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Nuestra porosa, vulnerable frontera

Nuestra porosa, vulnerable frontera
Mario Rivadulla

Décadas atrás médicos recién graduados que tenían que hacer una pasantía de dos años en hospitales del interior, movían cielo y tierra para tratar de no ser destinados al ostracismo y precariedades de una provincia fronteriza. Para los militares, resultaba la expiación de faltas cometidas, o por carecer de la protección de un influyente padrino en lo que venía a ser lo más parecido al cautiverio en una remota cárcel.

La frontera era el equivalente a una Siberia tropical, en tanto crecía el éxodo de sus habitantes hacia los centros urbanos en procura de condiciones, o al menos perspectivas de mejor vida. Con el transcurrir del tiempo y el notable incremento de la desbordada presión migratoria, hoy, por el contrario, para algunos uniformados parece haberse convertido en una puerta abierta a la prosperidad.

Por más brigadas y equipos que se envíen con el supuesto y bastante ilusorio propósito de poder sellar los dilatados y vulnerables límites fronterizos para frenar la invasión de indocumentados y el contrabando, viene a resultar una misión casi imposible. Aún con el uso de los drones de vigilancia.

El trasiego es en ambas direcciones. De allá para acá, la masiva introducción de mano de obra ilegal sobre todo para la agricultura y la construcción, los tours de parturientas que vienen a dar a luz de este lado de la isla; el contrabando de ajo en competencia desleal y perjuicio de nuestros cosecheros siempre amenazados de que su producción se les quede y pudra en almacenes. Y , ¿por qué no? algún que otro envío de cocaína para quebrantar la rutina de la vía marítima, ahora ruta preferida del narcotráfico, después que desde la entrada en operación de los tucanos, impedidos de derribar pero eficaces para la detección y el acoso, parecen haberse cerrado las puertas del cielo a los vuelos de las avionetas de los carteles que antes nos sometían a un diario bombardeo de drogas.

Y de aquí para allá, principalmente carbón, obtenido de la depredación de nuestros bosques para suplir la demanda de un país que carece de ellos en la casi la totalidad de su devastado territorio; guaconejo convertido en un rubro de exportación de las contadas industrias haitianas, que luego posiblemente nos retorna ya procesado por vía de importación, que terminamos adquiriendo y pagando caro como producto terminado… elaborado con nuestra materia prima. Alguna que otra vez, costosos vehículos robados que son desmantelados, enviados en piezas y luego vueltos a armar una vez llegados a la tranquila seguridad de su exilio haitiano. Demás significar el pase en ambas direcciones de elementos criminales, algunos evadidos de las cárceles (¿Quirinito?) o tratando de evitar convertirse en sus huéspedes.

Pero el factor principal y que más llama la atención es el de la inmigración ilegal. No importa cuantos sean regresados al territorio vecino, su presencia en el país no parece decaer. Quizás el secreto radica en que tal como en más de una ocasión ha señalado el padre Regino Martínez, que de tanto vivir por esos predios se las sabe todas, lo de la repatriación viene a resultar una especie de cuento de ficción. Los devuelven hoy y al día siguiente retornan. La palabra clave es: peaje.

Acento ha abordado el tema en muchas ocasiones, tanto en reportajes, artículos de opinión y sus notas editoriales. Ahora, el Diario Libre está publicando un interesante y revelador trabajo de investigación sobre el tema que firma la joven y ya antes premiada periodista Kirsis Díaz. En el recoge el testimonio de los inmigrantes ilegales venidos del otro lado de la frontera para trabajar en la agricultura. El mismo no puede ser más contundente: el pase cuesta entre 3 mil y 6 mil pesos que se entregan a un compatriota, quien haciendo el papel de “coyote” resulta el enlace con oficiales dominicanos para facilitar la entrada.

Lo que parece ser cierto es que mientras el juego sigue y se repite una y otra vez, las mafias que manejan el contrabando en ambas direcciones siguen campeando por sus respetos, disfrutando de plena libertad, operando sin mayores inconvenientes y viendo crecer su patrimonio.

Parece ser la inevitable y penosa realidad de nuestra porosa y vulnerable frontera, hasta tanto las autoridades de un lado y otro no se aboquen a trabajar de firme en un sostenido plan de seguridad y control que ponga más empeño en perseguir las bandas de traficantes que a los traficados.

Algo que por otra parte luce bastante difícil de lograr con las autoridades del país vecino que han adoptado promover la emigración de sus nacionales como una política de Estado, de la que nosotros somos blanco preferido y permanente víctima, lamentablemente en buena medida con nuestra propia complicidad.

 

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