Hay serendipias y diocidencias maravillosas que reivindican la importancia de la prensa y las redes sociales, donde entre tanta basura y disparates uno encuentra joyas dignas de meditarse y elogiarse. Con una diferencia de horas, leí un sesudo artículo de la erudita escritora y doctora Ofelia Berrido en Areito y luego un post de Elon Musk, sin aparente conexión. El controvertido y genial Musk refirió que el estrecho de Ormuz -que yo creía que fue bautizado así por cruzados españoles- fue nombrado para honrar a la deidad Ahura Mazda, precursora del monoteísmo en el Levante como figura central del mazdeísmo (o el zoroastrismo), religiones desde las cuales evolucionó el judaísmo, su sucesor el cristianismo y el posterior islam. Los persas, gentilicio antiquísimo de la gente de Irán, cuyo control de ese paso marino tiene al mundo y a Trump cogidos por el pichirrí en el contexto de su guerra, históricamente valoran sus raíces seculares muy anteriores a la religión musulmana y la cultura árabe. Los iraníes, gobernados hoy por una teocracia dictatorial, no son árabes, semitas ni sunitas, sino arianos, persas y shiítas. Esas diferencias lucen ser insuperables, más aún entre Irán e Israel y Estados Unidos. Entonces doña Ofelia gentilmente me recuerda “la arquitectura cósmica del ser humano”, que nuestro cuerpo es “un sistema dinámico que organiza los elementos químicos originados en el Universo, concentrando el 99% de su masa corporal en solo seis componentes esenciales cuya estabilidad es crítica para la vida”. Y digo, los gusanos se ceban igual en un cadáver iraní, judío, árabe, gringo o caribeño. Concluye la doctora Berrido: “más allá de la perspectiva filosófica o espiritual desde la cual se examine [la vida], la materia y la energía que nos componen sostienen una verdad ineludible: somos el universo mismo manifestado en un instante de maravillosa auto consciencia”. ¡Tan poca y breve cosa que somos y tan enormes líos que armamos!

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