Ordené la espera

como quien aguarda la primera lluvia del verano.

Vestí de luz la morada;

a las plantas, testigos de lo nuestro,

Les devolví el brillo.

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Llené cada rincón de flores

para que hablaran de mí.

Encendí incienso.

La casa respiraba jazz;

Hasta el silencio te esperaba.

Después de ordenar el refugio,

preparé la carne.

Lavé mi cabello;

Mientras el agua descendía por mi espalda,

te inventaba.

Desnudé mis oídos.

Con la devoción de mis manos,

suavicé el lienzo.

Dejé perfume en los sitios ocultos

donde despiertas mi lluvia,

y humedecí los lugares

donde se desata tu instinto.

Me ofrecí

para que volvieras a habitarme.

Durante horas

Pulí la espera.

Y al dar un paso atrás

para contemplarlo todo,

comprendí:

Había preparado una casa,

un cuerpo,

un altar…

para tu ausencia.