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Mis amigos los perros

Adelanto que no sufro el síndrome de Diógenes el de Sinope –o el Cínico–, un filósofo griego enemigo de lo convencional que andaba por las calles con linterna en manos buscando hombres honestos y, al convencerse de la escasez de virtud, asumió al perro como emblema para responder a quienes se mofaban de él comparándolo con el can.

Aunque cada día me resulte más actual y pertinente la frase que le atribuyen al humanista (Mientras más conozco a la gente, más quiero a mi perro); aunque me enternece mucho la calidez permanente de mi jauría, casi a decolar el 2012 solo he pensado, una vez más, en lo mucho que nos sirven, lo leales que son y lo poco que los valoramos, olvidando que el maltrato a ellos tal vez evidencia el alto grado de malestar de nuestra sociedad.

Vaya por las calles de los barrios y residenciales de ciudades y campos; recorra las carreteras del país. Si no es indiferente, comprenderá mi inquietud: sufrimos una epidemia de violencia contra estos nobles compañeros de siempre. En cualquier lugar hallará un perro muerto o con signos de agresión. Los atropellan adrede con vehículos; los envenenan; los apalean; los apuñalan y ya hasta los secuestran.

Creo que quien los atropella o atropella a cualquier otro animal indefenso, está a un tris de hacerlo –o ya lo hace– a sus congéneres. A veces pienso, incluso, que la deshumanización y la escasa valoración de la vida humana, reflejadas hoy en altas tasas de violencia intrafamiliar, social y accidentes de tránsito, son consecuencia en parte del descuido a viejas conductas agresivas en contra de los animales.

En 2010 murieron 2,126 personas y 5,982 sufrieron lesiones importantes en colisiones de tránsito, según las estadísticas oficiales. Son 534 decesos más que en 2003 (25%), cifra que no parece ser tan significativa si se pondera con el gran tamaño del parque vehicular y el gigantismo de la indolencia e imprudencias de la gente.

Según Impuestos Internos solo en 2010 teníamos 2 millones 734,740 unidades (75,786 motores); 130,403 más que el año anterior (incremento de un 5 por ciento). Del total, había 8,733 jeepetas y 25,043 automóviles Mercedes Benz, BMW, Acura, Audi, Lexus y Porsche.

Hemos avanzado mucho, si es por la cantidad de volantes y hasta de marcas reconocidas que ruedan por el territorio nacional. Sufrimos el más bochornoso atraso, si es por las flagrantes inconductas de los chóferes frente a los perros, frente a los demás, frente a la sociedad y frente a ellos mismos.

En realidad, poca gente muere en las angostas e impredecibles carreteras, avenidas y calles dominicanas. Son aterradoras las velocidades desarrolladas por patanas, tanqueros, camiones, carros, “yipetas” y motores; es inconmensurable la fiereza de los conductores. Mientras la vigilancia de la autoridad es muy coyuntural, si no nula.

Hombres y mujeres conducen aquí como “chivos sin ley”, bajo la rectoría única del desenfreno y la desidia por los seres vivos. Y las primeras víctimas son los perros, los eternos leales, solidarios y sinceros. Porque matar perros se ha convertido quizá en una especie de ejercicio de preparación para transitar hacia el asesinato de humanos.

Ante esta locura de las calles, urge una paradita técnica para  recomenzar. Quién sabe si al cambiar la inhumana actitud en contra de mis amigos los perros, mejorar el aprecio por la vida humana, y menos madres, padres, hermanos y amigos son víctimas de la violencia.

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