Durante años repitió —con una crudeza que escandalizaba a diplomáticos pero que revelaba su lógica— que Estados Unidos debía “tomar el petróleo” de aquellos territorios cuya seguridad garantizaba. No era una frase improvisada: era una manera de entender el poder.
Ya en 2011, en entrevistas y declaraciones públicas, y luego durante la campaña presidencial de 2015–2016, Donald Trump insistía en que Estados Unidos había cometido un error estratégico en Irak al no “quedarse con el petróleo”.
Aquella frase —“take the oil”— fue recogida por la prensa estadounidense y analizada por centros como Brookings Institution en 2016.
Pero esa forma de pensar es aún más antigua.
En marzo de 2026, el Financial Times lo expresó con una claridad que pocos medios suelen permitirse:
Trump’s Iran playbook was written in the 1980s.
No se trata de una frase menor. Es una afirmación de fondo. Lo que hoy estamos viendo no es improvisación, ni reacción, ni siquiera estrategia coyuntural.
Es la aplicación, en un escenario distinto, de una visión que Trump arrastra desde hace décadas: el mundo como un sistema de intereses donde el poder no se negocia, se controla.
El mundo no se queda sin petróleo.
Lo que ocurre —y ahí empieza el verdadero problema— es que el petróleo no siempre llega.
En medio de una guerra que ya entra en su cuarta semana en marzo de 2026, el planeta ha vuelto a descubrir una verdad elemental: los recursos no bastan; lo decisivo es el tránsito. Y ese tránsito pasa por puntos estrechos, frágiles, estratégicos.
Uno de ellos —el más importante— es el Estrecho de Ormuz.
Por allí circula cerca de una cuarta parte del petróleo marítimo mundial. No es solo un paso marítimo: es una válvula del sistema global.
Y cuando el poder se concentra en un punto tan estrecho, la tentación de controlarlo deja de ser teoría para convertirse en estrategia.
Trump no inventó Ormuz.
Lo reinterpretó.
Si antes hablaba de tomar el petróleo, hoy apunta a algo más sofisticado: controlar el paso por donde ese petróleo circula.
Y ese paso tiene nombre.
Ormuz.
La prueba más clara no es una hipótesis, sino sus propias palabras. El 23 de marzo de 2026, según reportó The Economic Times, Trump afirmó que el estrecho podría ser “controlado conjuntamente” por Estados Unidos e Irán, llegando a decir —con su estilo directo— que sería gestionado “con el Ayatolá, sea quien sea”.
Al mismo tiempo, ordenó una pausa de cinco días en ataques contra infraestructuras energéticas iraníes, apostando a negociaciones que garanticen el flujo.
Ahí está el cambio de época.
La guerra ya no se limita a destruir. También busca administrar.
El poder ya no se mide solo en territorios, sino en flujos.
En el siglo XX, las guerras eran por los recursos.
En el siglo XXI, son por los puntos de paso.
Ormuz, Suez, Malaca… pequeñas venas por donde circula la sangre del mundo.
Europa observa con inquietud. Asia calcula cada movimiento. América Latina —y la República Dominicana— siente el impacto sin necesidad de mapas: en la gasolina, en la comida, en la electricidad.
Porque cuando Ormuz tiembla, tiembla todo.
Y, sin embargo, la lección es vieja, casi brutal en su sencillez: el poder no está en lo que se posee, sino en lo que se puede mover.
Trump lo entendió hace décadas.
Hoy simplemente lo aplica.
No en los discursos.
No en la teoría.
En el mapa.
Porque cada estrecho es una llave.
Y quien tenga la llave —aunque no tenga el petróleo— tendrá el poder.
Y entonces el mundo descubre, una vez más, la verdad que incomoda a todos:
La estabilidad no se importa; se fabrica.
