el, más que nada en un referente de las esencias tradicionales que dieron vida al PRD.

Hace diez años reveló públicamente que padecía una enfermedad cancerosa. Fue otro gesto de gran honestidad personal y política, singular en nuestro medio. Contra ella ha luchado con el mismo coraje mostrado a todo lo largo de su vida pública. Ella no le ha impedido mantenerse en activo, convertido en afanoso cruzado de la unidad de la oposición para hacer frente a la sostenida fortaleza de un imbatible PLD. Sus esfuerzos en este sentido se vieron frustrados durante la pasada campaña electoral, por la miopía y ambiciones de la partidocracia opositora.

José Rafael Lantigua lo llamó “estadista” en un hermoso artículo publicado en Diario Libre un par de semanas antes. No resulta calificación complaciente; Hatuey lo es a carta cabal. De los pocos que realmente son capaces de interpretar el ejercicio político con fría objetividad y visión de futuro, sin permitir que la pasión partidaria ni ninguna otra razón aje le obnubile la capacidad de razonamiento.

Dotado de una notable visión política, donde no hay espacio para propuestas ilusorias, descartó con anticipación la realización de una segunda vuelta, posibilidad con la cual estaba jugando el PRM. Y pocos días antes de la cita en las urnas, predijo el triunfo inevitable del Presidente Danilo Medina. A diferencia del PRM y los micropartidos que desunidos marcharon al torneo electoral sin la menor posibilidad de obtener siquiera una mínima representación, que al final se tradujo en apenas dos diputaciones por acumulo, no vaciló en

felicitar a Danilo Medina por su concluyente victoria. Un gesto de caballerosidad que demuestra hidalguía política.

Ahora que en el PRD se está gestando un movimiento para atraerlo de nuevo a ese partido, es hora de que sus compañeros le hagan justicia y reconozcan la visión de que hizo gala al oponerse al que en definitiva terminó siendo fracasado intento reeleccionista de Hipólito, la firmeza con que defendió sus principios y la que ha mantenido todos estos años de autoexilio que se impuso del partido de sus luchas y quereres y que al convencerlo y recibirlo de nuevo en su seno lo hagan a brazo abierto, con todos los honores que merece. Sería un justo acto de reparación moral y reconocimiento político. Es lo menos.

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