Aunque hay sobradas razones para lamentarnos de numerosas cosas que están mal en nuestro país, y de que muchas de ellas se hayan dejado arrastrar por años por las autoridades no querer enfrentar los problemas con responsabilidad y asumir los costos, también existen otras que deberían hacernos valorar lo bueno que tenemos y enfocarnos en mejorarlo, emulando buenas prácticas de sociedades más avanzadas, sin concentrarnos únicamente en ver todo lo malo, teniendo la apertura necesaria para no solo apreciar lo bueno que tienen otros países, sino también para leer las señales de alerta de sus errores y aprender las lecciones.
Basta con seguir lo que acontece en el mundo y en nuestra región para comprender la importancia de mantener una sociedad que no esté radicalmente dividida, en la que a pesar de las diferencias se pueda mantener el diálogo, y de no sufrir los embates de los extremos, que en un movimiento pendular van de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, sin resolver los problemas ni unos ni otros, pero ahondando las diferencias y menguando las posibilidades de comprensión.
Por eso debemos no solo valorar que como país hayamos podido mantenernos cercanos al centro sin que haya diferencias sustanciales en las políticas públicas de los gobiernos que se han sucedido en las últimas décadas, sino también tener la capacidad de trabajar para que eso pueda mantenerse, y alejar la polarización que tanto ha afectado en otros países, y evitar vuelcos hacia extremos contraproducentes sean del lado que sean, que dejan sin opciones racionales al electorado.
Latinoamérica ha tenido una historia marcada por líderes mesiánicos que demagógicamente han prometido cambiar los males de sus pueblos, los que en muchos casos solo los han profundizado, y a pesar del mito de la revolución cubana que encendió la llama de la conciencia social en generaciones y erigió a Fidel Castro a figura admirada mundialmente, a la postre el fracaso de esta y sus terribles consecuencias para el pueblo cubano, y el penoso resultado de su fallida réplica la revolución bolivariana del siglo XXI en Venezuela, y de la total desnaturalización del sandinismo en Nicaragua convertido en una cruel dictadura por Daniel Ortega; debería hacernos aprender la lección de que el desarrollo de nuestras sociedades depende más de la racionalidad que tengan nuestros gobiernos y de la sana interacción entre el sector público y el privado, que de discursos grandilocuentes y divisores, y de medidas disruptivas del orden económico.
Es cierto que los gobiernos deben tener la responsabilidad y la firmeza para impulsar las acciones necesarias para el bienestar general, pero también es importante que tengan la templanza para saber escoger los momentos apropiados y la sabiduría para saber escuchar distinguiendo la verdad de la mentira, lo justo de lo injusto. Por eso, por más defectuosa que parezca nuestra democracia, por más que resintamos que las autoridades no cumplan con su rol de hacer cumplir la ley, jamás debemos aspirar a que el orden y las soluciones provengan de la negación de derechos ciudadanos y del ejercicio autocrático del poder. Lo que sí todos debemos reclamar es que el orden sea el resultado de la aplicación rigurosa y equitativa de la ley que es dura, pero es la ley, porque las “manos duras” que a pesar de nuestra historia algunos extrañan, son las mismas que abusan derechos, destilan sangre por crímenes cometidos y amasan recursos públicos para su propio beneficio y el de sus adláteres.
Cuidemos lo que tenemos, y la mejor manera de hacerlo es evitando cometer los errores que en otras latitudes trajeron esos extremos. Los ciudadanos tenemos que reclamar y vigilar, pero también asumir la cuota que nos corresponde para que las cosas se hagan por el bien común, incluso cuando significa que cedamos algo para preservar algo mayor, y la clase política debe comprender que si bien los partidos son indispensables para la democracia, la racionalidad de su costo y la transparencia de su manejo es la mejor vacuna contra los candidatos sorpresa populistas que aunque prometen romper con todo lo malo para supuestamente convertirlo en bueno, convenciendo así a muchos, terminan quebrantando la ley, las instituciones, los derechos, el entendimiento y la razón, provocando un mal mayor.
