Hace unos días volví a observar unas fotografías que tomé desde la ventanilla de un vuelo de Iberia mientras regresaba a Santo Domingo en enero de 2018.
Desde varios miles de metros de altura se desplegaba uno de los paisajes más hermosos de la República Dominicana: los arrecifes de Bayahíbe y Dominicus, las aguas turquesa del Caribe y la silueta de Saona en el horizonte.
Parecía una imagen destinada a permanecer inmutable.
Ocho años después, aquellas fotografías adquirieron otro significado.
Incendio en Dominicus y vulnerabilidad turística
El incendio ocurrido en junio de 2026 en un importante complejo turístico recordó la vulnerabilidad de una de las regiones más visitadas del Caribe.
La tragedia tuvo, además, un rostro humano: el de Francesca Valentino, ciudadana italiana y madre de dos hijas, cuyo fallecimiento conmovió tanto a Italia como a la República Dominicana.
El incendio no fue una catástrofe ambiental. Sin embargo, puso de relieve una cuestión más profunda: la enorme dependencia de nuestra economía respecto al turismo y la necesidad de pensar en su sostenibilidad futura.
David Collado merece reconocimiento por los logros alcanzados al frente del Ministerio de Turismo. La recuperación posterior a la pandemia y el crecimiento sostenido de visitantes son resultados evidentes.
Pero precisamente por ese éxito conviene formular una pregunta poco frecuente: ¿puede el turismo convertirse en víctima de su propio éxito?
Durante décadas hemos debatido los impactos de la minería sobre el medio ambiente.
Sin embargo, pocas veces reconocemos que el turismo también depende de recursos naturales.
La diferencia es que una mina extrae riqueza del subsuelo, mientras el turismo la obtiene de playas, arrecifes, manglares, paisajes y ecosistemas costeros. En ambos casos, existe una riqueza natural que puede deteriorarse si no se administra con visión de largo plazo.
Frank Rainieri alerta sobre crecimiento sin infraestructura
La advertencia fue formulada recientemente por Frank Rainieri, fundador del Grupo Puntacana.
Con una franqueza poco común, señaló el crecimiento de proyectos inmobiliarios sin la infraestructura necesaria para sostenerlos: insuficiencia de servicios, problemas de planificación y desarrollos que trasladan al futuro los costos del presente.
Su reflexión apunta a una realidad fundamental: el turismo no es solamente hoteles y apartamentos. Es un sistema donde están conectados el medio ambiente, el agua, la energía, la movilidad, la calidad de vida de los residentes y la experiencia de los visitantes. Cuando una de esas piezas falla, todo el sistema comienza a resentirse.
La experiencia internacional demuestra que ningún destino turístico se deteriora de golpe. Primero pierde calidad. Luego pierde atractivo. Más tarde, pierde competitividad.
La República Dominicana conserva ventajas extraordinarias. Sus playas, arrecifes y manglares constituyen parte esencial de su patrimonio económico y ambiental. Pero ninguna de esas ventajas está garantizada para siempre.
Por eso la discusión nacional no debería limitarse al número de visitantes o a los récords de ocupación hotelera. La pregunta decisiva es otra: ¿qué turismo queremos tener dentro de veinte o treinta años?
Al volver a contemplar aquellas fotografías tomadas en 2018, comprendí algo sencillo. Desde el aire, la belleza parece eterna. Pero la historia demuestra que ninguna riqueza natural es inagotable.
El turismo ha sido una bendición para la República Dominicana. Ha generado empleo, inversión y prosperidad. Precisamente por eso, debemos proteger los recursos que lo hacen posible.
Porque lo difícil no es crecer.
Lo difícil es conservar aquello que permite seguir creciendo.
Y la lección es tan simple como incómoda: cuando el paraíso deja de cuidarse a sí mismo, comienza lentamente a devorarse.
Fuentes: Reuters; TGCOM24; Corriere del Mezzogiorno; prensa dominicana sobre el incendio de Dominicus (junio de 2026); declaraciones de Frank Rainieri durante DATE 2026; ONU Turismo; PNUMA.