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Alejandría, la inteligencia artificial y la memoria del mundo

En Alejandría, bajo Ptolomeo, se intentó reunir todo el saber del mundo, similar al objetivo de la inteligencia artificial actual de organizar el conocimiento humano.

  • La inteligencia artificial moderna y la Biblioteca de Alejandría comparten el sueño de reunir conocimiento.
  • Alejandría fue un experimento de inteligencia colectiva, similar al objetivo de la IA actual.
  • El conocimiento es una construcción colectiva; la historia de Alejandría resuena por su grandeza y fragilidad.
8 minutos de lectura
  • Actualizado: 10 de marzo, 2026, 01:21 PM
  • Publicado: 10 de marzo, 2026, 01:21 PM
Alejandría, la inteligencia artificial y la memoria del mundo
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Hoy se habla de la inteligencia artificial como si el mundo estuviera asistiendo a un fenómeno completamente nuevo, una especie de revolución sin precedentes en la historia humana. 

Los grandes modelos de lenguaje, los sistemas capaces de analizar millones de textos y producir respuestas en segundos, parecen haber inaugurado una nueva era del conocimiento.

Pero si se mira la historia con calma —como aconsejan los historiadores y los filósofos—, se descubre que ese sueño no nació en Silicon Valley ni en los laboratorios digitales del siglo XXI. Ese sueño es mucho más antiguo.

Orígenes del sueño de conocimiento

Hace más de dos mil años, en la ciudad de Alejandría, los gobernantes del Egipto helenístico concibieron una idea que hoy resulta sorprendentemente familiar: reunir todo el conocimiento del mundo en un solo lugar para que pudiera ser estudiado, organizado y ampliado por generaciones de sabios.

Fue bajo el gobierno de Ptolomeo I Sóter y de su hijo Ptolomeo II Filadelfo cuando nació la Biblioteca de Alejandría, una institución destinada a convertirse en el mayor archivo intelectual del mundo antiguo. 

Los barcos que llegaban al puerto debían entregar los libros que transportaban para que fueran copiados; emisarios viajaban por Grecia, Asia y el Mediterráneo comprando manuscritos; y los estudiosos trabajaban en los patios del Museo, comparando textos, corrigiendo errores y discutiendo ideas.

En aquel tiempo, el conocimiento humano estaba escrito en rollos de papiro. 

Hoy se almacena en servidores distribuidos por todo el planeta.

Sin embargo, el impulso que mueve ambos proyectos es el mismo: la voluntad de reunir la memoria de la humanidad y convertirla en una herramienta para comprender el mundo.

La Biblioteca de Alejandría

Alejandría fue, en cierto sentido, el primer experimento de inteligencia colectiva organizado de la historia. 

Allí trabajaron hombres como Euclides, que ordenó la geometría en un sistema lógico que todavía se enseña en las escuelas;

Eratóstenes, quien midió la circunferencia de la Tierra con una precisión que asombra aún hoy.

También Aristarco de Samos, que imaginó un universo donde la Tierra giraba alrededor del Sol.

Aquellos sabios trabajaban lentamente, copiando textos a mano, comparando versiones, discutiendo argumentos en largos paseos bajo las columnas del Museo

La inteligencia artificial moderna, en cambio, analiza cantidades inmensas de información en segundos. 

Pero la lógica profunda del proyecto es similar: organizar el conocimiento humano para descubrir patrones, conexiones e ideas nuevas.

Conocimiento como construcción colectiva

En Alejandría también comprendieron algo que hoy vuelve a aparecer en los debates sobre la inteligencia artificial: el conocimiento es una construcción colectiva. 

Ninguna mente aislada puede abarcarlo todo. Solo cuando las ideas se reúnen, se comparan y se transmiten de generación en generación, la inteligencia humana alcanza su verdadera dimensión.

Por eso la historia de la Biblioteca de Alejandría sigue resonando en nuestra época. 

No solo por su grandeza, sino también por su fragilidad. 

Fragilidad de la Biblioteca

A lo largo de los siglos, los incendios, las guerras y las convulsiones religiosas fueron destruyendo lentamente aquella institución extraordinaria. 

El fuego encendido durante la guerra civil de Julio César dañó depósitos de libros cerca del puerto; las luchas del siglo III devastaron el barrio real donde se encontraba el Museo; y las tensiones religiosas del final del Imperio Romano terminaron por arrasar el Serapeo, uno de los últimos refugios del saber antiguo.

En esos años finales todavía enseñaba en Alejandría una filósofa llamada Hipatia de Alejandría, heredera de la tradición intelectual que había dado vida a la Biblioteca

Su muerte violenta en el año 415 se convirtió con el tiempo en un símbolo del final de aquella civilización que había confiado tanto en la razón y en la filosofía.

Sin embargo, las ideas no desaparecieron con los muros de la biblioteca. Sobrevivieron en manuscritos que viajaron a Constantinopla, en copias preservadas por monasterios cristianos y en traducciones realizadas por los sabios del mundo islámico. 

Siglos más tarde regresarían a Europa durante el Renacimiento, como si el conocimiento humano tuviera una extraña capacidad de resucitar.

Comparación con la inteligencia artificial

Quizá por eso la comparación entre Alejandría y la inteligencia artificial resulta tan sugestiva. 

En ambos casos aparece el mismo sueño: construir una memoria universal donde el saber acumulado por la humanidad pueda ser organizado y utilizado para generar nuevas ideas.

La diferencia es que la biblioteca del siglo XXI ya no está hecha de piedra ni de papiro. Se encuentra dispersa en millones de servidores, conectada por cables submarinos que cruzan los océanos y alimentada por algoritmos capaces de procesar cantidades gigantescas de información.

Pero, en el fondo, sigue siendo el mismo proyecto antiguo.

El mismo sueño que animó a los sabios de Alejandría: reunir el conocimiento del mundo para entender mejor el universo y a nosotros mismos.

La historia, como suele ocurrir, no se repite exactamente.

Pero a veces vuelve a intentar los mismos sueños con herramientas nuevas.

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