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Nixon, Balaguer y Bluhdorn

Nixon, Balaguer y Bluhdorn
Nixon, Balaguer y Bluhdorn

En 1971 el presidente Balaguer le pidió al propietario de entonces del Central Romana, Charles Bluhdorn, dueño también del consorcio de la Gulf & Western, que consiguiera una cita con el presidente Nixon y le entregara una carta suya, pues el Congreso norteamericano, apoyado por el Departamento de Estado, estaba por reducir la cuota azucarera dominicana para beneficio no sólo de productores americanos domésticos, sino también del Chile de Salvador Allende, el Perú del gobierno militar de Juan Velazco y hasta para beneficiar a algunos pequeños países africanos. Bluhdorn consiguió la cita. Nixon no sólo grababa sus llamadas telefónicas (lo que eventualmente le abligaría a renunciar por el escándalo del Watergate) sino también sus conversaciones cara a cara y es por eso que sabemos que Bluhdorn le explicó que un alto funcionario del Departamento de Estado favorecía repartir parte de la cuota azucarera dominicana a Chile y Perú, cuyos gobiernos ya habían expropiado a empresas norteamericanas. Bluhdorn le dijo que si esos países expropiaban y luego conseguían una mayor cuota, Balaguer podría hacer lo mismo. Falseando el dato dijo que el 75% de la fuerza de trabajo dominicana estaba en la industria azucarera. No le temía a Balaguer, sino a los izquierdistas y militares que podrían buscar el poder como excusa por una pérdida parcial de la cuota.

Nixon le explicó que examinaría el asunto, agregando: “Yo no tengo paciencia con aquellos que están en contra de la República Dominicana. Esa es la actitud del Departamento de Estado, pero no es la mía. Ellos están en contra porque la consideran una dictadura. A mí no me importa un carajo lo que sea. Estoy a favor de ella. ¿Está claro? Además, no tengo paciencia para la actitud que favorece que se le debe dar un mejor tratamiento a Perú, Bolivia o Chile”… “En cuanto a esos pequeños países africanos, es algo tonto… El Departamento de Estado está en contra de Brasil (cuyo presidente lo era el general Figuereido) y la República Dominicana por las razones equivocadas. Están en contra de ellos porque piensan que ambos son dictaduras. A mí me gustan porque lo son. No porque son dictaduras, sino porque son amigos de Estados Unidos. Los amigos de Estados Unidos serán remunerados, los enemigos de Estados Unidos serán castigados”.

En la parte inicial de la conversación Bluhdorn había explicado a su muy conservador presidente republicano que cuando compró el Central Romana en 1966 el país estaba “en un estado de disturbios… Castro había enviado allí a sus agentes… Tuvimos que emplear a 600 policías, quienes ya no están en la nómina… No se estaba cortando caña… el país estaba en un estado caótico de dilema” (sic). Alabó a un joven funcionario suyo, de origen cubano y enemigo de Castro, quien manejaba el Central y quien “lucía que era como el Gobernador del lugar” y quien corría el riesgo de ser “baleado por la espalda en cualquier momento” pero “desde entonces ha trabajado muy de cerca con el presidente Balaguer y cuenta con toda su confianza”.

Para indicarle a Nixon lo pro-americano que era Balaguer, Bluhdorn le contó que había tratado infructuosamente de convencer a la Ford y a la General Motors para que estableciesen en Santo Domingo plantas de ensamblajes de automóviles, pero que luego había convencido al presidente de  la FIAT, Gianni Agnelli, para que montara una planta similar, pero Balaguer se había opuesto al proyecto diciendo: “¿Cómo puedo yo permitir a los italianos que vengan aquí y ensamblen carros? Eso es imposible, ya que mis amigos son los americanos”, por lo que no perjudicaría sus intereses comerciales.

El lector conocedor de lo que ocurría en la época, tanto aquí como en Washington, sabrá leer entre líneas.

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