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Muertes maternas

Muertes maternas
Mario Rivadulla

El tema de la elevada tasa de muertes maternas resulta tan recurrente como el de los feminicidios y el de los embarazos prematuros.  Su promedio es el más alto de la región y uno de los más elevados del continente. La cifra de  mil 135 vidas que cobró la mortalidad materna en los últimos cinco años, según reporta el Observatorio Político Dominicano, da una idea de la gravedad del problema que resulta mucho más doloroso tomando en cuenta que se considera que no menos del 70 por ciento de dichas muertes pudieron evitarse, de haber contado con los medios necesarios, la dedicación facultativa y el tratamiento oportuno.

Durante el pasado 2018 la cantidad de muertes maternas superó con mucho la del 2017.  Y como cada año, antes y todavía, se repite el mismo escenario: las autoridades de salud culpando a los médicos y los médicos culpando a la falta de recursos y equipos en los hospitales.

En medio de este continuo conflicto, se deja sentir ahora el parecer de la Sociedad Dominicana de Obstetricia y Ginecología, que afirma que las altas cifras de muertes maternas no es solo un problema médico sino de todo el sistema nacional de salud,  señalando que “trata de poner parchos para resolver una gran problemática que debe enfrentarse en consenso entre todos los actores”.

Hay que insistir en este último enunciado: la necesidad de enfrentar el problema entre todos los actores que intervienen en el mismo.  Es lo que sin dudas debiera hacerse.   Si en vez de estarse inculpando mutuamente, Salud Pública y el Colegio Médico asumieran la tarea conjunta de enfrentar el problema, es casi seguro que los resultados positivos se verían muy en breve.

Culpas hay de parte  y parte.  Pero con echárselas en cara cada vez que se publica la ominosa estadística de las muertes maternas, no se va a resolver el problema.

Que en los hospitales hay en no pocas ocasiones carencia de equipos y facilidades para brindar un adecuado servicio que garantice la vida de las parturientas y los recién nacidos, donde también es elevada la tasa de mortalidad dentro de los primeros 28 días de ver la luz, es una realidad innegable.

Y que, por otra parte, una cantidad no escasa de médicos muestra una penosa falta de compromiso y humanitarismo para atender a los pacientes, es asimismo otra realidad tan palpable como el sol que nos alumbra.

Partir de esa base de sincero y honesto reconocimiento de las mutuas responsabilidades, sería el primer paso a dar para asumir el compromiso y la tarea conjunta de garantizar la más adecuada atención a las mujeres en parto y la vida que palpita en sus vientres.   Resultaría, por lo pronto, un saludable preámbulo de ejercicio de conciencia y honradez para asumir la más importante meta de la clase médica y de todo servicio de salud, como es la de salvar las vidas humanas que le son confiadas.

En la sugerencia que hace la Sociedad de Ginecología y Obstetricia radica el meollo del problema: unir esfuerzos en una estrategia correcta que cada año pueda traducirse en índices cada vez más bajos tanto de muertes maternas como de recién nacidos.  Todo lo demás es pura palabrería.  Intentar lavarse las manos como Pilatos mientras se pierden vidas que pudieran salvarse en su gran mayoría.

Simplemente imperdonable.

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