Leí La comunicación humana de José Luis López Aranguren cuando tenía dieciocho años de edad.
Era un libro de Guadarrama, pero también aquí llegaban libros de Fontanella, Z y otras editoriales españolas que se adquirían en algunas de las diez librerías de la calle Arzobispo Nouel.
Hoy, en esa calle de Santo Domingo, acaso queda una sola librería, y en el país antes había librerías por todas partes.
Hemos retrocedido, pues el cuento de los libros en internet o electrónicos ha terminado produciendo hasta ministros analfabetos que se las dan de modernos.
El libro es un conjunto de hojas de papel y punto; un compendio de cultura.
Por eso ahora recuerdo el año 1968.
Eran tiempos de descubrimientos intelectuales, de lecturas apasionadas y de preguntas que parecían no tener respuesta definitiva.
Yo comenzaba a adentrarme en el periodismo, la sociología, la filosofía y la historia. Entre los libros que marcaron aquella etapa hubo uno que conservé siempre en mi biblioteca:
La comunicación humana.
Más de medio siglo después, todavía vuelvo a sus páginas. He citado ese libro recientemente en comentarios de mi canal de YouTube Con Víctor Grimaldi, porque pocas obras que leí en mi juventud me parecen hoy tan actuales como aquella.
José Luis López Aranguren, nacido en Ávila en 1909, fue uno de los filósofos españoles más influyentes del siglo XX.
Profesor de Ética en la Universidad Complutense de Madrid, pensador cristiano, intelectual independiente y observador crítico de la modernidad, dedicó gran parte de su vida a reflexionar sobre los riesgos de una civilización que avanzaba aceleradamente en el terreno técnico mientras corría el peligro de empobrecerse en el plano humano.
Lo extraordinario es que Aranguren formuló esas advertencias mucho antes de internet, de los teléfonos inteligentes, de las redes sociales y de la inteligencia artificial.
Ya entonces observaba cómo la técnica amenazaba con sustituir la comunicación auténtica entre las personas por mecanismos cada vez más sofisticados y cada vez menos humanos.
Temía una sociedad capaz de producir más información que nunca, pero incapaz de responder a las preguntas fundamentales sobre el sentido de la existencia.
Aranguren no estaba solo en esas preocupaciones.
Décadas antes, Henri Bergson había advertido un problema semejante. El progreso técnico, decía, puede multiplicar el poder material de una sociedad sin responder por ello a las necesidades más profundas del espíritu humano.
La inteligencia sirve para fabricar instrumentos y organizar la producción, pero la vida humana exige también sentido, esperanza y apertura a la trascendencia.
Cuando una civilización olvida esa dimensión, corre el riesgo de poseer cada vez más medios y cada vez menos fines.
Vista desde nuestro tiempo, dominado por la inteligencia artificial y la hiperconectividad, aquella advertencia de Bergson parece extraordinariamente actual.
Las reflexiones de Aranguren dialogan también con las del psicólogo y sacerdote francés Ignace Lepp, otro autor muy leído en los ambientes intelectuales católicos de los años sesenta.
Lepp observaba que las sociedades modernas podían alcanzar niveles inéditos de bienestar material y, sin embargo, seguir padeciendo profundas crisis de sentido.
La soledad, la ansiedad, la pérdida de vínculos humanos y la sensación de vacío no desaparecen por el simple aumento del consumo o de la prosperidad económica.
El hombre moderno, sostenía, continúa necesitando amor, comunidad, esperanza y una razón para vivir que trascienda la satisfacción inmediata de sus deseos.
Mi relación con España tampoco ha sido únicamente la de lector. La conocí personalmente en 1980, cuando la democracia española todavía consolidaba sus instituciones después de la Transición.
Volví en 1988 y en 1989, en una etapa de profundas transformaciones económicas y culturales.
