Para evitar nuevos actos de violencia, como el intento de invasión de la sede de la Policía Federal por parte de los bolsonaristas y la quema de coches del 12 de diciembre, fue autorizado el uso de la Fuerza Nacional, además de la Policía Federal Rodoviana, más de mil policías federales y 350 francotiradores asistidos por helicópteros que sobrevolarán Brasilia.

Redacción.- Brasília se prepara para la investidura de Luiz Inácio Lula da Silva el próximo domingo más Jair Messias Bolsonaro no entregará la banda presidencial a su sucesor. Hace días la prensa brasileña anuncia su salida de Brasil rumbo a Orlando en Florida para un periodo sabático no especificado, tal vez por el temor a ser detenido. Incluso hubo rumores de que Bolsonaro podría ser recibido en la residencia del ex presidente de EEUU Donald Trump en Mar-a-Lago. Su hijo Carlos le precedió al irse la vigilia de Navidad.

Dado que el actual vicepresidente Hamilton Mourão ya ha declarado que no asistirá a la ceremonia, la gran incógnita ahora es quién entregará la banda presidencial a Lula. Si el presidente de la Cámara de Diputados, Arthur Lira, del Partido Progresista (PP), o el presidente del Senado, Rodrigo Pacheco, del Partido Social Demócrata (PSD), que se han declarado dispuestos. O como desea el Partido de los Trabajadores (PT) Dilma Rousseff, apartada de la presidencia en 2016 tras un impeachment.

Desde la nueva Constitución de 1988, sólo dos mandatarios han recibido la banda y la han transmitido a sus sucesores, aunque no es un acto obligatorio: Lula y Fernando Henrique Cardoso. Los brasileños se recuerdan todavía hoy de la investidura en 1985 de José Sarney, que sucedió a Tancredo Neves, fallecido poco antes de asumir el cargo. El presidente saliente, João Figuereido, el último de la dictadura militar, se negó a asistir a la ceremonia, calificando a Sarney de “traidor”.

Al final Bolsonaro también renunció a un mensaje público de despedida a los electores por consejo de sus partidarios para evitar que sus seguidores más radicales lo utilizaran como una llamada a la acción violenta en una interpretación distópica que ni siquiera perdonó su posible viaje a Estados Unidos. “Es parte del plan golpista”, declararon sus más fervientes fanáticos en las redes sociales, alimentando una teoría conspirativa según la cual el general Walter Braga Netto, candidato a vicepresidente con Bolsonaro en las ultimas elecciones, habría “ido al Pentágono que lo informó de un plan internacional para asesinar a Bolsonaro”.

Sin embargo, antes de dejar el país, el presidente saliente hizo decorar las fachadas de los ministerios con carteles gigantes para conmemorar los logros del gobierno saliente, como el aumento del empleo y las cosechas récord de la agroindustria.

Mientras tanto, a pocos días de la investidura oficial de Lula, el domingo, los preparativos en Brasilia están en plena marcha en un clima de máxima seguridad. La detención en los últimos días de George Washington de Oliveira Sousa ha elevado el nivel de alerta. Este hombre de 54 años está acusado de terrorismo por intentar hacer estallar un camión de transporte de queroseno en el aeropuerto de Brasilia la semana pasada. Tras él, se registraron cinco alarmas de bomba, de las que sólo una resultó ser real, unos 40 kg de explosivos encontrados en una zona de mata de la capital, junto con cinco chalecos antibalas, cuyo origen, sin embargo, no se ha esclarecido. Brasil, en definitiva, parece revivir esa misma ola de polarización que en la campaña electoral de 2018 llevó al apuñalamiento del entonces candidato Bolsonaro entre la multitud en Juiz de Fora, en el estado de Minas Gerais.

Para evitar nuevos actos de violencia, como el intento de invasión de la sede de la Policía Federal por parte de los bolsonaristas y la quema de coches del 12 de diciembre, fue autorizado el uso de la Fuerza Nacional, además de la Policía Federal Rodoviana, más de mil policías federales y 350 francotiradores asistidos por helicópteros que sobrevolarán Brasilia. “Habrá una movilización integral”, aseguró el futuro ministro de Justicia y Seguridad Pública del gobierno Lula, Flávio Dino. “No serán pequeños grupos terroristas los que paralicen las instituciones de la democracia brasileña, eso no tiene cabida en Brasil”, añadió.

Dino también había anunciado en los últimos días que, si era necesario, pediría la retirada “obligatoria” de los bolsonaristas que llevan dos meses acampados frente al cuartel general del Ejército en Brasilia para protestar contra el resultado electoral. “Esos campos son incubadoras de terroristas”, dijo. Pero no hubo necesidad de recurrir a la fuerza porque en las últimas horas los propios manifestantes empezaron a marcharse, incluidos los indígenas xavantes que protestaban por la detención el 12 de diciembre de su líder José Acácio Tserere Xavante, conocido como Cacique Tserere.

