Uno de mis libros favoritos es “La defensa nunca descansa” de F. Lee Bailey. Me fue muy útil en mi tesis universitaria en 1987 sobre el debido proceso. Lo que aprendí de Bailey es que el abogado defensor, contrario al juez, es parcializado con su representado y se supone que se comporte como tal y no como San Martin de Porres. Por eso el defensor es el mejor amigo de su defendido porque lo defiende, aunque no crea en él, yendo al proceso penal, parafraseando a Cantinflas, como lo que es, es decir, como abogado y no como caballero. 

Para el abogado defensor, como dice Pablo de Lora, “incluso el ser humano más abyecto puede tener una pretensión legítima”. Lo confirma Andrés Rosler, citando a Guillermo Durando, cuando sostiene que “incluso al diablo, si está en juicio, no se le negará la defensa”. Lamentablemente, cuando se tiene a un juez, al fiscal, a la víctima, a las redes sociales y a la prensa como acusadores, necesitamos realmente a Dios como abogado. 

Y es que hoy los medios de comunicación son aliados de la persecución penal, convirtiéndose en un actor fáctico del sistema penal, que planifica y ejecuta los juicios paralelos y mediáticos, a partir de un guion prefabricado y estandarizado, en donde solo cambian nombres de protagonistas y “malos” de la película, para disfrute de un auditorio morboso, implacable e iracundo, que se vuelve también actor fundamental por la vía de las redes sociales, patíbulo en donde honras, imágenes y reputaciones caen por los suelos gracias a un post o un podcast viralizado en segundos. 

Esto se agrava con el llamado “lawfare” que “no siempre se ve como persecución. A veces se ve como expediente, audiencia, fiscal, juez, filtración, titular, multa, citación, acusación y rueda de prensa. Todo parece legal. Todo tiene sello oficial. Todo se presenta como defensa de la institucionalidad. Pero si el peso del sistema cae siempre hacia un lado y con sorprendente delicadeza hacia el otro, el ciudadano empieza a sospechar que la justicia ha dejado de ser venda y balanza para convertirse en instrumento” (Ronald Glass). 

Me alegra ver hoy cada día más gente convencida de la necesidad de abogar por justos procesos y respeto de los derechos. Aquí lo crucial es que los ciudadanos defiendan sus derechos y los de los demás, ya que sólo así la Constitución y los derechos que consagra se volverán realmente vividos y vivientes, en la medida en que se estrecha la brecha entre el ser y el deber ser y la norma se vuelva normalidad y no excepción.  

Pero no olvidemos que hay que blindar la hegemonía jurídica y cultural del debido proceso para que, bajo eventuales y futuras renovadas olas de populismo penal y furia punitiva, los perseguidos de hoy no se transformen en los perseguidores de mañana, pues, como bien explica Otto Kirchheimer, con una previa “campaña sistemática de difamación”, para “una nueva élite, llegada al poder gracias a los ataques virulentos contra la integridad de sus predecesores, podría resultar provechoso investigar los archivos de los vencidos y desenterrar suficiente suciedad para arrastrar a los hombres del régimen depuesto a la sala del tribunal”. Estemos claros: la defensa del Estado de derecho y de los derechos nunca descansa.