Más tarde, desde 2005 y sobre todo a partir de 2009, cuando ejercí funciones diplomáticas en Roma como Embajador de la República Dominicana ante la Santa Sede, Grecia y la Soberana Orden de Malta, atravesé innumerables veces los aeropuertos españoles camino de Italia o de regreso al Caribe.
Recuerdo también mi paso por Madrid en julio de 2012 acompañando al presidente Leonel Fernández durante una breve estadía antes de continuar viaje hacia Roma.
Durante más de cuatro décadas observé una España cada vez más moderna, más próspera y más integrada en Europa.
Pero también percibí algo que muchos análisis políticos no alcanzaban a explicar: bajo los cambios visibles continuaba latiendo una memoria histórica, cultural y espiritual mucho más profunda que las circunstancias de cada gobierno o de cada época.
Quizás por eso las imágenes de Junio de 2026 que han acompañado a León XIV no me sorprenden tanto como a otros observadores.
Al contemplar los estadios repletos y las multitudes que han acudido a escucharlo en España, no puedo evitar recordar aquellas reflexiones de Aranguren, Bergson y Lepp.
Muchos comentaristas buscan explicaciones políticas.
Otros recurren a interpretaciones sociológicas.
Algunos hablan de fenómenos mediáticos.
Sin embargo, todas esas explicaciones resultan insuficientes. Lo que está ocurriendo parece tener raíces más profundas.
Con motivo de esta visita papal de 2026 a España leí una reflexión del escritor español Miguel Aranguren.
Observaba las enormes concentraciones de personas reunidas alrededor de León XIV y terminaba reconociendo que le resultaba difícil explicar racionalmente semejante fenómeno.
Su desconcierto era sincero. Y precisamente por eso resultaba tan revelador.
Porque quizás lo que hemos visto no sea simplemente el éxito de un pontífice.
Tal vez estemos asistiendo al redescubrimiento de algo que permanecía oculto bajo la superficie de la vida española contemporánea.
Para comprenderlo conviene recordar otro episodio.
En agosto de 2011, Madrid acogió la Jornada Mundial de la Juventud presidida por Benedicto XVI.
Durante varios días, centenares de miles de jóvenes provenientes de todos los continentes llenaron calles, plazas, avenidas y aeródromos.
Las imágenes dieron la vuelta al mundo. La vigilia celebrada en Cuatro Vientos reunió una multitud impresionante. Una tormenta repentina interrumpió momentáneamente la ceremonia.
El viento azotó las instalaciones. La lluvia cayó con intensidad.
Sin embargo, nadie se marchó. Cientos de miles de jóvenes permanecieron allí acompañando al Papa alemán bajo la tormenta.
Yo no estuve en Madrid durante aquella Jornada Mundial de la Juventud. Tres de mis hijas sí participaron en aquel acontecimiento histórico.
Yo me encontraba desempeñando mis funciones diplomáticas en Roma.
Pero seguí aquellos acontecimientos con enorme atención.
Las imágenes de aquellos jóvenes desafiando la lluvia y el viento para permanecer junto a Benedicto XVI me impresionaron profundamente.
Recuerdo perfectamente cómo muchos observadores interpretaron entonces aquellos hechos.
Según ellos, se trataba de una manifestación emocional pasajera.
Una especie de despedida nostálgica de una tradición destinada a desaparecer en una Europa cada vez más secularizada.
Quince años después, la realidad parece haber desmentido aquellas predicciones.
Las multitudes que han acompañado a León XIV sugieren que aquella interpretación fue superficial.
Lo ocurrido en Madrid en 2011 no fue el final de una historia. Quizás fue una señal temprana de una realidad mucho más profunda.
Porque España no es solamente una estructura política o administrativa.
Tampoco es únicamente una economía moderna integrada en la Unión Europea.
España es también una civilización.
Es la tierra de Santa Teresa de Jesús, de San Juan de la Cruz, de Ignacio de Loyola, de Francisco de Vitoria, de Miguel de Unamuno y del propio José Luis Aranguren.
