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Mi infierno, de Elsa Báez

Mi infierno, de Elsa Báez

Desacralizado hasta reducirse a una metáfora de la cotidianidad queda el lugar de tormentos forjado por la tradición, limitándose a la férrea lucha interior de los sentimientos encontrados en la vida de la autora, que logra encauzarlos en una misma dirección estética como instrumentos de su creatividad. En el mismo canto que da título a Mi Infierno, de Elsa Báez, se sintetiza el drama espiritual presente en la mayoría de los textos que componen el poemario.

Desde el epígrafe en el que grita que la Soledad “es una marioneta frustrada que habita en todas partes” se alude a una condición del que no se escapa ningún ser humano por más acompañado que visiblemente se encuentre. “¿Quién dijo que el demonio es masculino?/ y que el infierno está debajo de nuestros pies?” Es la interrogante que aguijonea la sensibilidad de Báez, quien expresa que su averno “Se siente dentro, cerca del pecho/ Ardiendo…oprime las arterias,/ priva los sentidos, nubla, te torna indefenso, vulnerable”.

En ocasiones el lector podría encontrar que los fuegos del “infierno” de Elsa se convierten en hoguera, en la concepción filial que encierra el vocablo, ya que muchos versos, tal vez los mejores logrados, están dedicados centrados en su entorno hogareño. Poemas al esposo, los hijos, la madre, los papás, los suegros, los tíos, la abuela y hasta a la amiga de la abuela desfilan por sus páginas.

Báez emerge como una poeta femenina alejada de la contaminación feminista. Se expresa como una mujer que asume su sexo como realidad ineludible con los mismos riesgos que el varón en la sorprendente aventura de la existencia. Sus requiebros tienen la gracia de la espontaneidad cuando expresa en el poema A mi hombrecito: “Deambulo por tus ojos, buscándome…”.

Elsa Báez sorprende a los lectores con este infierno amoroso, como lo advierten los prologuistas Héctor Gerardo y Jennet Tineo. Ha escrito, dice ella, “desnudando el alma”.

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