Dino también pidió al Supremo Tribunal Federal (STF) y obtuvo la prohibición del uso civil de armas en el Distrito Federal hasta el dos de enero. En una entrevista concedida a la televisión brasileña Globonews el 26 de diciembre, el futuro ministro afirmó también que el nuevo gobierno adelantará al 1 de enero una serie de acciones para evitar “vacíos” legislativos y “una situación de inestabilidad en el país”. Sin embargo, no especificó cuáles serán estas medidas.

El sitio brasileño de noticias Poder 360 informó de rumores sobre la posibilidad de que el nuevo gobierno decrete por primera vez en la historia del país “el estado de defensa”, que precede al estado de sitio y que no puede durar más de un mes, pero puede prorrogarse por otros 30 días. Establecido por el artículo 136 de la Constitución, el estado de defensa es decretado por el Presidente de la República “para preservar o restablecer el orden público o la paz social amenazadas por una grave inestabilidad institucional inminente o por catástrofes naturales de grandes proporciones”.

Según la prensa brasileña, Lula también quería firmar en la madrugada del 1 de enero un documento de emergencia que autorizaba la entrada en Brasil del dictador venezolano Nicolás Maduro para asistir a su ceremonia, pero al final su entorno le aconsejó desistir para evitar las inevitables polémicas. También se han adelantado las investiduras de los nuevos comandantes del Ejército y de la Marina, mientras que el ministro de Defensa del Gobierno de Bolsonaro, Paulo Sérgio Nogueira, anticipó su salida del cargo en las últimas horas.

Asimismo se ha dispuesto la máxima seguridad para las delegaciones extranjeras que asistirán a la ceremonia. Sólo los estadounidenses han reservado 240 habitaciones en el sector hotelero de la ciudad. La investidura de Lula será también una primera oportunidad para que el nuevo presidente se reúna en persona con muchos de sus colegas extranjeros con los que el nuevo gobierno pretende forjar nuevas alianzas. Es el caso, por ejemplo, de Honduras, cuya presidenta, Xiomara Castro, declaró a principios de diciembre que cuando viniera a Brasilia para la toma de posesión de Lula, reanudaría las negociaciones con él para que el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social de Brasil (BNDES) financiara dos represas en Honduras, Los Llanitos y Jicatuyo.

Mientras tanto, los preparativos para la ceremonia del domingo continúan bajo la dirección de la esposa de Lula, Rosângela da Silva, conocida como Janja, con un encargo recibido oficialmente durante el gobierno de transición. También está en sus planes para el 1 de enero el desfile de los dos perros de la pareja, París y Resistencia. La palabra clave será “fiesta”, dentro y fuera del Palacio de Planalto, sede de la presidencia de la república, donde se esperan más de 300 mil personas de todo Brasil y un espectáculo musical filmado por 150 drones con decenas de artistas. A partir de las 18.30 horas, cuando concluirá la ceremonia oficial, desfilarán cantantes de renombre nacional como Otto, Maria Rita, Gaby Amarantos, Odair José, Martinho da Vila, Chico César y Pabllo Vittar.

Un verdadero “Lulapalooza”, parafraseando al famoso festival internacional de música, o según algunos periodistas brasileños un panem et circensem que al menos distraerá a los brasileños durante unas horas de la incertidumbre de lo que será el nuevo gobierno. Oficialmente, los artistas invitados no recibirán ningún caché e incluso tendrán que pagar sus vuelos, hotel y comida, mientras que todos los demás gastos correrán a cargo principalmente del PT de Lula y otros partidos de la coalición que lo apoya.

El PT también ha lanzado una campaña de crowfunding online para costear la organización del evento, aunque no especificó el valor del dinero recaudado. Muchos de estos artistas ya habían participado en el Super Live de Lula en YouTube durante un evento del la campaña electoral, el 26 de septiembre en São Paulo. Bajo el nuevo gobierno, resucitará el Ministerio de Cultura, suprimido por Bolsonaro y ahora dirigido por una cantante, Margareth Menezes, cuyo presupuesto anunciado solo para 2023 será de 10.000 millones de reales, unos 2.000 millones de dólares.

Según ha mostrado la propia esposa de Lula en sus redes sociales, la gigantesca estructura al aire libre que acogerá la fiesta de inauguración recuerda a una bandera brasileña y estará dividida en dos palcos, renombrados respectivamente Elza Soares y Gal Costa en homenaje a las dos celebridades de la música brasileña fallecidas este año. Los separarán tres estrellas que simbolizarán los tres mandatos de Lula. Los participantes podrán adquirir el llamado “kit posse” puesto a la venta por el PT al precio de 100 reales, unos 18 dólares. Se trata de 10 mil paquetes de recuerdo del día que incluyen una camiseta, un vaso, una toalla y una estrella alusiva al gobierno de Lula.

La agenda del presidente electo para el domingo ha sido planificada hasta el último detalle. La ceremonia tendrá lugar en el edificio del Congreso a partir de las 13:45, desde donde partirá la comitiva presidencial a las 16:20 para dirigirse al Palacio del Planalto. El concierto comenzará cuando haya terminado la ceremonia oficial. Aún no se sabe en qué coche desfilará Lula. Ya sea el Roll Royce abierto que usó Bolsonaro en 2018 o un vehículo blindado y cerrado para evitar cualquier peligro de atentado.