Hay una verdad que los grandes discursos sobre gobernabilidad suelen ignorar.

Los ciudadanos no miden el Estado por sus reformas estructurales, sino por lo que ven cuando salen a la calle. Y lo que ven hoy no habla bien de nadie.

Ven el invierno atascado de plásticos que nadie recogió, una acera partida que convierte el simple acto de caminar en una apuesta, un hoyo en el asfalto que ya tiene nombre propio porque lleva meses en el barrio, un semáforo que nadie sincronizó nunca y una señal que apunta a ningún lado, basura enredada entre las hierbas que crecen donde debería existir orden.

¿Cuánto cuesta tapar un hoyo, limpiar una calle, encender una farola o reparar un contén? Mucho menos de lo que cuesta el discurso que promete hacerlo.

Lo que distingue a los Estados que funcionan no son solo sus grandes instituciones, sino sus pequeños actos sostenidos: el semáforo que responde, el agente que multa, el camión que recoge, la acera que no pone en riesgo al peatón. Son señales no de riqueza, sino de intención.

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Y cuando el ciudadano las ve, ocurre algo poderoso: empieza a creer que alguien está al frente. El orden visible crea orden social. La desidia visible produce exactamente lo contrario.

¿Cuándo decidimos que limpiar la calle era un lujo y no una obligación?