Esta columna vuelve a abordar aspectos del pensamiento del papa León XIV porque encuentra en él ideas frescas y retadoras que formula desde un plano de reflexión al que ningún otro líder político o religioso llega siquiera a acercarse. En medio de los discursos agresivos, excluyentes y en ocasiones grotescos de muchos líderes alrededor del mundo, escuchar los mensajes del Santo Padre constituye una experiencia enriquecedora que eleva la mirada y amplía la perspectiva, pero sin una desconexión con los problemas concretos de la sociedad.

El discurso esta semana del papa León XIV en el Congreso de los Diputados en España en una sesión conjunta de las Cortes Generales es una pieza ejemplar, con visión histórica, profundidad filosófica y rigor intelectual. Como anclaje de sus ideas ante los legisladores españoles usó la tradición intelectual que se formó en la Universidad de Salamanca siglos atrás. Dijo así: “Desde España, la reflexión de la Escuela de Salamanca —y de manera particular fray Francisco de Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas— contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Ese anhelo sigue hablando también hoy: que la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional.” Esto significa que cada persona -sin exclusión- está dotada de una dignidad intrínseca que la convierte en sujeto de derechos y obligaciones.

            Sin renunciar a su papel como líder religioso, además de su condición de jefe de Estado, León XIV planteó, como señal de su comprensión plena de la vida democrática, una idea muy liberal de la relación entre el Estado y la Iglesia. Dice así: “La Iglesia camina con la humanidad, comparte sus esperanzas y sus heridas, escucha los interrogantes de cada época y se deja interpelar por todo lo que concierne a la existencia de los hombres y las mujeres de hoy. Por eso, cuando se dirige a la vida pública, lo hace respetando la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar. Reconoce la autonomía de las realidades terrenas y la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política; y, precisamente desde esa conciencia, aporta una reflexión nacida del deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia”.

            Thomas Jefferson usó la metáfora de una pared que está llamada a separar la Iglesia y el Estado. El papa León XIV, por su parte, reconoce la diferenciación de las esferas política y religiosa, pero defiende la idea de que la dimensión religiosa está llamada a informar e iluminar la política respetando la legitimidad de quienes han sido investidos por el pueblo de autoridad política.

            Su visión de la dignidad humana se inserta en la vieja discusión entre el derecho natural y el derecho positivo tan relevante en los debates jurídicos.  Según el papa León: “toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento”, idea que tomó de un discurso del papa Benedicto XVI ante el Parlamento Federal alemán. Y agrega: “Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo”.

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            Esta es la base del reconocimiento de la igualdad de todas las personas, sin privilegios ni discriminaciones. Desde esta visión, el papa critica lo que él denomina “la cultura del descarte”, esto es, dejar a la vera del camino a grupos de personas por su condición social, racial, nacional, migratoria o de cualquier otro tipo. En este sentido dice: “La afirmación de la dignidad humana no puede permanecer abstracta cuando tantas personas se ven obligadas a dejarlo todo para buscar paz, seguridad y futuro. También el trágico drama migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional… Esta realidad rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica: constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica. Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos.”

            León XIV defendió la doctrina católica sobre la vida humana, la cual, alega, “no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia”. Lo hace, sin embargo, desde una defensa radical de la dignidad de cada persona, lo que implica ir más allá de la instrumentalización ideológica del tema de la defensa de la vida para dar paso a una visión integral que tome en cuenta los reclamos de derechos e inclusión de todas las personas, en especial de los más vulnerables.

            Desde esa perspectiva se refiere de manera particular a los migrantes y refugiados, tema que resulta tan engorroso en esta época y que ningún otro líder religioso de importancia aborda en estos tiempos: “La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos. De ahí nace una doble exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, por las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática”.

            El papa León XIV terminó su intervención ante los legisladores españoles con un llamado que resulta de gran valor en estos tiempos de polarización extrema y descalificación mutua: “Les invito a alzar, pues, la mirada:no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír. Porque la altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública”.

Palabras sabias, oportunas y valientes de un papa que sitúa el mensaje moral y religioso en el centro de la vida política. Pero lo hace no con la pretensión de “colonizar” con el mensaje cristiano las instituciones del Estado, como ocurre con ciertos líderes religiosos del llamado “nacionalismo cristiano” en algunas latitudes, sino con la esperanza de que sus reflexiones puedan inspirar a quienes tienen la autoridad democrática para tomar decisiones.