Desde 1972, cuando viajé por primera vez a los Estados Unidos, invitado por el Ministerio de Relaciones Exteriores de ese país —el Departamento de Estado que hoy dirige Marco Rubio— para observar el funcionamiento de las elecciones primarias norteamericanas, comprendí que la política estadounidense posee una característica singular: muchas veces sus grandes transformaciones comienzan lejos de Washington.
Aquella experiencia me permitió recorrer varios estados, conversar con dirigentes de ambos partidos y observar un mecanismo electoral que entonces resultaba poco conocido para muchos latinoamericanos.
Aprendí que las primarias no son simples procesos internos.
Son laboratorios donde los partidos discuten su identidad, miden sus fuerzas y anticipan los conflictos que, más tarde, terminan definiendo el rumbo nacional.
Precisamente aquel año de 1972 ofreció una lección que sigue siendo objeto de debate medio siglo después.
El Partido Demócrata acababa de escoger como candidato presidencial a George McGovern, representante de una corriente progresista que expresaba el rechazo a la guerra de Vietnam, las demandas de profundas reformas sociales y el inconformismo de una nueva generación política.
Su nominación entusiasmó a millones de activistas, pero también alarmó a amplios sectores moderados del electorado.
En noviembre, Richard Nixon obtuvo una de las victorias más contundentes de la historia electoral estadounidense, conquistando cuarenta y nueve de los cincuenta estados de la Unión.
Muchos analistas concluyeron entonces que los demócratas habían confundido el entusiasmo de sus bases más ideológicas con el sentir del conjunto del país.
La discusión continúa hasta nuestros días, pero la experiencia de 1972 dejó una advertencia permanente para ambos partidos: una victoria interna puede convertirse en una derrota nacional cuando el mensaje que moviliza a los militantes no logra persuadir al electorado moderado que decide las elecciones generales.
Más de medio siglo después, esa lección vuelve a cobrar actualidad y, teniendo antes presente que la lucha interna entre Bernie Sanders y Hillary Clinton hace diez años debilitó a la dama y favoreció a Donald Trump en su primera elección, en noviembre de aquel 2016.
Los republicanos disfrutaron los cuestionamientos de Sanders a Hillary, pues parecía que favorecían a un Trump que aún no era potable para la mayoría.
La política norteamericana suele producir sus terremotos más profundos lejos de la capital federal.
A veces comienzan en una ciudad, en un distrito electoral aparentemente seguro, en una primaria que para muchos observadores parece un asunto local.
Sin embargo, la historia enseña que los movimientos que transforman a los grandes partidos suelen anunciarse primero en los márgenes, antes de llegar al centro.
Eso es precisamente lo que ha ocurrido en Nueva York con la derrota del congresista Adriano Espaillat, presidente del Caucus Hispano del Congreso de los Estados Unidos, frente a la activista progresista Darializa Ávila Chevalier, respaldada por el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani.
Reuters describe este resultado como una de las victorias más importantes del movimiento socialista democrático que Mamdani intenta consolidar dentro del Partido Demócrata, junto con otros triunfos electorales de candidatos apoyados por él en la ciudad de Nueva York.
Vista aisladamente, la derrota de Espaillat podría interpretarse simplemente como un relevo generacional.
A sus setenta y un años, el veterano legislador dominicano enfrentó a una candidata de treinta y dos que simboliza una nueva generación de activistas políticos surgidos de las luchas sociales, universitarias y comunitarias de la última década.
Pero reducir el fenómeno a una cuestión de edad sería ignorar la verdadera batalla que se desarrolla en el interior del Partido Demócrata.
Lo que está en juego es algo mucho más profundo: la definición del alma política del partido que durante décadas sirvió de hogar común para sindicatos, minorías, clases medias urbanas, liberales moderados y progresistas.
Hoy esas corrientes conviven cada vez con mayores tensiones.
Desde la irrupción de Bernie Sanders en la campaña presidencial de 2016, una parte importante de la izquierda norteamericana ha llegado a la conclusión de que el problema del Partido Demócrata no es haber sido demasiado progresista, sino no haberlo sido lo suficiente.
Esa corriente sostiene que la desigualdad económica, el poder de las corporaciones, la crisis de vivienda, el costo de la salud y la influencia de los grandes intereses financieros exigen respuestas mucho más radicales que las ofrecidas por el establishment demócrata.
Reuters señala que el movimiento impulsado por Mamdani se inscribe precisamente dentro de esa evolución iniciada por Sanders hace una década.
Sin embargo, la política estadounidense no se decide en los barrios progresistas de Brooklyn, Manhattan o San Francisco.