Es una nación cuya historia, durante siglos, estuvo vinculada a una determinada visión de la persona humana, de la libertad, de la dignidad y de la trascendencia.
Durante décadas, numerosos sectores políticos e intelectuales consideraron que esa herencia terminaría desapareciendo.
Se creyó que la modernización económica y cultural conduciría inevitablemente a la sustitución de las viejas referencias religiosas por nuevas formas de identidad más acordes con la sensibilidad contemporánea.
Los gobiernos de Felipe González, José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez impulsaron profundas transformaciones en la sociedad española.
Sus defensores las presentan como avances necesarios de la modernización democrática.
Sus críticos sostienen que contribuyeron al debilitamiento de algunas de las referencias históricas y culturales que habían dado cohesión a la nación española durante siglos.
Mucho embrutecimiento acumulado por el materialismo y por un consumismo despiadado también está encontrando una respuesta.
Más allá de las legítimas controversias políticas, los acontecimientos actuales parecen poner de manifiesto una realidad histórica elemental: las raíces espirituales de un pueblo no desaparecen porque cambien los gobiernos ni porque se transformen las leyes.
Las instituciones pueden modificarse.
Los programas educativos pueden reformarse.
Las modas culturales pueden sucederse unas a otras.
Pero las memorias profundas de las civilizaciones siguen ritmos mucho más lentos.
Quizás eso sea precisamente lo que tantos españoles están redescubriendo hoy.
No están redescubriendo una ideología.
No están redescubriendo un partido político.
No están redescubriendo un programa electoral.
Están redescubriendo una tradición espiritual e intelectual que forma parte de la historia misma de España.
Y esa es probablemente una de las razones del entusiasmo que despierta León XIV.
Porque para muchos españoles representa algo que va más allá de la Iglesia institucional.
Representa una continuidad histórica.
Representa una visión de la persona humana que no se reduce al consumo, a la tecnología ni a la utilidad económica.
Representa la convicción de que el ser humano necesita verdad, comunidad, esperanza y trascendencia.
Exactamente las mismas preocupaciones que Aranguren formulaba hace más de medio siglo cuando advertía contra la deshumanización de una sociedad que empezaba a ser excesivamente dominada por la técnica.
Las mismas inquietudes que Bergson identificó cuando observó que una civilización puede multiplicar sus medios materiales mientras pierde de vista sus fines espirituales.
Y las mismas conclusiones a las que llegó Ignace Lepp cuando comprobó que la abundancia material no basta para llenar el vacío existencial del ser humano.
Resulta irónico que esas ideas parezcan hoy más actuales que nunca.
Mientras la inteligencia artificial transforma profesiones enteras y modifica nuestra relación con el conocimiento, millones de personas continúan buscando respuestas a preguntas que ninguna máquina puede resolver.
¿Quiénes somos?
¿Para qué vivimos?
¿Qué significa la dignidad humana?
¿Existe algo más allá del bienestar material?
Son preguntas antiguas. Tan antiguas como la civilización misma.
Bergson habría dicho que, junto a la inteligencia que organiza el mundo material, existe una energía espiritual que mantiene vivas a las civilizaciones.
Aranguren habría recordado que la comunicación auténticamente humana no puede reducirse a simples mecanismos técnicos.
Lepp habría insistido en que el hombre necesita razones para vivir que vayan más allá de la satisfacción inmediata de sus deseos.
Y quizás por eso las imágenes de León XIV conmueven a tantos españoles.
Porque detrás de la figura del Papa descubren algo que creían olvidado y que, sin embargo, seguía vivo en lo más profundo de la memoria colectiva.
Algo que sobrevivió a los cambios políticos, a las modas ideológicas, a las crisis económicas y a las revoluciones tecnológicas.
Algo que José Luis Aranguren comprendió hace décadas.
Algo que Bergson y Lepp también vislumbraron desde perspectivas distintas.
Y algo que ni los gobiernos ni las corrientes intelectuales de una época han conseguido borrar ni podrán borrar jamás completamente.
El alma de España.