La medida tomada por el Ministerio de Interior y Policía de prohibir las fiestas masivas en playas y balnearios en esta Semana Santa es la correcta, porque una cosa es la libertad y otra el libertinaje. Nadie se opone a lo primero, pero lo segundo es rechazado por la gran mayoría.
De un lado están los que quieren el orden; del otro, los que desean el desorden. Estos últimos, aunque son menos, hacen más ruido y rechazan de manera absurda cualquier medida que busque controlar el desenfreno y las tragedias.
Claro, a los que les gusta la anarquía y la bulla dicen que se les está «encarcelando» por aquello de que el que quiera beber «romo» que lo haga; pero también el que incentiva el caos irrespeta el derecho de los demás a estar en paz. «El respeto al derecho ajeno es la paz», como dijo Benito Juárez.
Una Semana Santa segura no se logra con permisividad ante el caos, sino con el establecimiento de límites que garanticen la integridad de todos. El orden no es una privación de la libertad, sino el marco necesario para que todos, sin distinción, puedan disfrutar de su derecho al descanso y la recreación en un ambiente de paz y respeto mutuo.
