Hay una distancia abismal entre los escritorios alfombrados donde se diseñan las estadísticas y el asfalto caliente donde el ciudadano se juega la vida cada día. A veces, las autoridades sacan pecho exhibiendo cifras que nos sitúan como el segundo país más seguro de la región, solo superado por El Salvador.
Cifras y calle
Un 8,15 % de tasa de homicidios suena a éxito rotundo en una conferencia de prensa, pero en Santiago ese número tiene nombre y apellido: David Carlos Abreu.
A David no lo mató una estadística; lo mató la selva del motor, esa ley del más fuerte que impera en nuestras avenidas a plena luz del día y ante la mirada indiferente de testigos que prefieren grabar con el celular antes que intervenir.
Mientras las autoridades celebran una reducción histórica de la criminalidad, la realidad en la calle nos grita otra cosa: nos dice que el motorista sigue siendo el dueño del pánico, que el operativo se queda corto y que la percepción de inseguridad no es un invento de la oposición, sino el resultado de vivir con el corazón en la boca.
¿A quién le creemos, al cuadro de Excel que dice que todo mejora o a la madre que hoy llora a un hijo trabajador asesinado por un roce de tránsito? La seguridad no se mide en porcentajes; se mide en libertad para caminar sin miedo.
Es hora de que el éxito que celebran los palacios baje a las esquinas, porque, mientras las gráficas bajan, el luto sigue subiendo.
