Santo Domingo.- Una sociedad que no protege a sus niños ni a sus envejecientes está condenada al fracaso. Los infantes son el futuro; los adultos mayores son aquellos que han sido víctimas del sistema salvaje, y que es lo más parecido al «sálvese quien pueda».
Los datos no mienten y nos dejan mal parados, pues en nuestro país el 63 por ciento de los niños (según Unicef) ha sufrido algún tipo de violencia, y entre el 45 % y el 60 % de los mayores de 60 años enfrenta la pobreza, según un informe del Banco Interamericano de Desarrollo de 2021.
En pocas palabras: golpeamos a nuestros hijos y el Estado tampoco crea las condiciones para proteger a los envejecientes. Entrar a la tercera edad (60 años en adelante) es una condena; la insuficiencia de los programas sociales se combina con el hecho de que el 85 por ciento no recibe una pensión.
Cuidar a quienes nos precedieron y a quienes nos sucederán no es un acto de caridad, es un deber de justicia moral. La verdadera medida de nuestro desarrollo no está en el crecimiento económico, sino en cómo protegemos a los más vulnerables.