Recibir deportados de terceros países —personas que nunca pisaron suelo dominicano— es una decisión de Estado que se tomó en silencio, entre susurros de cancillería y apretones de manos discretos. Cuando la noticia reventó, los portavoces oficiales abrieron los ojos igual que todos: con cara de “yo tampoco sabía”. El canciller explica bien, con calma, con datos. El problema es que llegó tarde, cuando la duda ya había hecho su recorrido y la objeción ya tenía hashtag.