La historia de los pueblos no se construye solamente con decretos, constituciones y batallas.
También se alimenta de símbolos, creencias, tradiciones y memorias colectivas que terminan formando parte de la identidad nacional.
En el caso dominicano, pocos símbolos poseen una fuerza tan profunda y permanente como la bandera nacional y la devoción a Nuestra Señora de la Altagracia.
Durante generaciones, numerosos historiadores, intelectuales y hombres públicos sostuvieron que ambas realidades estuvieron íntimamente vinculadas en la mente y en el proyecto político de Juan Pablo Duarte.
Un interesante artículo publicado por Listín Diario el 8 de febrero de 1997, escrito por el historiador Dr. Manuel de Jesús Mañón Arredondo, bajo el título “La Virgen de la Altagracia y los colores de la bandera nacional”, recuperó una tradición historiográfica que se remonta a los trabajos de José Gabriel García, Alcides García Lluberes, Leonidas García Lluberes, Federico Henríquez y Carvajal, Emilio Rodríguez Demorizi y otros estudiosos de la historia dominicana.
Mañón recordaba que el amor por la bandera nacional fue creciendo mucho antes de la institucionalización oficial del Día de la Bandera en 1928.
Citaba la famosa frase atribuida a Francisco del Rosario Sánchez cuando regresó a combatir la anexión a España: que él mismo era la bandera nacional.
Era una forma de expresar que la patria no se reducía a un pedazo de tela, sino que vivía encarnada en quienes estaban dispuestos a sacrificarlo todo por ella.
El simbolismo religioso de la bandera
Sin embargo, el aspecto más interesante del trabajo era su exploración de los orígenes simbólicos de la bandera diseñada por Duarte.
Según el artículo, el 16 de julio de 1838, fecha de fundación de La Trinitaria, aparece por primera vez la descripción formal del futuro pabellón nacional en el Juramento Trinitario.
Allí se establecía que la futura República Dominicana tendría un pabellón “tricolor en cuartos encarnados y azules, atravesado con una cruz blanca”.
Para Mañón y para los autores que cita, aquella cruz blanca no fue un elemento decorativo ni una simple referencia heráldica.
Representaba una profunda convicción religiosa de Duarte. Alcides García Lluberes sostenía que el fundador escogió deliberadamente el 16 de julio por coincidir con la antigua festividad del Triunfo de la Santa Cruz.
Desde esa perspectiva, la independencia dominicana habría sido concebida por Duarte como una auténtica cruzada liberadora.
La documentación citada por García Lluberes presenta a Duarte llamando a sus compañeros “templarios” o “Caballeros de la Cruz”, expresión que vinculaba la lucha política con una dimensión espiritual.
Los versos conservados en los archivos de José Gabriel García y atribuidos al propio Duarte reflejan claramente ese lenguaje religioso y patriótico.
La cruz, según esta interpretación, acompañó toda la concepción duartiana de la independencia. Era la cruz del Juramento Trinitario, la cruz del escudo, la cruz de la bandera y la cruz de la redención nacional.
Pero la tesis más llamativa del artículo aparece cuando aborda el origen de los colores nacionales.
Mañón reproduce una antigua tradición historiográfica según la cual los colores azul, rojo y blanco de la bandera dominicana habrían sido inspirados por los colores presentes en el manto de la Virgen de la Altagracia.
La prueba principal presentada por estos autores era una medalla o detente que, según la tradición, doña Manuela Díez Jiménez colocó sobre el pecho de su hijo Juan Pablo Duarte al iniciarse los trabajos revolucionarios de La Trinitaria en 1838.
Esa medalla, conservada posteriormente por el Padre Fernando Arturo de Meriño y descrita por Alcides García Lluberes, mostraba la imagen de Nuestra Señora de la Altagracia, rodeada precisamente por los colores que luego aparecerían en la bandera dominicana.
Para aquellos historiadores, la existencia de ese objeto constituía un indicio de gran valor sobre la influencia de la devoción altagraciana en la formación simbólica del proyecto nacional dominicano.
La propia imagen de la Virgen, reproducida en la página de Listín Diario, llevaba una leyenda inequívoca: “De su sagrada imagen se inspiró Juan Pablo Duarte, tomando de sus vivos colores los de su traje. Ellos le sirvieron para la confección de la bandera destinada para la identidad política de la República Dominicana”.
La tesis no surgía de la nada. Procedía de una larga tradición historiográfica iniciada por José Gabriel García, considerado justamente el padre de la historia dominicana.
García publicó en 1883 su trabajo La Idea Separatista, donde desarrolló diversas interpretaciones sobre el pensamiento de Duarte y el proceso independentista.
Posteriormente, César Nicolás Penson interrogó directamente a García sobre las fuentes de algunas de sus afirmaciones.
Décadas después, Emilio Rodríguez Demorizi reprodujo en su estudio Origen de la Bandera Dominicana una nota atribuida a García, donde se afirmaba que Duarte, Pina y Pérez discutían frecuentemente los colores de la futura bandera dominicana durante su estancia en Venezuela.
La afirmación no constituye una prueba definitiva del origen religioso de los colores nacionales.
Sin embargo, demuestra que la selección cromática del pabellón fue objeto de reflexión consciente por parte de los fundadores de la República.
La fe de Duarte en la historiografía
Pero el debate sobre la bandera conduce inevitablemente a una cuestión aún más profunda: la personalidad espiritual de Juan Pablo Duarte.
Durante las últimas seis décadas surgieron en la República Dominicana corrientes intelectuales influenciadas por diversas expresiones del liberalismo secular, el marxismo y el materialismo histórico, que tendieron a reinterpretar la historia nacional desde perspectivas predominantemente políticas, económicas o sociales.
