Es mucho lo que se ha escrito en las últimas dos semanas sobre la primera encíclica del papa León XIV, titulada Magnifica humanitas, la cual versa sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Podría pensarse que se ha dicho todo lo que podía decirse sobre este documento, que ha generado una inusual atención alrededor del mundo. No obstante, cada lectura de esta encíclica permite descubrir algo nuevo que arroja luz sobre cuestiones vitales para las personas y la sociedad en general.

            El papa León XIV tuvo el tino de construir los argumentos de esta encíclica sobre la base de muchas de las anteriores encíclicas, comenzando con, pero no limitándose a, la Rerum novarum del papa León XIII, adoptada el 5 de mayo de 1991, la cual fue el texto seminal de la Doctrina Social de la Iglesia al abordar la problemática social de los obreros en el contexto de la expansiva revolución industrial. Publicada también un 5 de mayo, pero ciento treinta y cinco años después, la carta encíclica de León XIV redimensionó la Doctrina Social de la Iglesia al plantear críticas serias y bien construidas a una nueva revolución tecnológica que gira en torno al desarrollo de la inteligencia artificial, que amenaza con sustituir o achicar al máximo la inteligencia humana.

            Dos ideas distintivas del pensamiento católico sobresalen en las preocupaciones del papa León XIV sobre este nuevo fenómeno: la dignidad humana y el bien común. A él le preocupa que, en la carrera precipitada por alcanzar las formas más sofisticadas de inteligencia artificial, estos dos pilares terminen siendo severamente socavados. No es que el papa esté en contra de la inteligencia artificial y pretenda echar hacia atrás las ruedas de la historia; lejos de eso. Lo que sí plantea, sin embargo, es la necesidad de un contrapeso ético, político, social y normativo que ponga límites a esta revolución tecnológica o la encauce de una manera que sea compatible con la dignidad de las personas y el bien colectivo.

            Aquí entra en juego la cuestión del poder como preocupación central del papa León XIV, lo que le otorga a su primera encíclica una dimensión política de alto nivel. ¿Cuál es su temor? La respuesta es clara: la concentración del poder tecnológico en un pequeño grupo de “tecno-oligarcas” (el papa no usa este término, aunque muy bien pudo hacerlo), que moldeen a los demás según sus intereses, sus deseos y su voluntad, sin un contrapeso efectivo por parte del resto de la sociedad. Le preocupa la concentración del poder, de cualquier tipo, y lo dice con palabras que parecen surgir de un gran filósofo político.

Refiriéndose al contexto de la revolución digital, dice lo siguiente: “Aquí, el nivel superior no es el Estado, sino todo gran actor económico y tecnológico que ejerce un poder fáctico sobre las condiciones de la vida común. El nivel que absorbe competencias, datos y capacidad decisional está constituido por empresas y plataformas, que definen condiciones de acceso, reglas de visibilidad, formas de relación e incluso oportunidades económicas. La subsidiariedad requiere que dichos procesos no se impongan desde lo alto de modo opaco y unilateral, sino que estén orientados al bien común mediante la transparencia, la responsabilidad y formas reales de participación (auditorías independientes, transparencia en los algoritmos, acceso equitativo a los datos, herramientas de apelación)”.

Insiste con fuerza en esta idea: “…en muchos casos, en el contexto digital, el control de las plataformas, las infraestructuras, los datos y la capacidad de cálculo no es prerrogativa de los estados, sino de grandes actores económicos y tecnológicos que, de hecho, determinan las condiciones de acceso, las reglas de visibilidad y las mismas posibilidades de participación. Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades”.

Lo que el papa desea es que se generen los mecanismos de frenos y contrapesos en el campo tecnológico, porque percibe con gran lucidez los efectos nocivos de la concentración de poder en un reducido grupo de personas o empresas. Dice así: “El poder técnico, si no se equilibra, no nos hace más capaces; nos aísla y nos expone aún más a lógicas de dominio y de exclusión. No se trata, ciertamente, de oponerse a la inteligencia, sino de recordar que, cuando se repliega en sí misma, olvida que ha sido hecha para servir a la vida y a la persona humana”.

Como puede verse, en el centro de la preocupación del papa León XIV en su encíclica Magnifica humanitas sobre la inteligencia artificial está la cuestión del poder. En este caso, un poder tecnológico concentrado en pocas manos, sin los necesarios equilibrios, contrapesos, escrutinios y regulaciones que hagan posible que esta nueva maravilla tecnológica no atente contra la dignidad humana y el bien común.

La intervención del Santo Padre no pudo ser más oportuna y efectiva. Se colocó en un plano superior a cualquier jefe de Estado en cuanto a pensamiento y liderazgo. Y situó a la Iglesia católica en el centro del debate público internacional, con ideas frescas, relevantes y cuestionadoras.

Con su estilo sereno y su tono suave, el papa León XIV ha demostrado de nuevo que tiene la fortaleza de carácter para defender principios del pensamiento católico ante situaciones políticamente complejas, como quedó de manifiesto con su postura sobre la guerra en Irán y el trato dado a los inmigrantes en Estados Unidos. Esta vez lo hizo para llamar la atención sobre el excesivo poder de un grupo reducido de empresas e individuos que controlan el poder tecnológico y que, si son dejados a su libre albedrío con el control “opaco y unilateral” de la inteligencia artificial, podrían llevarnos por caminos que conduzcan a la degradación de la condición humana.