Tampoco se decide en California ni en Nueva York.
Como recuerdan numerosos estrategas demócratas citados por Reuters, el poder nacional suele definirse en los estados bisagra, donde conviven votantes moderados, independientes, obreros industriales, latinos de segunda y tercera generación y sectores suburbanos que desconfían tanto de los excesos de la derecha como de los de la izquierda.
Estados como Pennsylvania, Michigan, Wisconsin, Arizona, Nevada y Georgia poseen una lógica electoral distinta.
Allí no basta con entusiasmar a los militantes más comprometidos.
Allí es necesario persuadir a quienes todavía dudan.
Allí se ganan y se pierden las elecciones presidenciales y las mayorías en el Congreso.
Precisamente por eso, la victoria de Darializa Ávila Chevalier ha generado inquietud entre sectores moderados del Partido Demócrata.
Reuters recoge las advertencias de dirigentes centristas que temen que posiciones asociadas a la abolición de controles fronterizos, críticas radicales a las políticas migratorias tradicionales o posturas controvertidas sobre Israel sean utilizadas por los republicanos para definir a todo el Partido Demócrata ante el electorado nacional.
Los republicanos comprenden perfectamente esa oportunidad.
No necesitan conquistar Nueva York ni California.
Les basta con convencer a una pequeña porción del electorado moderado en los estados competitivos de que el Partido Demócrata ha sido capturado por sus sectores más ideológicos.
Cada primaria ganada por el ala más radical se convierte así en una poderosa herramienta de campaña para las elecciones generales.
Existe además otro elemento que vuelve particularmente interesante este momento político.
La reacción progresista no surge en el vacío.
Como observan varios analistas citados por Reuters, buena parte de la energía que impulsa a la nueva izquierda norteamericana es una respuesta al regreso de Donald Trump y a la percepción de que las viejas estructuras demócratas no han sabido ofrecer una oposición suficientemente efectiva.
La polarización alimenta la polarización.
La derecha fortalece a la izquierda y la izquierda fortalece a la derecha.
Es un fenómeno que he observado repetirse durante décadas en la política norteamericana.
Cuando los extremos crecen simultáneamente, el centro se vuelve más difícil de conservar y más valioso de conquistar.
De ahí que las elecciones de medio término de noviembre de 2026 adquieran una importancia extraordinaria.
Formalmente, se trata de renovar la totalidad de la Cámara de Representantes y parte del Senado.
En realidad, se trata de algo más trascendente: medir cuál de las dos almas demócratas posee mayor capacidad para construir una mayoría nacional.
La paradoja es evidente. El entusiasmo progresista puede movilizar millones de votantes jóvenes y revitalizar una organización política que muchos consideraban agotada.
Pero ese mismo entusiasmo puede asustar a sectores moderados indispensables para conquistar los estados decisivos.
El desafío demócrata consiste en encontrar un equilibrio entre energía ideológica y pragmatismo electoral.
La historia ofrece advertencias que no deberían ignorarse.
En 1972, los demócratas celebraron una victoria ideológica en sus primarias y terminaron sufriendo una derrota histórica en las urnas.
Hoy nadie puede afirmar que la historia se repetirá.
Los Estados Unidos de 2026 son muy distintos a los de la era Nixon.
Pero la pregunta esencial sigue siendo la misma: ¿puede un partido ganar el país entero cuando sus sectores más activos empujan en una dirección que muchos votantes moderados perciben como demasiado distante de sus preocupaciones cotidianas?
La derrota de Adriano Espaillat no anuncia por sí sola una victoria republicana. Sería exagerado afirmarlo.
Pero sí revela una tendencia que se extiende por distintas regiones del país: una confrontación creciente entre generaciones, entre moderados y progresistas, entre quienes desean reformar el sistema y quienes quieren transformarlo profundamente.
La historia política de los Estados Unidos ofrece numerosos ejemplos de partidos que se debilitaron mientras luchaban contra sus adversarios y también contra sí mismos.
Cuando una organización entra en una disputa sobre su identidad, la batalla interna puede llegar a ser tan importante como la externa.
Por eso el verdadero significado de la victoria de Darializa Ávila Chevalier va mucho más allá del Distrito 13 de Nueva York.
Lo ocurrido en Harlem y el Bronx es apenas un capítulo inicial de una discusión nacional sobre el futuro del Partido Demócrata, sobre la naturaleza de la oposición a Trump y sobre el rumbo ideológico de Estados Unidos durante los próximos años.
Mientras tanto, los republicanos observan.
Y cuentan votos.