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¿Más provincias? Oh no, quiero un principado…

Mi colega Miguel Guerrero me ha hecho reír y meditar con su reciente artículo sobre la intención de ciertos políticos de seguir creando más particiones políticas territoriales para ensanchar el pastel o presupuesto público. Su idea de tener su propio municipio o provincia, sin embargo, me parece modesta… ¡Hay que lograr la secesión de alguna parte del país!

Un amigo a quien aprecio pero hace mucho no veo quiere reclutarme para una invasión y posterior liberación de la Saona. En el pasado, esa isla una vez fue regalada al dictador Pedro Santana como premio por sus desvelos patrióticos. El plan de mi amigo es declarar un principado, o quizás ducado en atención a su brevedad geográfica de la Saona, pero definitivamente liberarla.

Más que pensar en la conveniencia de un presupuesto propio, el príncipe saonés en ciernes ha soñado con liberar ese trocito isleño con el principal propósito de declarar ilegales las chapucerías. Difícil aspiración, de prevenir la tosquedad o imperfección en cualquier artefacto u obra. La propensión a hacer las cosas sin arte ni esmero es un tema patriótico, porque para competir exitosamente en una economía global hay que aprender ciertos principios básicos acerca la importancia de hacer las cosas bien desde la primera vez.

Si desde el mero inicio arrancamos bien, el nuevo Principado de Saona (¡hasta bonito suena!) podría servir de modelo para desarrollar territorios hasta ahora sumidos en la pobreza y el olvido. Mi príncipe insiste en que antes que fabricar escuelas necesitaremos una cárcel… Y también no deja de mencionar la cuestión de que se impedirá darle la nacionalidad a nadie que no se aprenda el himno nacional, la breve historia nacional ni pueda depositar alguna suma importante de dinero en algún banco saonés o comprar alguna propiedad. Tampoco podrá entrar, ni que venga nadando encueros desde Bayahibe, ningún indocumentado. ¡A fuñir a otros!, dice.

Hacer las cosas mal da más trabajo que hacerlas bien, pues si se dejan mal hechas, después hay que arreglarlas, y entonces se trabaja dos veces en lo mismo. Y corregirlas casi siempre cuesta más, en tiempo, esfuerzo y dinero, que si desde la primera vez se hubiesen hecho bien. Cada uno de nosotros sufre cada día las cananas de chapucerías ajenas. Desde las estupideces de empleados o compañeros de trabajo, hasta las deficiencias de servicios básicos como el agua, la televisión por cable y el Internet, la recogida de basura, en cada caso algún chapucero daña la calidad de vida del conjunto de los dominicanos. Abusos en la mala calidad de las telecomunicaciones, teléfonos que sólo funcionan a veces, basura regada por calles y aceras como signo de que pasó el camión que la recoge; difícilmente pueda uno encontrar algún servicio público del cual enorgullecerse.

En el nuevo principado los servicios deberán ofrecerlos quienes los inventaron: telefonía, rubios que hablen inglés; electricidad, algo parecido; si llegamos a tener inmigrantes o inversionistas mexicanos, podrán montar taquerías, circos, escuelas de ingeniería o museos indígenas, pero nananina de bregar con aparatos fabricados en Noruega, Michigan o Shanghai. No señor…

En la Saona, el principado contratará a la SGS o alguna firma parecida para crear un sistema de normas. Será sencillo: toda libra tendrá 16 onzas; los pollos, mariscos y demás congelados no podrán contener agua congelada; las malas palabras por radio ó televisión no serán permitidas; en vez de declaraciones juradas, los funcionarios deberán publicar sus liquidaciones de impuesto sobre la renta. No se tratará de inventar nada, salvo quizás algunos helados o cocteles con agua de coco, y en vez de ello se adoptarán las mejores cosas ya inventadas siempre que no sean sucedáneos para mercados de segunda…

Las chapucerías comienzan a superarse cuando una sociedad adopta estándares que permitan uniformar la producción. Por ejemplo, mida los huecos de las puertas en cualquier casa, y verá que difícilmente encuentre dos iguales. Ese sencillo detalle, de albañiles e ingenieros chapuceros, significa que los marcos y las puertas deben fabricarse “a la medida”, en vez de comprarse en una fábrica a menor costo. La chapucería encarece todo.

En la “nueva Saona”, parte del trabajo de la Policía será proteger al público de las chapucerías. Ningún saonés podrá ser policía si no es cuando menos bachiller y graduado con notas más que regulares. Y a ellos, como a los policías, se les pagará suficiente para que sus hijos se críen con “pampers”, compotas y desde que tengan dientes puedan desayunar “corn flakes”.

Una nación llena de chapuceros pasa mucho trabajo, “coge lucha” como dicen los vagos, para tirar p’alante. El esfuerzo de cada dominicano que, en minoría, aspira a la excelencia y a superarse, es contrarrestado por una sorda conspiración de los chapuceros, para quienes todo se resuelve con el menor esfuerzo. Quizás una de las claves es que cuando los obreros o empleados carecen de satisfacciones básicas, hay pocos motivos para enorgullecerse de nada, ni siquiera del propio trabajo.

El asunto es que el príncipe (no puedo revelar quién es) como que ha olvidado el compromiso que habíamos hecho. Creo que tendré que darle “un toque”, pero después que termine la pelota… Mientras tanto, quienes quieran apuntarse me avisan. Hay que ir reservando las yolas.

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