La Habana.– Entre los cafés de La Habana, uno peculiar comienza a llamar la atención. La novedad: emplea a una decena de personas con síndrome de Down y del espectro autista, que encuentran allí un espacio para su inserción social y económica en plena crisis en Cuba.

Liva es el pequeño local que salta a la vista por su intenso color amarillo en la fachada, en Mazón y Neptuno, una céntrica esquina habanera. Su nombre es en honor a Liván Valle, uno de los anfitriones e hijo de la directora del proyecto inclusivo Cielos Abiertos, Mariolis Escobar, del cual surge esa iniciativa.

Como nosotros, nuestros hijos tienen sueños: quieren una profesión y remuneración por ella, sentirse empoderados. Y creo Liva contribuye a ello», cuenta a EFE Escobar.

Cómo nació Liva

La idea, que echó a andar el 21 de marzo, surgió cuando, en febrero, a raíz del bloqueo petrolero de EE. UU. a la isla, el Gobierno cubano puso en marcha un plan de emergencia con el que reajustó las condiciones de trabajo en el sector estatal para ahorrar combustible.

Aunque el contexto económico no invitaba al optimismo, Escobar decidió, en ese preciso momento, iniciar un emprendimiento, junto a su familia y con la ayuda de otros padres, para ofrecer una nueva oportunidad a sus hijos, que estaban en casa sin trabajar.

En el café trabajan, además, una especialista en enseñanza especial y una psicóloga. Escobar resalta que le «gusta rodearse de quienes se sensibilicen con la comunidad y tengan algún conocimiento sobre las personas con discapacidad intelectual».

«Ellos son las almas del proyecto Liva», añade, emocionado, Valle, refiriéndose a sus compañeros.

Trabajo e inclusión

Durante la visita de EFE, Liván compartía su labor de mesero con tres compañeros con síndrome de Down y otro con autismo: Martha Fernández, de 27 años; Claudia Sosa, de 33; Richard Pérez, de 24; y Andy Muñoz, de 22, respectivamente.

Los jóvenes, de entre 20 y 35 años, realizan labores de camareros o ayudantes de cocina, por las que reciben unos 1.000 pesos diarios (poco menos de dos dólares al cambio informal).

Un sistema adaptado

La cafetería se especializa principalmente en la venta de tacos, pizzas, pastas, dulces y jugos naturales. Cuenta con unas seis mesas, y las sillas tienen en sus espaldares cintas de diferentes colores.

De esa forma, detalla Escobar, «cuando los muchachos toman el pedido, se ubican por el color en cada mesa y saben a qué cliente llevarlo, pues ellos no memorizan las ubicaciones por números».

Sin embargo, el espacio tan reducido aún, lamenta Escobar, dificulta la presencia, a la vez, del total de los jóvenes. Por ello, «establecimos horarios de rotación para que cada uno trabaje al menos dos veces por semana», explica.

 

«Yo soy capaz»

Sueños y autonomía

Mientras empezaban a llegar los clientes a Liva, Richard Pérez señalaba a EFE que él atiende a los comensales, pero en un futuro quiere ser cocinero. «Yo soy capaz», afirma.

Liva ha hecho que «nuestros hijos se sientan útiles, realizados y que se empeñen en una labor determinada», cuenta, por su parte, Yamilé García, la madre de Martha Fernández.

El síndrome de Down es un trastorno genético que altera el desarrollo físico y cognitivo y que genera un grado variable de discapacidad intelectual. Muchos de ellos tienen el potencial para trabajar, según diferentes estudios, pero su inserción real en el mercado laboral es, en muchas ocasiones, difícil.

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