La inteligencia humana, con su memoria y experiencia, sigue siendo la base del progreso, recordándonos que los viejos modelos son la memoria del conocimiento.
El empresario dominicano Pepín Corripio es, en cierto modo, un buen ejemplo de lo que significa innovar sin despreciar los llamados “viejos modelos”.
Durante décadas ha demostrado que la modernización no consiste en destruir lo que existe, sino en construir sobre la experiencia acumulada.
Sus empresas, nacidas en otra época tecnológica, han sabido adaptarse a los cambios sin perder los fundamentos que las hicieron posibles: disciplina empresarial, conocimiento del mercado y una visión de largo plazo.
Quizás por eso pensé en él cuando leí el lunes 9 de marzo de 2026 en Listín Diario un artículo de la periodista Wendy Santana titulado “Inteligencia Artificial sentencia el fin de los viejos modelos”.
La lectura me hizo reflexionar no solo sobre el contenido del texto, sino también sobre la fotografía que lo acompañaba. En ella aparecían periodistas dominicanos participando en el Congreso Mundial de Móviles celebrado en Barcelona, uno de los grandes escaparates globales de la industria tecnológica.
La escena reflejaba el entusiasmo contemporáneo por la inteligencia artificial, ese nuevo territorio donde hoy se mezclan la ciencia, los negocios y la imaginación colectiva.
Pero al mismo tiempo me hizo pensar en algo distinto: en la facilidad con que en nuestra época se habla del fin de los “viejos modelos”, como si la historia del conocimiento humano pudiera borrarse de un plumazo cada vez que surge una innovación.
Existe en el mundo tecnológico una cierta arrogancia generacional, una tendencia a creer que cada nueva herramienta inaugura una era completamente distinta, como si antes de ella el mundo hubiese sido poco menos que primitivo.
Es un reflejo cultural que no es nuevo. Cada revolución tecnológica ha producido discursos semejantes.
Cuando apareció la electricidad en el siglo XIX, muchos pensaron que el mundo anterior desaparecería.
Cuando surgió el automóvil, se anunció la muerte de las ciudades tradicionales. Cuando llegó Internet, se proclamó el final de los libros, de la prensa escrita y hasta de la política clásica.
Sin embargo, la historia suele ser más prudente que el entusiasmo de las modas.
Los llamados “viejos modelos” son, en realidad, la acumulación de siglos de conocimiento humano.
La economía moderna descansa sobre reflexiones que comienzan con Adam Smith en el siglo XVIII.
El derecho internacional se apoya en principios desarrollados desde Hugo Grocio en el siglo XVII.
La ciencia contemporánea continúa utilizando herramientas matemáticas elaboradas hace doscientos o trescientos años.
Incluso la inteligencia artificial —que hoy se presenta como una ruptura radical— está construida sobre fundamentos intelectuales muy antiguos: la lógica formal de Aristóteles, el cálculo de probabilidades del siglo XVIII, la estadística del siglo XIX y la teoría de la información desarrollada en el siglo XX.
Nada de eso es nuevo.
La innovación tecnológica no destruye el conocimiento acumulado; lo reorganiza. Es una ampliación de las capacidades humanas, no una sustitución de la experiencia histórica.
Por eso me parece curioso hablar con tanta facilidad del fin de los modelos anteriores.
Las sociedades no funcionan como los teléfonos móviles que se reemplazan cada dos años.
Las instituciones, las culturas y las formas de pensar se transforman lentamente porque son el resultado de generaciones de ensayo y error.
Los jóvenes ingenieros que hoy desarrollan algoritmos extraordinarios suelen olvidar que su trabajo descansa sobre la obra silenciosa de miles de pensadores, científicos y filósofos que construyeron los cimientos del conocimiento moderno.
Isaac Newton lo explicó mejor que nadie hace más de tres siglos cuando escribió una frase que debería recordarse con más frecuencia en la era de la inteligencia artificial:
Si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes.
Quizás ese sea el recordatorio más útil en medio del entusiasmo tecnológico de nuestra época.
Las herramientas cambian, los dispositivos se perfeccionan y las máquinas aprenden a procesar información con una velocidad impresionante.
Pero la inteligencia humana —con su memoria histórica, su experiencia acumulada y su capacidad crítica— sigue siendo la verdadera base sobre la cual se construye cualquier progreso duradero.
Los viejos modelos, en el fondo, no son simplemente viejos.
Son la memoria del conocimiento humano.
Y una civilización que olvida esa memoria corre el riesgo de confundir el progreso con la moda.
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