Algunos de esos enfoques realizaron aportes importantes al conocimiento histórico dominicano, enriquecieron la investigación documental y contribuyeron a una comprensión más amplia de diversos procesos históricos.
Sin embargo, en muchos casos terminaron minimizando o relegando a un segundo plano la importancia que la fe religiosa, la tradición católica y la espiritualidad tuvieron en la formación de la conciencia nacional y en la vida de los propios fundadores de la República.
Pocas figuras han sido objeto de tantas interpretaciones como Juan Pablo Duarte.
Se le ha estudiado como revolucionario, organizador político, fundador del Estado dominicano, estratega independentista y pensador republicano.
Todas esas dimensiones son reales. Pero con frecuencia se ha prestado menos atención a un aspecto fundamental de su personalidad: su profunda fe religiosa.
Lo interesante es que esta dimensión espiritual de Duarte no fue reconocida únicamente por historiadores vinculados a la tradición católica dominicana.
También fue destacada por Juan Bosch, probablemente el intelectual y dirigente político dominicano más influyente del siglo XX.
El 27 de enero de 1983, Bosch publicó un artículo titulado “Duarte, un hombre de fe”.
La importancia de ese juicio radica precisamente en que Bosch no escribía desde una perspectiva confesional ni apologética.
Su análisis partía del estudio histórico de la personalidad de Duarte.
Y la conclusión fue inequívoca: sin comprender la fe de Duarte, resulta imposible comprender su vida y su obra.
Bosch observó que Duarte poseía una extraordinaria confianza en la posibilidad de alcanzar la independencia nacional, aun cuando las circunstancias parecían adversas.
Tenía fe en la libertad, fe en la nación que todavía no existía políticamente, fe en sus compatriotas y fe en la justicia de la causa que defendía. Pero esa confianza descansaba sobre una convicción aún más profunda: su fe religiosa.
Las fuentes históricas respaldan ampliamente esa interpretación.
La sociedad en que nació Duarte era profundamente católica. La educación que recibió estuvo marcada por la religiosidad de su madre, doña Manuela Díez Jiménez. Los testimonios de sus contemporáneos lo describen como un hombre austero, de sólida formación moral y profunda vida espiritual.
La Trinitaria no tomó su nombre por casualidad.
Fue colocada bajo la invocación de la Santísima Trinidad. El Juramento Trinitario contiene expresiones religiosas inequívocas. La bandera concebida por Duarte tiene una cruz blanca ocupando el centro del pabellón. Sus escritos contienen constantes referencias a Dios, a la Providencia y a la moral como fundamento de la vida pública.
Esta dimensión espiritual también ayuda a comprender el lema nacional que, con el tiempo, sintetizaría el ideal dominicano:
Dios, Patria y Libertad.
El orden de esas palabras no es casual. Refleja una concepción del mundo en la que la nación y la libertad encuentran fundamento en principios morales superiores.
Por ello resulta llamativo que algunos enfoques historiográficos contemporáneos hayan intentado presentar a Duarte casi exclusivamente como un líder político secular, desvinculándolo de las convicciones religiosas que formaron parte esencial de su existencia.
La historia exige comprender a los hombres tal como fueron y no como determinadas corrientes ideológicas desearían que hubiesen sido.
Y el Duarte que surge de sus escritos, de su correspondencia, del Juramento Trinitario y de los testimonios de quienes lo conocieron es el de un hombre profundamente creyente.
Precisamente ahí radica la importancia de la coincidencia entre autores tan distintos como Juan Bosch, José Gabriel García, Emilio Rodríguez Demorizi, Alcides García Lluberes, Federico Henríquez y Carvajal y Manuel de Jesús Mañón Arredondo. Proceden de épocas diferentes y de tradiciones intelectuales diversas. Sin embargo, todos reconocieron la profunda religiosidad del Padre de la Patria.
Esa convergencia constituye uno de los indicios históricos más sólidos de que la dimensión religiosa de Duarte no es una construcción posterior ni una interpretación interesada. Forma parte de la realidad histórica documentada.
Duarte fue un revolucionario. Fue un organizador político. Fue un fundador de naciones. Fue un hombre de Estado.
Pero fue también, inseparablemente, un hombre de fe.
Comprender esa realidad no obliga a compartir sus creencias religiosas. Pero sí obliga a reconocerlas como parte esencial de su pensamiento y de su legado.
Porque la República Dominicana nació de una idea de libertad. Pero esa idea de libertad nació, en la mente de Duarte, profundamente unida a la fe, a la moral y a la convicción de que la dignidad humana procede de principios superiores a los intereses pasajeros de la política.
Quizás por eso, a casi dos siglos de la Independencia Nacional, siguen conservando plena vigencia los símbolos fundamentales de nuestra nacionalidad:
Dios, Patria y Libertad.
Azul celeste, rojo y blanco.
Nuestra Señora de la Altagracia.
Y mientras esos símbolos permanezcan vivos en la memoria colectiva del pueblo dominicano, seguirá viva también la obra de Juan Pablo Duarte.
¡Viva la República Dominicana!
Fuentes:
Juan Bosch, Duarte, un hombre de fe, Vanguardia del Pueblo, 27 de enero de 1983.
Manuel de Jesús Mañón Arredondo, La Virgen de la Altagracia y los colores de la bandera nacional, Listín Diario, 8 de febrero de 1997.
José Gabriel García, La Idea Separatista.
Alcides García Lluberes, Influencia de la Iglesia Católica en la Formación de la Nacionalidad y en la Creación de la República Dominicana.
Emilio Rodríguez Demorizi, Origen de la Bandera Dominicana, La Nación, 16 de mayo de 1944.
César Nicolás Penson, Cosas Añejas.
Juramento Trinitario, 16 de julio de 1838.