Los «outsiders» no son una cena gratis. Tienen costos institucionales, en derechos humanos y en democracia. Eso no exime la crítica al establishment tradicional, capturado hace tiempo por sus propios grupos de interés. Pero conviene recordarlo: donde ha nacido un outsider, con luces y sombras, alguien más lo empolló y lo anidó primero. ¿Quién paga la cuenta cuando llega la próxima sorpresa?