Ulises F. Espaillat recibió póstumamente el más alto honor del Gobierno, por ser “uno de los hombres de nuestra historia mejor valorados, como modelo de moralidad y ética pública”. Ese criterio está basado mayormente en sus escritos de prensa, que firmaba como María. Si a Balaguer se le juzgara sólo por cuanto pensó, dijo y escribió, Espaillat queda como un enano ante el colosal estadista. Los hechos de Espaillat son tan difíciles de rebatir como sus femeniles afanes de periódico. En 1857, financió un golpe de Estado que ocasionó una guerra de casi dos años. La popularidad del Gobierno, presidido por Báez, impidió que los golpistas se impusieran. Trajeron de vuelta a Santana desde su exilio para que bombardeara la capital. Báez renunció para salvar la ciudad del bárbaro mercenario de los comerciantes de Santiago. Santana traicionó a sus empleadores, se alzó con el Gobierno y, para impedir que Báez volviese, anexó la república a España, apoyado por Espaillat. Al irle mal en sus negocios, caer en desgracia y enfermar Santana, Espaillat renegó su traición. Fue como tránsfuga hacia los restauradores inspirados por Santiago Rodríguez, líder militar y cerebro del Grito de Capotillo del 16 de agosto de 1963. Con sus asociados del comercio, cooptó al Gobierno restaurador. En su soberbia, rechazó el concurso de Duarte, padre de la Patria. Cuando el presidente Pepillo Salcedo sugirió a Báez como líder natural para reestablecer la república, en 1864 la cohorte de Espaillat mandó a un joven llamado Lilís, protegido de Luperón, a matar a Pepillo. Bonó horrorizado se retiró a Macorís. Asesinado Salcedo, los titiriteros encargaron del Poder Ejecutivo a los generales Polanco (analfabeto vesánico), Pimentel (abusador ineficaz), Monción y un exfuncionario inglés en Washington, Filomeno Rojas. Tras esas cuatro fallidas designaciones, José María Cabral y Pedro Guillermo tomaron control del Gobierno, vencieron a los españoles, restauraron la república y devolvieron al poder a Báez por la aclamación popular. Inconforme, Espaillat financió una formidable oposición por Luperón, Meriño y Heureaux. Fomentó una sangrienta violencia política y un gran declive económico. Tras 22 cambios de gobierno, Luperón dispuso que Espaillat fuese presidente en 1876. Duró sólo 157 días, tras demostrar su penosa ineptitud. Su corolario fue la dictadura de Lilís. Sus ideales virtudes de tinta merecen destacarse, pero sin olvidar sus hechos y las consecuencias. Igual que el romano Jano y como las monedas de oro que tanto amó, este “modelo de moralidad” tuvo dos caras…

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