No fue hoy. No fue ayer. No fue después de que la rivalidad entre China y los Estados Unidos se convirtiera en el principal tema de discusión en las cancillerías del mundo.
La pregunta fue formulada hace ocho años, cuando todavía muchos creían que las tensiones entre Washington y Pekín eran una simple disputa comercial destinada a resolverse mediante negociaciones arancelarias.
El 10 de julio de 2018 publiqué en Listín Diario un artículo titulado Interrogante en la diplomacia mundial.
Allí, después de reflexionar sobre la historia de supervivencia de la República Dominicana frente a las grandes crisis internacionales, planteé una cuestión que entonces parecía prematura, pero que el tiempo se encargó de convertir en una de las preguntas fundamentales de nuestro tiempo.
La formulé de manera sencilla y directa:
“Alineados… o neutrales… ¿en qué posición quedamos los dominicanos en la guerra comercial con todas sus consecuencias que se inicia entre China y los Estados Unidos de América?”
La pregunta quedó escrita cuando la llamada guerra comercial apenas comenzaba.
No existía todavía la explosión de la inteligencia artificial.
No se hablaba de una carrera mundial por los semiconductores.
No habían aparecido las restricciones tecnológicas que hoy separan a las dos mayores economías del planeta.
Tampoco se había iniciado la profunda reorganización de las cadenas internacionales de suministro que observamos actualmente.
Sin embargo, ya era evidente que detrás de los aranceles se estaba incubando algo mucho más grande: una lucha por el liderazgo del siglo XXI.
En 2018 la interrogante estaba abierta.
En 2026 la realidad ha comenzado a responderla.
Durante buena parte del siglo XX los latinoamericanos aprendimos a observar el mundo mirando casi exclusivamente hacia Occidente.
Europa primero y los Estados Unidos después se convirtieron en los principales puntos de referencia de nuestras aspiraciones económicas, políticas y culturales.
Las noticias importantes venían de Washington, Nueva York, Londres, París o Roma.
Las crisis financieras nacían allí, las guerras decisivas se libraban allí y las grandes ideas que influían sobre nuestras sociedades también llegaban desde aquellas latitudes.
China aparecía apenas como una realidad distante, enorme y misteriosa, habitada por cientos de millones de personas, pero aparentemente separada de los acontecimientos cotidianos que determinaban la vida de América Latina.
Sin embargo, la historia tiene la costumbre de desplazarse silenciosamente hasta que un día descubrimos que el centro de gravedad del mundo ya no está donde creíamos.
La transformación china constituye probablemente el fenómeno económico más importante de los últimos cien años.
Ningún país de dimensiones continentales había experimentado una modernización tan acelerada, tan profunda y tan sostenida durante un período tan prolongado.
Lo que durante décadas fue una nación marcada por la pobreza, las guerras civiles, las invasiones extranjeras y los experimentos ideológicos radicales terminó convirtiéndose en una potencia industrial, tecnológica, financiera y comercial cuya influencia alcanza prácticamente todos los rincones del planeta.
El ascenso chino no puede explicarse únicamente por la abundancia de mano de obra ni por la magnitud de su mercado interno.
Detrás de ese proceso existe una combinación de disciplina estatal, planificación estratégica, estabilidad institucional, inversión masiva en educación, infraestructura y tecnología, además de una visión nacional de largo plazo que pocas sociedades contemporáneas han logrado mantener con semejante coherencia.
Durante años muchos observadores occidentales pensaron que el crecimiento económico conduciría inevitablemente a China hacia una copia del modelo político europeo o norteamericano.
La realidad demostró algo diferente. Pekín siguió una ruta propia. Incorporó mecanismos de mercado, estimuló la inversión privada y desarrolló gigantes empresariales capaces de competir globalmente, pero sin abandonar la dirección estratégica del Estado.
Mientras algunos anunciaban su colapso inminente, China continuó creciendo.
Mientras otros proclamaban que sustituiría rápidamente a los Estados Unidos como potencia dominante, el liderazgo chino avanzó con mayor prudencia, evitando muchos de los triunfalismos que caracterizaron a otras potencias emergentes de la historia.
Pero el éxito chino produjo una consecuencia inesperada.
Cuanto más fuerte se volvió China, más preocupados comenzaron a sentirse Estados Unidos y Europa.
La dependencia de minerales estratégicos, semiconductores, baterías, productos farmacéuticos y cadenas logísticas enteras empezó a percibirse como una vulnerabilidad geopolítica.
La pandemia aceleró esa percepción. Posteriormente llegaron las restricciones tecnológicas, la competencia en inteligencia artificial, las tensiones alrededor de Taiwán y las disputas por el control de tecnologías avanzadas.
Lo que comenzó como una guerra comercial se transformó en una competencia estratégica global.
Estados Unidos procura preservar el liderazgo internacional que ha ejercido desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
China busca consolidar el ascenso económico, tecnológico y político que la ha convertido en una potencia de dimensión planetaria.
Ambas naciones compiten en inteligencia artificial, computación avanzada, energía, telecomunicaciones, exploración espacial, comercio, finanzas y seguridad.
La economía y la geopolítica han vuelto a fundirse.
En este contexto resulta especialmente revelador observar una noticia reciente.
