Tanaguarena (Venezuela).- Una videollamada desde Colombia conectaba a Eduar Velázquez, de 24 años, con la fiesta infantil donde estaban su madre, su hijo y otros 28 integrantes de su familia el pasado 24 de junio, cuando, de pronto, un doble terremoto sacudió Venezuela.
Eduar vio, a través de la pantalla de su teléfono, a su mamá correr desesperada para proteger al pequeño Massimo; esa fue su última comunicación.
Sin entender aún lo que ocurría, Eduar empezó a llamar con insistencia al teléfono de su madre y al del resto de sus familiares, pero nadie contestó.
«Era una fiesta infantil y en esa fiesta infantil había 12 niños y una bebé recién nacida de cuatro meses, junto a su mamá, y había aproximadamente 15 adultos», contó Eduar a EFE.
Incomunicados sin electricidad ni señal
Sin electricidad ni señal telefónica, el padre de Eduar, quien no estaba en el cumpleaños, y Estefanía, la madre de su hijo, lograron llegar a pie al complejo residencial.
Aquí estoy, estoy con ustedes», se escuchaba gritar a Estefanía en el video que le envió a Eduar, donde se observaban escombros y humo.
Fue ella quien le confirmó a Eduar que tres de los cuatro edificios del conjunto residencial Caribe, ubicado en la parroquia de Caraballeda, en el estado La Guaira, se habían desplomado.
En una de esas torres de 12 pisos, que en total sumaban 416 apartamentos, estaba el pequeño Massimo.
«El edificio está tapeado, hundido, no sé qué hacer», le escribió, y luego recorrió albergues y hospitales, sin noticias.
El viaje y el regreso a casa
Ante este panorama, el colapso de las comunicaciones y el cierre por daños del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía, Eduar emprendió el mismo viernes un viaje por vía terrestre desde la ciudad de Pereira, Colombia, vecina de Venezuela.
Unas 20 horas después, Eduar llegó a Caracas tras recorrer 819 kilómetros por carretera, sorteando los controles de seguridad y la escasez de gasolina en algunos estados.
Nos pararon en aproximadamente 15 alcabalas (controles militares), y en las 15 nos quitaron dinero para poder pasar, e incluso en algunas nos hicieron bajar; no nos querían dejar ir rápido (…) aunque les dijéramos que íbamos al desastre que ocurrió en La Guaira«, denunció.
Además, explicó que, en el control de Capacho, en el estado Táchira (oeste de Venezuela), tuvieron que entregar algunos de los insumos que traían con ellos.
Ellos (los militares) esperaban que les mostráramos nuestro sufrimiento para dejarnos ir», agregó.
Día y noche sin parar
Día y noche, pese a la falta de comida, herramientas y experiencia, con pocas horas de sueño, rodeados por escombros, basura y el intenso olor de los cuerpos en descomposición, los familiares de algunos de los cientos de desaparecidos en este lugar siguen la búsqueda.
Yo no me voy a ir de aquí hasta que esto quede limpio y toda la gente que tenga sus familiares aquí pueda darles santa sepultura», expresó Juan Andrade, de 27 años, quien perdió a seis integrantes de su familia en este edificio.
Junto al nombre del conjunto residencial Caribe, justo en la entrada, los familiares de los desaparecidos escribieron con espray la frase: «No se demuele». Pese a la dificultad para recuperar a los muertos, la mayoría se niega a resignarse y a aceptar la recomendación de los socorristas.
- Allí, un hombre sin identificar permanece desde hace dos días en el sexto piso de la torre D, una estructura casi completamente destruida por el terremoto. A pesar de las advertencias, el sujeto ingresó al edificio y gritaba por la ventana que no piensa salir, asegurando que quiere morir allí.
- Mientras tanto, otro vecino que apoya en las operaciones de rescate repite una y otra vez que escucha voces dentro del edificio en el que murieron diez integrantes de su familia.
Por su parte, Andrade estuvo durante ocho días sin cambiarse de ropa, pese a haber sacado cuerpos sin vida del lugar.
Sin experiencia y con el apoyo de mineros procedentes del sur de Venezuela, estos familiares lograron lo que los rescatistas dijeron que sería imposible: abrir numerosos agujeros en la gruesa placa que cubre por completo el resto de las ruinas y han comenzado a descender en medio de los escombros con una sola esperanza: la de encontrar a sus allegados.
Hablar de cifras precisas en estos edificios resulta casi imposible; como pueden, los vecinos han ido recopilando información y elaborando listas, pero de momento ninguna es exacta.
Hasta ahora, ni las propias autoridades venezolanas ofrecen datos definitivos sobre los desaparecidos.
De acuerdo con el último balance oficial, al menos 2.645 personas han muerto y 12.666 han resultado heridas.