La reforma que el Gobierno se niega a llamar por su nombre —y bautizó Plan Anti-Crisis— es difícil de atacar porque quita y da al mismo tiempo. Muerde y sopla. Pellizca y acaricia. Divide al empresariado entre los que celebran y los que calculan el daño. Cuando la reforma se llama “plan” para que no duela… pero igual pellizca.