China Se Amuralla
Según informó Alexandra Stevenson en The New York Times el 6 de junio de 2026, China ha adoptado nuevas regulaciones que someten a revisión de seguridad nacional las inversiones realizadas por empresas chinas en el extranjero, ampliando el control estatal sobre la salida de capitales, tecnología, empresas y conocimientos estratégicos.
Al mismo tiempo, Pekín ha establecido mecanismos para impedir que determinadas cadenas de suministro abandonen el país.
La señal es inequívoca: China está construyendo murallas alrededor de su economía.
La paradoja resulta notable. El país que simbolizó durante cuatro décadas el éxito de la globalización comienza ahora a protegerse de ella.
La nación que se benefició de la libre circulación de inversiones, tecnologías y mercados considera necesario restringir parcialmente esos mismos flujos para preservar sus ventajas estratégicas.
Estados Unidos Acciona
Al mismo tiempo, Estados Unidos subsidia industrias consideradas esenciales, restringe exportaciones tecnológicas sensibles y fortalece controles sobre inversiones vinculadas a sectores estratégicos. Europa desarrolla mecanismos semejantes.
Cada bloque levanta sus propias defensas.
La globalización no ha desaparecido. Los barcos continúan cruzando los océanos. Las mercancías siguen moviéndose. Las inversiones internacionales permanecen activas. Pero el espíritu de la época ha cambiado profundamente.
Las mercancías viajan ahora acompañadas por preocupaciones relacionadas con inteligencia artificial, ciberseguridad, espionaje industrial, soberanía tecnológica y seguridad nacional.
Por esa razón, el choque entre China y Occidente no constituye una nueva Guerra Fría en el sentido clásico.
Las diferencias con la confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética son enormes.
Washington y Pekín compiten intensamente, pero también dependen mutuamente.
Sus economías permanecen profundamente interconectadas. Millones de empleos, inversiones, cadenas productivas y mercados dependen simultáneamente de ambas potencias.
Precisamente por esa interdependencia resulta improbable una ruptura total.
Lo más probable es una fragmentación parcial del sistema internacional: bloques económicos más protegidos, cadenas de suministro diversificadas, controles tecnológicos más estrictos y una competencia estratégica permanente.
La República Dominicana
¿Y dónde queda la República Dominicana en medio de esta realidad?
Eso ya preguntaba yo en mi artículo del 2018 en el Listin.
Aquí aparece la respuesta que comenzó a emerger entre 2018 y 2026.
La República Dominicana no puede ser neutral frente a sus intereses nacionales, aunque tampoco debe convertirse en instrumento de intereses ajenos.
Nuestra geografía, nuestra historia y nuestra realidad económica establecen una verdad imposible de ignorar.
Los Estados Unidos constituyen nuestro principal socio económico, el principal destino de nuestras exportaciones, el lugar donde reside la mayor comunidad dominicana en el exterior y la nación con la cual mantenemos los vínculos humanos más intensos.
Millones de dominicanos viven, trabajan, estudian o tienen familiares en territorio estadounidense.
Esa realidad no es ideológica.
Es objetiva.
Pero reconocer esa realidad tampoco significa cerrar las puertas al resto del mundo.
La República Dominicana necesita relaciones económicas, comerciales, culturales y tecnológicas con todas las naciones dispuestas a cooperar respetando nuestra soberanía.
China forma parte de esa realidad internacional y continuará siendo uno de los grandes centros económicos del planeta durante las próximas décadas.
Por ello, la respuesta de 2026 a la pregunta formulada en 2018 no es el alineamiento ciego ni la neutralidad pasiva.
Es algo más complejo y más inteligente: amistad soberana con los Estados Unidos; relaciones constructivas con China; cooperación abierta con Europa, América Latina, Asia y África; defensa permanente de los intereses nacionales dominicanos; y rechazo a cualquier intento de convertir al país en pieza subordinada de una confrontación entre grandes potencias.
La historia dominicana enseña precisamente eso.
Desde la Independencia Nacional de 1844, pasando por la Guerra Restauradora, las ocupaciones militares extranjeras, las dos guerras mundiales y las tensiones de la Guerra Fría, el pueblo dominicano ha sobrevivido porque supo distinguir entre las simpatías ideológicas pasajeras y los intereses permanentes de la Nación.
Aquella reflexión publicada en Listín Diario el 10 de julio de 2018 no fue un ejercicio de futurología.
Fue una advertencia sobre una transformación que apenas comenzaba.
Ocho años después, los acontecimientos han confirmado que el mundo efectivamente entró en una nueva etapa histórica.
La pregunta era correcta.
Y la respuesta de 2026 parece cada vez más clara.
La República Dominicana debe ser amiga de todos los pueblos, mantener una relación estratégica privilegiada con los Estados Unidos, desarrollar vínculos constructivos con China y con las demás potencias, y no renunciar jamás a la defensa de su soberanía, de su territorio, de su identidad nacional y de sus intereses permanentes.
Porque las naciones pequeñas no sobreviven escogiendo amos.
Sobreviven defendiendo con inteligencia su libertad.
Fuentes: Víctor Manuel Grimaldi Céspedes, Interrogante en la diplomacia mundial, Listín Diario, 10 de julio de 2018; Alexandra Stevenson, China levanta murallas alrededor de su economía, The New York Times en Español, 6 de junio de 2026; documentos y declaraciones oficiales de los gobiernos de China y Estados Unidos sobre comercio, tecnología, seguridad nacional e inversiones estratégicas durante el período 2018-2026.