SANTO DOMINGO.- La frase no retumba, arde. Se cuela entre las velas encendidas, entre el blanco impecable de quienes llegaron a la zona cero del Jet Set y entre los silencios que pesan más que cualquier grito. Un año después del llamado “baile de la muerte”, el país no ha logrado cerrar esa herida. Y quizás no pueda. Porque hay dolores que no cicatrizan cuando la justicia no llega.

Memoria y duelo colectivo

La noche del 7 de abril no fue una conmemoración cualquiera. Fue un acto colectivo de memoria y de duelo. “Enciende una luz”, repetían una y otra vez, como si cada llama pudiera iluminar lo que aún permanece en sombras. Rostros quebrados, miradas perdidas, manos temblorosas sosteniendo velas, y no era solo tristeza, era un reclamo.

Porque el 8 de abril de 2025 no solo colapsó el techo de una discoteca. Colapsaron vidas enteras. 236 personas murieron bajo concreto, música y desesperación. Más de 180 sobrevivieron. Si es que sobrevivir significa algo cuando el alma queda atrapada en los escombros.

Un año después, las historias siguen latiendo.

Historias de sobrevivientes

Un hombre lo dijo sin rodeos: “no puedo cargar a mis nietos porque perdí la fuerza en los brazos”. Pero su verdadero peso no está en el cuerpo, está en la ausencia de justicia. Vive con la recomendación médica de una prótesis, como si la ciencia pudiera reparar lo que la negligencia rompió.

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Otra voz, la de Daris Leiris Lebrón, estremece aún más. Aquella noche celebraba su cumpleaños. Terminó perdiendo al amor de su vida, su prometido. Pasó más de siete horas atrapada bajo una viga, con la muerte respirándole en la cara. Sobrevivió, pero con cicatrices que no se ven completas en un espejo: parálisis facial, heridas, pérdida de cabello y una vida partida en dos.

Las madres no tienen consuelo.

Una, vestida de blanco, llegó desde La Romana solo para llorar y repetir lo irreparable: “Mi hija murió junto a una amiga”.

Pero no olvidemos a doña Melba, quien escribió lo que muchos sienten pero pocos pueden expresar: “Ya van 365 días y noches desde que explotó en mi corazón aquel volcán de dolor”.


Navidad pasó. Cumpleaños pasaron. Días de madres pasaron. Pero ellos no.
Jesús”, decían las velas formando la palabra. Pero no era solo fe. Era desesperación. Era un grito colectivo buscando respuesta, consuelo y responsabilidad.

Falta de respuestas y justicia

  • Porque lo más duro no es solo recordar cómo murieron. Es aceptar que, un año después, todavía no hay respuestas claras ni consecuencias que estén a la altura del dolor causado.

Y como si la naturaleza entendiera el peso de esa memoria, la madrugada de este 8 de abril de 2026 trajo lluvia. No una cualquiera. Una lluvia que inundó gran parte de Santo Domingo, como si el cielo también se quebrara. Como si llorara. Como si gritara lo que muchos callan: aquí falta justicia.

El “baile de la muerte” no terminó aquella madrugada. Sigue repitiéndose en cada lágrima, en cada madre que espera, en cada sobreviviente que carga con su historia. Sigue vivo en un país que no puede ni debe olvidar.

Porque mientras no haya justicia, el luto no termina. Y las velas… seguirán encendiéndose.